miércoles, 30 de septiembre de 2009

Apocalipsis de Ernesto Sabato


El estilo aparentemente desordenado y fragmentario de la novela Abbadón, el exterminador de Ernesto Sabato, resulta un excelente recurso literario para eludir el presentismo, poniendo en toda su evidencia la actualidad del pasado, la inserción de lo ocurrido y lo por ocurrir en un mundo de vivencias subjetivas que se enfrentan a la terrible objetividad del mal. La novela posee un tono marcadamente apocalíptico. Es, de hecho, una actualización del Apocalipsis de San Juan, presentando la ancestral lucha del bien y del mal en lo que se relata como una suerte de tiempo final. De hecho, la ruina apocalíptica caracteriza toda la historia humana conocida, como bien señalara el bueno de Walter Benjamin con su impresionante y conocida imagen del ángel de la historia. Porque el final de los tiempos ha sido siempre; y, como señalé en otra reciente ocasión, cualquier momento es apocalíptico y en él la humanidad, ciertamente, se lo juega todo. En este jugarse todo surge la mencionada lucha de bien y mal pero con la descorazonadora evidencia de que el mal se impone, como una absurda impugnación de la propia lucha. En este sentido, Sabato recorre casi todas las formas del mal, de las que resulta impresionante la horrenda narración de la tortura de la que es víctima Marcelo, un joven personaje que padece, como tantos seres humanos, un martirio anónimo que, gracias a la novela, puede al menos seguir resonando entre los hombres para transmitir un cierto mensaje, un testimonio. Para Sabato, y recordemos su informe sobre ciegos de la anterior novela Sobre héroes y tumbas, la realidad se cimenta en un sustrato de hondos túneles y galerías de las que emergen los horrores. Es algo fatalmente asociado al hombre y al mundo, su carácter horrible, del que ya escribí este pasado verano (aquí). Pero al mismo tiempo, el bien puede débil y fugazmente brillar, en la figura simbólica traída a colación por Sabato del Che Guevara y su heroica muerte.
Sabato es un pesimista que, sin embargo, no acaba de resignarse y que ostenta un empeño camusiano en combatir el mal, aun a sabiendas de lo cerca que está de nosotros, de lo muy ligado, acaso, a nuestra propia naturaleza. El mal resulta, pues, algo asociado a la humanidad, un nauseabundo componente de la misma, que puede remitir, en algunas mentalidades más religiosas, a la idea de pecado original. La narración de Sabato es elocuente y eficaz a la hora de mostrar esta tesis. Pero resulta aun más interesante cómo misteriosamente, casi de manera subliminal, Sabato mueve a la esperanza. De hecho, en mi lectura de la novela, durante los peores pasajes de la misma, sentí vivamente que todos esos horrores anticipaban una cierta victoria del bien, a contracorriente de los propios sucesos. Esto es, precisamente, el mensaje profundo del Apocalipsis, que Sabato hace suyo genialmente en su conmovedora novela. Abbadón, el ángel exterminador del Apocalipsis, anuncia, ciertamente, un imperio del horror y del mal, una ruina universal, pero que anticipa la victoria final del bien, con la que concluye el libro de San Juan y, queremos pensar, el de Sabato.

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