sábado, 29 de agosto de 2009

Exorcismos modernos


En “El asesinato considerado como una de las bellas artes” de Thomas de Quincey el crimen es mostrado como la anti-elegancia, como un producto del hombre que actúa desafiando todo sentido del bien. El asesino de De Quincey cuestiona toda proporción y armonía, ni siquiera prepara sus crímenes y manifiesta una notoria fealdad en sus actos improvisados. Parece obedecer a otra lógica ajena a la ilustrada, o partir de otro mundo, de un subsuelo de asco y viscosidad que espanta. No son los crímenes que narra los paridos por el número y la estadística, propio de holocaustos y masacres maquinales, sino lo paridos por algo primario y grotesco. El crimen es raro, pintoresco, inhumano y resistente a cualquier ciencia. Es el reverso del ideal moderno de perfección y medida, al que contrapone su carácter extravagante que escandaliza a una buena sociedad cuya justificación es, precisamente, combatirlo, sin percatarse de que toda su mesura produce la desmesura.
El género policíaco, que fue cultivado genialmente por Conan Doyle o Poe entre otros, desarrolla el combate entre la realidad que amenaza con desbordarse y la inteligencia del hombre para encontrar razón en ella. Porque al exceso de razón de la modernidad corresponde un exceso de sinrazón (el sueño de la razón produce monstruos). El detective nos alivia de la incomodidad que nos produce no comprender algo tan perturbador como el crimen, reconciliando a la razón consigo misma y haciendo retornar los monstruos a su sitio. La razón queda revalidada en toda novela policíaca. Porque el crimen es, para la modernidad, una dura impugnación de la misma, en cuanto que representa lo que no encaja en sus categorías, como algo puramente gratuito e imprevisible, como un enemigo que, sin embargo, ella misma ha creado (Foucault).
El detective es una suerte de exorcista que nos devuelve la paz, que arranca la ignominia y la putrefacción del mundo, que limpia a los seres humanos y a sus sociedades. Su acción devuelve las aguas a su cauce, pone de nuevo el mundo en orden y recupera lo que se había erosionado. Toda historia policíaca es una búsqueda del sosiego perdido al operarse el crimen, un intento de corregir la perturbación que el mismo acarrea y de curar el malestar que siente la modernidad ante lo que no puede mirar de sí misma. El crimen es visto como una extravagancia, como una excepción y anomalía que puede ser reconducida bajo la clara luz de la razón. Con alivio, comprobamos que el microscopio, el estudio de las huellas dactilares y el cálculo sirven para hallar la causa del crimen, el modus operandi y al propio criminal. Para el detective la realidad vuelve a dirigirse al hombre y a hablarle en su lengua. Para él, el mundo vuelve a ser transparente.
Hay una diferencia entre estos detectives héroes de la modernidad y los héroes mucho más turbios de la novela negra. A estos últimos lo grotesco y lo horrendo les toca, siendo para ellos la razón no siempre cómplice del bien, ni algo que opera limpiamente, sin mancharse, sino todo lo contrario. En ellos, la verdad es una encrucijada. Los duros del género negro dan y reciben palizas, entremezclándose con el horror que pretenden vencer, y con el que mantienen una ambigua relación de amor y odio. Aquí la perspectiva es más tenebrosa, el héroe no es un razonador ilustrado sino un boxeador que para vencer, aunque juegue a favor de la verdad, tiene que ensuciarse y adquirir algo del criminal que persigue.