domingo, 6 de septiembre de 2009

El hombre invisible


Algunos sueños literarios como El hombre invisible de H. G. Wells describen las consecuencias y ciertos rasgos de la soledad nacida con la modernidad. El desencantamiento del mundo descrito por Max Weber tiene como fenómeno correlativo el surgimiento del individuo frente al todo que lo produjo, su definición aislada y el ensalzamiento de su singularidad. Esto ha sido abundantemente señalado por artistas y pensadores contemporáneos. Se trata de una tendencia histórica ya generalizada y cuyo paradigma serían las modernas urbes, en las que la libertad ejercida entre rascacielos y favelas conlleva el precio de una cierta neurosis. Al tiempo que ha emergido, en efecto, el individuo libre, ha emergido con él una suerte de esclavitud novedosa. A esto apuntan las inquietantes historias trazadas por Kafka y las pesadillas reales que tantas muertes han producido en la última centuria. Se trata de un modus vivendis propio de nuestra época en la que el individuo solitario se ha manifestado como algo natural. El hecho de hombres y mujeres viviendo solos, naciendo y muriendo solos, en hospitales y asilos, es algo que resultaría, a todas luces, incomprensible para el hombre medieval. Con el desencantamiento del mundo nos hemos desprendido del peso de la tradición y de los demás en la propia vida, pero hemos pagado el precio del individuo solitario que se siente absolutamente libre y, al mismo tiempo, absolutamente nada. Hay una suerte de esquizofrenia social por la que el individuo solitario de la modernidad ha devenido en un absoluto que avanza en contra de lo social. Esto ha dado excelentes héroes de la contracultura y la protesta social, pero también ha desembocado en héroes de la empresa y el libre mercado. El individuo se siente fuera del tejido que lo constituye, sea éste la sociedad, la tradición o la historia.

Volviendo a la literatura, esta soledad antisocial del individuo moderno se muestra con exactitud en el triste protagonista de El hombre invisible. Como dijo Borges, este relato largo o novela es una metáfora de la soledad; de la soledad, podemos decir, iniciada con La Odisea. El hombre invisible vive sin ser mirado por nadie, inmune, por tanto, al otro y a su juicio, libre en apariencia. Pero esta solitaria singularidad desquicia su moralidad y conducta de manera que se convierte en un enemigo de la moral y en un delincuente. Se torna un antisocial fuera de la ley cuyo aislamiento se va convirtiendo cada vez más en una insoportable pesadilla. Él es nadie para los demás (como Ulises) quienes sólo pueden apreciar sus efectos, los desastres que causa a su paso. Los demás, también, son nadie para él. Perece en una vorágine de inanidad, devorado por una suerte de nada o vacío, por la locura final que merma su razón. Es autómata que se considera hombre. Le resulta imposible trabar relaciones con la sociedad y comunicarse. Su historia es la historia de una degeneración que acaso describa, en su punto final, aquella otra metáfora de Nietzsche llorando ante un caballo apaleado. Él es producto de una ciencia que profana y desencanta, sospechosamente similar a la magia en su férreo determinismo mecanicista. La ciencia ha escarbado en el hombre y se ha encontrado con un vacío y una nada, con agua cimentando los cimientos. El hombre invisible es el científico, pero también, el profeta o el loco que se enfrenta desafiante a la masa. Él carga con el peso que la modernidad ha puesto sobre nuestros hombros, él, fiel heredero de Prometeo, cuya valentía implica un penoso sacrificio. Da al hombre pero quitando al hombre. Resume, pues, con toda la inane vibración de una metáfora, nuestra condición actual, a la que cabría calificar no como mala ni buena, sino como solitaria a secas.