domingo, 20 de septiembre de 2009

Ceguera y brutalidad en El Lazarillo



La crisis actual muestra sin disimulo (y ése es el mérito de todas las crisis) que las formas de sobrevivir en nuestro extravagante mundo son el engaño y la picaresca. El hombre es en él reducido a pícaro para poder obtener su bienestar, reducción en la que pierde su alma. La atroz conclusión  de El Lazarillo sucede a cada instante, el alma que se vende por necesidad, en una dictadura en la que todos somos el dictador, en una democratización de lo que antes era sólo potestad de los tiranos. Así, no hay a quién derrocar, ni a quién señalar, ni a quién discutir, pues el horror se ha generalizado. Sólo cabe la perspectiva miope del fabricarse a hachazos una modesta parcela en la selva, con la furia de un coche deportivo. En este tiempo oscuro, vence quien engaña, quien es más rápido, quien mejor finge.

Se habla, con justicia, de la necesidad de que los niños respeten a sus maestros. Pero lo que se vive en las escuelas no es sino la violencia instalada en la sociedad, una violencia por la que todos vivimos siendo víctimas y ejecutores de un abuso constante a los demás. Como suele ocurrir las opiniones derivan hacia objetos periféricos sin que lo esencial quede cuestionado. Así, el respeto habrá de imponerse en la escuela, pero la chulería de nuestro mundo no se habrá detenido porque los niños que insultan a los profesores reciban su merecido, y las faltas de respeto fuera de la escuela seguirán sucediéndose. Porque todos respiramos, deseamos y pensamos dentro de una estructura  que obliga a la violencia de unos contra otros. Una violencia cuyo mérito y efectividad es la de ser anónima y limpia. Como ya señalara Foucault, la era de la asepsia es la era en la que la tortura finge no serlo y en la que la muerte esconde su guadaña. Cada vez se mata más limpiamente y nadie atina a ver la sonriente calavera bajo la capucha del verdugo ni las propias manos ensangrentadas. Se albergan buenos sentimientos, como algo quizás adherido a nuestros genes, por lo que se puede incluso responder con lástima y compasión cuando alguien se cae en la calle y hacer amago de ayudarlo, pero después está la feroz obligación de sobrevivir. En realidad, los buenos sentimientos son bloqueados por un mundo en el que hay que matar para perdurar en la tierra, por lo que la culpa parece extenderse a toda una estructura social propiciadora de esta violencia inercial y automática. Quizás, lo que en términos teológicos, Ellacuría llamaba “pecado estructural”, el de un gigante con torso de oro y pies de barro, pies que se hunden en un ominoso fango de barbarie.

El Lazarillo no puede rebelarse, embrutecido bajo su fantasmagórica opulencia. Se deja alimentar por los escaparates para hacerse añicos contra ellos. Tantos años presintiéndolo, tantos filósofos que lo han olido, tantos escarmientos, para finalmente ver que la peor de todas las profecías se cumple, la profecía que vence y anula a los viejos profetas, la profecía del hastío y del odio. Sigue Lázaro caminando sus calles, pero es ahora él quien lleva vacías las cuencas de los ojos y de su boca espantosamente abierta mana un aliento helado. La boca es, en realidad, como una gruta de la que sale una bandada de murciélagos. ¡Si hubiera hecho caso a sus huesos! Ahora sólo queda la esperanza de que, como ave Fénix, renazca tras haberse consumido de iniquidad bajo los altos rascacielos.