viernes, 28 de agosto de 2009

Necesaria ceguera


El arte y la literatura en general guardan una estrecha relación con el mito. Quizás donde esto sea más claro es en la épica. La principal conexión estriba en que en tales invenciones de los hombres se da una potente sacralización de la naturaleza, la historia y los seres humanos que se transfiguran en cosmos, destino y héroes. Con la épica, los pueblos se aferran a ciertas lianas y arrojan anclas que los salvan, imaginariamente, de la nada que los devora y el sinsentido. Pero la épica, por lo que tiene de no vida, implica un sacrificio de la vida. El paradigma de este sacrificio es la ceguera de Homero (personaje tal vez mitológico y quizás producto de un sueño también él) que Borges relaciona bellamente con su producción épica, con las batallas y heroicidades que labraría su deseo frustrado y mutilado. La ceguera de Homero actuó quizás como una suerte de filtro por el que la realidad sería sólo el deseo de ésta, el deseo de ser reales que tienen pueblos y personas. La épica, así, sería nuestro mundo con un sentido, con una ligazón que no tiene. De este modo el horror de la guerra se convierte en algo positivo, queda anulado con el polo de heroísmo que añade toda perspectiva épica. La épica es un producto de la búsqueda emprendida por los seres humanos de un cierto fundamento, pero su resultado es ambiguo, y como todo añadido a la realidad, puede acabar oprimiéndola y anulándola. La épica es un sueño y un eco que resuena y que requiere ser cantado. Odiseo se emociona cuando escucha a un bardo cantar sus gestas, como si el recuerdo idealizado fuera más potente que las atrocidades sufridas y cometidas. Odiseo ya no es artífice y testigo de su realidad, caótica e inabordable como todas las vidas, sino que la contempla arrullado como algo que trasciende a la propia realidad y de lo que él es sólo parcialmente responsable. Hay en efecto una ceguera en todo corazón épico que le impide un acceso limpio y objetivo a la realidad, pero de la que extrae una vitalidad diferente. La épica, en su ambigüedad, difama al mundo, pero también lo justifica. Odiseo se sabe justificado cuando escucha el poema del bardo y de algún modo cree superar a la muerte.

Hay algo arcaico e infantil en la épica. Esto no quiere decir que deba de superarse o que alguna vez no sea necesaria. Al contrario, como todos los anhelos de la infancia, lo épico perdura y reaparece como una necesidad vital, y acaso constituya el esqueleto de cualquier otra forma artística, un esqueleto que entronca con un armazón aun más profundo: el del mito. Por la épica fingimos que nuestros actos son proezas, heroicidades, combates que en realidad no son. La épica quisiera aplicar una linealidad al tiempo que éste no tiene y seguir un hilo de Ariadna para escapar del laberinto de la existencia, lo cual no puede hacerse sino muriendo o perdiendo la vista.

Paradójicamente, la vida común, que carece del sentido de las epopeyas épicas, resulta mucho más compleja y difícil. Don Quijote siente miedo al estar en su primera batalla real, en un barco atacado por piratas en aguas del Mediterráneo, y puede decirse que ese Don Quijote que siente miedo es, con toda su precariedad e inanidad, mucho más real que el otro. También es más real que Sancho Panza, al que abruma y tapa su torpeza práctica. Del mismo modo, aunque el arte siempre habite en la irrealidad, cabe decir con mayor propiedad que nace de la confrontación de lo real con lo soñado. La evolución de la épica se explica, precisamente, por este cóctel de realidad y deseo, de espíritu práctico y sueño, de manera que así se han ido modulando los distintos géneros. En la épica predomina el sueño, lo oculto, lo deseado, de manera que épica y el llamado realismo mágico, por ejemplo, se solapan. El comienzo de la novela Cien años de soledad es, ciertamente, producto de la invención épica: “Muchos años después, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Se unen en este comienzo el horror y la muerte con la infancia y la magia, que así justifican lo que no tiene justificación alguna. Bien es cierto que la épica realiza lo que el hombre quiere ser a costa de hacerlo rudo y primitivo. Pero acaso esta rudeza sea necesaria para afrontar los peligros en verdad reales.