miércoles, 26 de agosto de 2009

Figuras en la niebla


Lo épico es una tendencia universal que reaparece de manera natural en todos los pueblos y lenguas. Parece brotar de un cierto fondo común de necesidades y anhelos. Las más antiguas literaturas son épicas, en el sentido de narraciones (en verso) que cuentan gestas y epopeyas, bien sea viajes, conquistas o grandes hazañas realizadas por héroes en un universo que se debate entre el bien y el mal. Creo que a pesar del carácter supuestamente arcaico y primitivo de la épica, ésta permanece como una constante que también extiende sus brazos a nuestro mundo presente. Trata de una concepción de la realidad idealizada en la que proyectamos el deseo de, entre otras cosas, un orden y un sentido. Seguramente es muy difícil diferenciar las narraciones mitológicas de la literatura épica, que podrían estar cumpliendo una función similar. Así que, como es lógico, podemos esperar que todavía hoy el género épico continúe vigente, aunque como Proteo, adquiera diversas formas.

Las narraciones épicas son ambiguas y apuntan a un subsuelo del que pueden salir horrores y delicias, infiernos tanto como cielos. En el fondo, creo que los distintos géneros se entremezclan y que en la llamada épica cabe, como se ha dicho, lo lírico y lo estrictamente narrativo, o también lo cómico y lo trágico. Hoy día, para encontrar héroes que sigan arrastrando a los seres humanos en catarsis colectivas hay que acudir al cine. Desde los westerns a cualquier película bélica, policíaca, histórica o incluso biográficas pueden estar cumpliendo la función atribuida a la épica, como movilizadora de ciertas fuerzas con las que los hombres sueñan a la par que adormecen sus vidas cotidianas. La épica es una suerte de opiáceo en el que ciertos fantasmas adquieren forma concreta, y que bien puede analizarse desde distintas perspectivas, como la psicoanalítica.

Lo épico surge en la confrontación con la muerte. Es una de las creaciones que el ser humano opone a la muerte. En realidad, todo lo humano procede de la finitud, o, mejor dicho, de la confrontación de los deseos humanos de omnipotencia con la natural finitud a que nos vemos abocados (véase “El inmortal” de Borges). Esta constante amenaza, que como espada de Damocles preside nuestra existencia, ha dado variados frutos. La comedia y el arte más sensual también surgen de nuestra triste condición. Hay un evidente dolor atávico en el Carpe diem horaciano. Así que la diferencia entre los géneros o estilos (llámense como quieran) debe buscarse más bien en la respuesta dada a este dolor y a este peligro tan humanos. En el caso de lo que puede identificarse como épico la muerte es un desorden que el héroe atraviesa y al que, victoriosamente, ordena y da sentido. La épica opone orden al caos e incluso es capaz de dar un sentido a la muerte, máxima expresión del sinsentido, Las muertes heroicas propias de la épica son muertes que en cierto modo no lo son, en las que el deseo de perduración se antepone a la espantosa realidad del final atroz que nos espera (aunque todo “final atroz” es épico en realidad… mejor habríamos de decir, con Camus o el estoicismo, “final absurdo” o simple cesación). Porque quisiéramos que la muerte no fuera lo que es, y que nuestras vidas tuvieran una linealidad de la que acaso carecen, que todo hubiera acontecido determinado por un sentido universal, que el mundo tuviera un aval que tal vez no tiene. Son estos deseos de oponer orden al caos, un orden sencillo y contundente, los que producen la épica. En este sentido, hay un cierto impulso racional, contra lo que pudiera parecer, en todas estas historias de héroes, proezas y finales legendarios. La épica es una razón que se opone a la sinrazón pero el precio del orden épico es en ocasiones, como resulta bien conocido, demoníaco. Podría verse en ello, también, la nietzscheana pugna entre lo dionisíaco y lo apolíneo. La épica, de hecho, es un orden que embriaga, un templo de columnas de mármol por el que se difumina un turbio y oscuro perfume o cierta risa de sátiros.

Un ejemplo de obra épica contemporánea es la película “Gladiator” de Ridley Scott. El final del héroe, el general-gladiador Máximo, luchando en el circo, es un final sobrecogedor, de una grandeza que arrastra y produce admiración. Su muerte culmina una historia y, como es sugerido por ciertas imágenes oníricas, comienza otra historia que no es sino una versión idealizada de la vida real. Máximo obtiene el premio al final, con lo que quedan atados todos los cabos sueltos, y como ha hecho durante todo el filme, vence definitivamente a la muerte… muriendo. En la película prevalecen virtudes como la tenacidad, la lealtad, la verdad, la valentía y el arrojo, que se oponen a las fuerzas de la destrucción y el caos. No es un simple dejarse morir sobre la arena de un circo, sino que es una muerte que viene acompañada de un plus, de una trascendencia especial. La vida de Máximo precisamente alcanza su valor en la constante confrontación agónica y decidida con la muerte, en su sometimiento a las reglas, en el combate justo, en su esforzada disciplina con las que pretende vencer a la muerte. Hay en él algo de la lucha de Sísifo o de David contra Goliat, de búsqueda, de ligamiento o anclaje, que lo quiere salvar de la inanidad de la existencia.

El héroe épico opone su fortaleza e ingenio humanos a la constante amenaza, en una danza macabra en la que emerge como vaporosa figura en medio de la niebla, para volver a la niebla tras su corto baile. Porque, a decir verdad, no sería nadie sin la muerte.