martes, 11 de agosto de 2009

El caballero y la muerte


Chesterton escribió relatos llenos de ingenio y de eso que se ha llamado “humor inglés”. He tenido últimamente el placer de releer el libro “El poeta y los lunáticos” y de sumergirme en una estupenda edición de los relatos del padre Brown. Hace años leí otros libros y una novela que, con matices, desarrollan el esquema del cuento policíaco de un modo inconfundiblemente personal. Decía Borges que Chesterton contenía una suerte de felicidad en cada página, y así es. A pesar de lo macabro de algunas situaciones, sea por su elegante prosa o por la suave gracia y sorna que contiene, suele transmitir una paz o placidez que acaso pueda equipararse con la felicidad. Su lectura es un excelente ejemplo de lo que todo buen libro consigue. En su caso, resulta extraño hallar tanta alegría a partir de sucesos horribles que desencadenen en los personajes toda suerte de equívocos y terrores. Lo horrible queda, pues, manifestado, pero sin el tenebrismo de Kafka o la neurosis de Poe. El camino de Chesterton fue el de una victoria provisional de una razón que situó a medio camino entre la superstición irracional y la soberbia racionalista. Sus detectives son capaces de comprender aquello que desata la locura o la “lógica” del crimen. Son incrédulos que no se conforman con las explicaciones que primero vienen a la mente, a las que parecen apuntar unos hechos que, si son mirados como hay que mirarlos, descubren su verdadera naturaleza, que suele diferir de lo que las mentes más racionales o irracionales infieren. Porque en Chesterton se tocan dos extremos: la credulidad supersticiosa y la soberbia de una razón incapaz de sospechar de sí misma. Sus detectives son como “maestros de la sospecha” en los que la búsqueda de explicaciones se hace con una mezcla de comprensión de la psicología humana y empatía. El detective domina unos hechos que no lo dominan a él. Actúa sin miedo y con cierta fe en que la verdad acabará prevaleciendo. Son observadores marginales de la modernidad (un cura anodino o un poeta loco) a la que conocen bien, que parecen albergar una paciencia de siglos. En el caso del poeta Gabriel Gale, tiene el grado de locura suficiente para mantener la razón y para comprender, también, la sinrazón, lo cual lo lleva a anticiparse a las maniobras de mentes criminales que han perdido determinados “nortes”. Juega con una dosis de locura consistente en mirar el mundo al revés, para encontrar precisamente su posición correcta.

El padre Brown es un personaje sin atractivo, muy vulgar y convencional en apariencia, pero que conoce a fondo el comportamiento humano y que jamás se fía de las apariencias. Es una ironía de Chesterton que en los relatos protagonizados por el curita sea él el único que mantiene la cordura y la sensatez, cuando todos han claudicado y se han tornado en supersticiosos que ven demonios y magia por todas partes. Precisamente, Chesterton muestra que si hay algo imperdonable en los hombres es la ignorancia. No es tanto si se es ateo o creyente, pues ambos pueden manifestar las mismas supersticiones, sino si se es valiente e inteligente. Chesterton le pide a ateos y creyentes que lo sean con inteligencia, y no perdona la credulidad fácil. De hecho, Chesterton era profundamente católico y su apuesta fue en la línea de la creencia en Dios, pero esto no supone necesariamente una renuncia a la razón. Por otro lado, en muchos racionales ateos se encuentran arraigadas creencias mágicas e irracionalidades que trasplantaron de la creencia a su supuesta increencia. Es estas reapariciones de lo mágico en su peor sentido lo que el padre Brown y Chesterton detectan en la modernidad.

Así pues, en Chesterton ocurre lo que en todo el género policíaco. Asistimos a una ardua tarea en la que la razón intenta a duras penas mantener atado al horror, y construye castillos de arena que las olas amenazan y destruyen de continuo, en una agotadora e incesante lucha que puede ser considerada una épica de la modernidad.