sábado, 12 de septiembre de 2009

El juego del camaleón


No he podido concluir la novela El ángel de la ventana de occidente de Gustav Meyrink, con una mezcla de irritación y rechazo. Su tema es la magia y el esoterismo como caminos de sabiduría. Que esto ocurra en un occidente marcado por el desencantamiento no es lo acertado que pudiera creerse con ingenuidad. Tales extravagancias no pueden ser hoy bien recibidas. La figura de un autor que cree ciegamente en los juegos que describe es propia del arte menos elaborado, ajeno a la distancia madura de, por ejemplo, un Borges que juega irónicamente con las pretensiones de la magia (y de la ciencia, la filosofía o la teología). El mimetismo irreflexivo de la brujería moderna esconde dos aspectos que deben ser analizados antes de dejarse inundar por el mismo: la omnipotencia narcisista del hombre que intenta dominar (técnicamente) su entorno y, paradójicamente, la existencia de poderes y fuerzas que condenan a los seres humanos a la impotencia. Es fácil adivinar en ello una mentalidad infantil que mezcla el miedo y el afán de poder. Hay que precisar que muchas veces al camino del científico subyace una dinámica técnico-mágica del mismo tipo, un narcisismo y una prepotencia similar. Sólo que la magia elude el esfuerzo del científico y procura soluciones fáciles y cómodas para manipular la naturaleza. Todo esto es lo contrario de la reverencia al misterio propia de la religión, la asunción del plus enigmático que entraña el mundo. De hecho, lo religioso merece admiración, cuando es sincero y consecuente, mientras que lo mágico no. Lo mágico puede cegar, precisamente, para apreciar lo religioso. La magia, contra lo que parece, falta el respeto a la naturaleza, al mundo y a Dios. Porque ni la existencia ni el mundo se resuelven fácilmente.
Hay en la magia, cuando aflora en nuestra sociedad, algo de reaccionario. Es una magia coja que no puede ya reencantar al mundo, carente de verdad y profundamente insincera. El afán manipulador de la misma no tiene alcance real y suele dejar las cosas como están. Significa un dejarse adormecer, un irresponsable cerrar los ojos, imperdonable en intelectuales como Meyrink, quien al final de su vida parece que olvidó todas sus excentricidades y se convirtió al cristianismo, a un cristianismo, cabe suponer, limpio de la manipulación mágica que el hombre también ha intentado ejercer sobre el mismo. La distancia ante el mundo que nace con la figura del intelectual permitió el análisis crítico de la sociedad, análisis que desaparece y al que se opone un sueño de camaleón. En la magia, acaso, se prefigura el autómata de nuestro tiempo, tan racional como falto de razonabilidad. Es una razón cuyos cimientos son la más atávica sinrazón. Porque su fundamento hay que hallarlo en la prepotencia del niño, a la cual hay que oponer la reflexiva humildad del hombre que se sabe hombre. La magia es la plena limitación inconsciente de que lo es, la limitación que se cree carente de límites, que puede irradiar sus tentáculos por doquier atrapando falsamente la realidad, produciendo el sueño de control. Pero el hombre mágico, en su ambiciosa desmesura, controla siendo controlado, poseído por palabras, metáforas y objetos en los que se abandona. Meyrink es un iluso, un farsante que se creyó su propia farsa y un perezoso cuyo arte aspira a ser más de lo que puede ser todo arte, y por lo cual, se convierte en una caricatura del buen arte.