martes, 22 de septiembre de 2009

Sueños de más allá del horizonte


Dios ha sido como un vago presentimiento del hombre. En gran medida, los hombres han debido modelar y esculpir este presentimiento, y por eso mismo ha adoptado la apariencia que éstos le han dado. Desde la noche de los tiempos ha venido siendo ese oscuro sueño surgido de lo más hondo, de profundas simas, de los abismos que el hombre porta. Porque el hombre es portador de un pozo que llega hasta el barro original y el inconcebible aliento. El arrullo del inconsciente y sus fuerzas, la tradición, el propio lenguaje, remiten a un algo más allá de la conciencia y del instante presente que está de un modo invisible en todos sus actos. El hombre se sabe ser que carga con un peso ajeno, con un plus a veces dulce y a veces amargo, pero, en cualquier caso, se explica con esa tenue presencia. Ese brumoso acompañamiento que todos llevamos puede brotar e imponerse en algunos momentos, adquiriendo forma, como las alucinaciones brotan de los deseos, recordándonos que somos más que lo que aparentamos. El hombre, así, se percibe como profundidad insondable, aunque esta profundidad no implica necesariamente que se desborde del mundo. La fusión de Dios con lo bueno quizás vino después, como otro presentimiento que ayudaba a entender y mejorar el triste mundo de los hombres, a dar una cierta medida y límite a los abismos. Esta nota constante ha presidido la existencia de pueblos y de cada hombre. Todo en él se desdobla y bifurca: su psique, su historia, sus tradiciones (que nunca es una sola). Es quizás al análisis (no siempre científico y a la manera occidental) de estos desdoblamientos y pliegues de la realidad humana lo que con acierto el teólogo Torres Queiruga denomina una “mayéutica histórica”. Histórica porque, como nos recuerda Ellacuría, somos parte de una realidad que lo es. Mayéutica porque, como la de Sócrates, constituye un largo e interminable parto (“la humanidad gime y se agita con dolores de parto”, creo recordar que dice San Pablo en alguna de sus cartas). Es en los aconteceres donde se forja la idea de lo divino, como una veta que se encuentra, olfateada y vislumbrada, con numerosísimos matices, en las simas de la carne, en los deseos y en las inquietudes más estremecedoramente humanas. Dios no puede ser desligado del hombre y por eso gran parte de la contemporánea teología acude a la antropología para ver a un Dios inscrito en moléculas y células, a una trascendencia sita y presente en la viva carnalidad de los seres humanos.

Es cierto que la valerosa opción por la finitud del agnosticismo de un Tierno Galván también ha existido, pero lo religioso en el hombre parece no morir ni aunque se forje un paraíso en la tierra. Tierno Galván descarta el ateísmo porque éste significa un mantenerse alerta ante la idea de Dios, y en este sentido, continúa Dios estando vigente. El agnosticismo por el que opta es según él, por el contrario, una madura aceptación y ubicación en lo que hay, en el mundo, sin más trascendencia que la operada dentro del propio mundo. El agnóstico, también, puede adoptar una actitud estoica ante el dolor de la muerte y, de hecho, esta postura ha sido admirablemente llevada a cabo por algunas personas. Es, sin duda, una de las conductas que cabe adoptar ante el hecho de existir y, sobre todo, de morir. Pero la existencia de uno mismo y del mundo puede abrumar a otro tipo de personas. Pueden surgir emociones que uniéndose al lejano presentimiento de los hombres hagan que se adopte otra actitud. Entonces, lo cotidiano se torna tremendo y fascinante, como si apuntara a una trascendencia, a un plus que se añade a la mera y flotante existencia. Así, lo religioso es una suerte de insistente inercia por la que muchos hombres han reaccionado con una veneración ante el mundo que, curiosamente, no termina en el mundo. Claro que todo hablar de aquello más allá del mundo, cosa para Gustavo Bueno imposible de hacer, ya no puede ser claro. Como dice Torres Queiruga, ese plus no puede manifestarse tal cual, en el mundo, pues el mundo impone sus reglas, a menos que deje de ser mundo. Y Dios no puede negar con milagros lo que Él mismo afirma con la creación. Así, no podemos sino ver las cosas en las dimensiones y límites que nos constituyen. Esta estimulante idea del excelente teólogo gallego, aconseja que relativicemos toda la literatura sagrada historizándola, como de hecho, se viene haciendo desde hace unos doscientos años. Por fortuna ha habido toda una trabajosa tradición de crítica textual, estudio científico de las escrituras, conocimiento del contexto histórico e incluso conocidos intentos de desmitologizar los textos y de búsqueda del denominado “Jesús histórico” (Bultmann, Schillebeeckx). Aunque quizás haya que relacionar el tenaz afán humano por mitificar con ese oscuro presentimiento al que me estoy refiriendo en estas líneas, como un intento de verbalizar narrativamente esa misteriosa veta que jamás acabará de definirse del todo.