miércoles, 19 de agosto de 2009

La actitud filosófica


Entre la filosofía y la ideología hay un estrecho margen, pues un discurso puede apuntar a una consolidación de la configuración social existente o, en cambio, a una impugnación dialéctica que como ácido disolvente obligue a la continua reconstrucción de lo social. En esta dicotomía se ubica la filosofía cuando atendemos a sus relaciones con la sociedad. En realidad, se trata de averiguar a qué amo se sirve. Una filosofía instalada en el poder es, por mucho que aparente ser un discurso excéntrico y marginal, una filosofía cómoda, una filosofía cuya función es legitimadora y corroborante de lo que hay. Aunque no soy partidario de recurrir siempre a la psicología para explicar las distintas teorías filosóficas (aunque Nietzsche sí lo hizo genialmente), suelo asociar este discurso legitimador e ideológico con la figura de filósofos bien instalados en la sociedad. Creo que para que la filosofía sea fiel a su propia tradición y origen, no debería perder su carácter dialéctico y crítico que la convierte en necesaria enemiga del poder. De otro modo, la filosofía sería un mero producto de una “barriga bien llena”.

Todo filósofo, de un modo u otro, se ve abocado a definirse como filósofo para el poder o filósofo crítico cuya misión es, en palabras de Ignacio Ellacuría, la desideologización de la sociedad. Esta última función puede decantarse por una denuncia de los discursos tendenciosos en los que se juega, consciente o inconscientemente, a la confusión. Así, se puede considerar “crítico” y “progresista” lo que no es sino una mascarada que encubre una absoluta connivencia con lo establecido (un determinado régimen económico, por ejemplo). Esto es así cuando se reduce lo progresista a la defensa de unas costumbres o cambios de costumbres, pero se olvida tendenciosamente lo que realmente hace madurar y cambiar a los hombres y sus sociedades. Como bien explica el filósofo Gustavo Bueno, la función del filósofo (“desideologizador”) es cuestionar todo, yendo siempre más allá de cualquier ley, por muy venerable que ésta sea. Un filósofo no es un adoctrinador que acepta como inviolable un discurso, legislación, partido político, sistema político, gobierno, etc. Si es buen filósofo debe estar, necesariamente, al margen, como lo estuvo el propio Ellacuría que nos sirve de excelente ejemplo de socratismo en el buen sentido.

En la filosofía, en toda su historia, hay una tensión constante, una suerte de combate que convierte al filósofo, en cierto modo, en combatiente. El filósofo que educa, pongamos por caso, en un instituto de secundaria, no se conforma con una asimilación de los discípulos a una única visión, sino con la ubicación de los alumnos y su ejercitación en este juego de afirmaciones y refutaciones en que consiste el filosofar. Es debido a esto, por este movimiento dialéctico y disolvente, que el filósofo es incómodo al poder, a cualquier poder, tanto que si definimos la filosofía en términos sociológicos, sería concibiéndola como un discurrir siempre opuesto al poder (establecido o por establecer). Es, por tanto, una tarea agotadora que requiere firmeza y buen ánimo, y que no puede emprender seriamente quien se dedica a ascender en la sociedad o a perseguir consciente o inconscientemente sus medallas y premios.

Creo que uno de los principales modos del poder (moderno) es el sutil juego por el que las palabras pierden, como ocurre con los objetos artísticos en nuestra modernidad, su aura, y son utilizadas como objetos de consumo de masas. Así, ya nadie vibra, peligrosamente, con la palabra democracia, lo cual es una victoria de la antidemocracia. Ésta ha desgastado el término y lo ha desacreditado, descargándolo de su potencial subversivo y enemigo de todo poder. Lo ha hecho suyo, lo ha asociado a determinadas reformas “progresistas” superficiales y lo ha convertido en un báculo para trepar más alto en la escala social. Así, el poder ha perdido su grosería, la cual sí sigue estando patente en las “derechonas”, pero se ha invisibilizado en algunas autoproclamadas “izquierdas”, por lo cual en ocasiones actúa con una gran eficacia.

El buen filósofo debe desmarcarse de toda aspiración al ascenso social o al poder para permanecer donde únicamente se revelan ciertas verdades y desde donde únicamente se puede contribuir a la sana desideologización de su entorno social. Aquí sí es oportuno recurrir a la psicología para entender determinados discursos, como producto de fines, valores y aspiraciones del filósofo en cuanto a su posicionamiento social. Ningún aspirante a mandar podrá producir una filosofía auténticamente crítica y subversiva. Puede labrar brillantes y certeros discursos, por supuesto, pero insinceros y, a la larga, falsos y ciegos. Porque el poder corrompe, entre otras cosas, la mirada, y porque los seres humanos (de nuevo la psicología) nos autoengañamos eficazmente.

Hoy día, un filósofo de los que contribuyen a la desideologización vive en un cierto ascetismo o renuncia que consiste en la opción contra corriente, que ya lo condena y excluye desde cierto punto de vista, pero también lo salva. Alberga contradicciones, como la cifrada entre su elitismo marginal y su vocación universal (en esto es un buen ejemplo el estoicismo antiguo). Es un guerrero que sabe que no puede haber guerras, un soldado en un ejército sin armas y volcado en la potenciación de lo humano, en la búsqueda de alternativas. Tiene una cierta misión y cierto horizonte que sin embargo permanece no alcanzado e indefinido, por lo que es una suerte de religioso sin religión. Entre sus contradicciones están el situarse dentro y fuera al mismo tiempo, ser solitario y masa, ser tenazmente racional y ácidamente anti-racional, todo lo cual conlleva un valiente y peligroso andar por la cuerda floja. Ostenta cierta disciplina y obediencia, pero al mismo tiempo es, o tiende a ser, fatigosamente libre. Anda y desanda, hace y deshace, crea y destruye. No se vende jamás, procura no incurrir en autoengaños perniciosos, apuesta…

Para concluir, deseo aclarar de nuevo que en esta entrada no hemos hecho, en absoluto, filosofía, sino que hemos cedido a la tentación de hacer psicología. Escribir en estos términos no es escribir filosofía, sino algo previo que no debe confundirse, creo, con el discurso propiamente filosófico. Aunque para ser sinceros, sí es cierto que hemos obrado como sujetos de un afán o inercia que sí cabrían calificarse, en rigor, de filosóficos. La búsqueda típicamente filosófica que desenmascara ha conducido al terreno de las actitudes.