lunes, 24 de agosto de 2009

Cercados por el horror


En el relato “Los botes del Glen Carrig” de William Hope Hodgson hallamos una situación narrativa que reaparece a menudo en la literatura y el cine, y que podíamos considerar dentro de lo que proponemos llamar una épica de la modernidad. Se cuenta las aventuras de unos náufragos que han de enfrentarse a diversas abominaciones y seres híbridos de una naturaleza que muestra su carácter espantoso con todo su horror. Transcurre la aventura en un mar desconocido que alberga en su abismo extrañas amenazas y el constante acecho de un inframundo que parece irrumpir en el mundo de camaradería, valor y racionalidad de los marineros. La tripulación, gobernada por el segundo al mando en el barco que naufragara, se esfuerza por oponer su tesón y cálculo a la hora de prevenir y vencer a las diversas acechanzas. El miedo de los hombres es dominado, oponiéndose la disciplina y el orden a las distintas monstruosidades con las que se van topando. El relato crea una suerte de ansiedad y de náusea, un cierto asco, en el lector ante las formas y las insinuaciones de un horror cósmico y ancestral que sale al paso a los pobres marineros. Hay un evidente juego entre una razón que previene y somete y unos peligros hondos, incontrolables y abismales. Es algo similar a la oposición entre el exterior de la lancha en la película Apocalypse Now y la propia lancha, cuyo abandono es siempre fuente de insondables amenazas para los soldados que cruzan el lúgubre río. La dicotomía que nos viene a la mente es la oposición entre cordura y locura, paralela a la oposición entre razón e irracionalidad, que constituye uno de los elementos básicos de la épica moderna. El combate y el heroísmo se dan, para el hombre heredero del siglo de las Luces, en una guerra tenaz entre lo que la diosa razón va organizando y entendiendo, por una lado, y las oscuras fuerzas de la naturaleza (y el inconsciente) que amenazan de continuo con irrumpir y desmontar toda la armonía creada y buscada por el hombre. Es aquí donde hay que hallar una antigua visión que los filósofos Horkheimer y Adorno encontraran ya formulada en la Odisea, en la figura de Ulises, el de gran ingenio. Proverbial fue la interpretación que los pensadores francfortianos hicieran del famoso pasaje en el que Ulises se enfrenta a las sirenas a costa de someterse él mismo atándose al mástil de la nave. Escucha los insinuantes cantos de las sirenas con arrojo, enfrentándose a ellos. En cambio, sus marineros, hombres prácticos, se taponan los oídos y siguen remando sin poder escuchar, sin más horizonte que el propio remar en el presente. Ulises debe dominarse para ser capaz de afrontar una cierta profundidad que esconde el presente, para conocer ampliamente, para ir más allá que sus hombres.

Así, hay una guerra antigua que reaparece en la literatura y en los mitos, entre el hombre y la sinrazón, guerra en la que éste pretende domesticar dicha sinrazón pero pagando a menudo un alto precio. El héroe es definido como una especie de soldado del orden, cuyas armas son la regla y el compás. Este detalle es el más específicamente moderno, el de una batalla emprendida con la razón y la técnica, aunque es prefigurado por antiguos mitos como el de Ulises.

La literatura de terror suele explotar esta vieja veta que el psicoanálisis elevó a elemento constituyente de la psique. En las versiones más modernas y contemporáneas del mito, persiste una estructura de combate y conquista. El viaje se torna en la metáfora perfecta que sitúa a los hombres en una línea dentro del abismo, en el que saben que existe algo temible y acechante, inabarcable, lejano y cercano al mismo tiempo, desafiante, muy perturbador, que les devuelve su propia imagen deformada, como en el caso de los monstruos híbridos que emergen de las profundas aguas y el mar de algas en el cuento de Hodgson. Al leer este relato, el lector se siente envuelto en la misma aventura de los esforzados marineros, que mantiene su carácter horrendo y nada hermoso, en la singular lucha que se da en un minúsculo punto del océano entre David y Goliat, pero un David de victorias inciertas y falsas que día a día vuelve a reencontrarse con Goliat que estrena una cara distinta que en el fondo siempre es la misma. Se trata de un David casi paralizado por la amenaza inexplicable, que aplica su ciencia y su razón con persistencia y disciplina, para no hallar en el fondo más realidad que el carácter espantoso de lo real. El cuento es una pesadilla en la que cuesta creer que los náufragos mantengan su cordura, una experiencia nada grata ni edificante como lo es el viaje de un turista, en la que el desorden se impone y parece vencer en un horrendo paréntesis de algas pestilentes y de viscosa agua.