lunes, 14 de septiembre de 2009

La efímera pedagogía



La montaña mágica de Thomas Mann es una novela de educación y pedagogía, es decir, de las vibrantes influencias que recibe el joven protagonista, Hans Castorp, unas luminosas y otras llenas de tinieblas. Según la novela, la educación es un trabajoso parto de la claridad apolínea que sin embargo nunca acaba de brotar. Aunque la sensación llega a ser, más bien, la de un vaivén que termina en el mismo punto en el que empezó. Uno, cuando lee la novela, quiere creer que algo haya cambiado de manera efectiva a lo largo de la fatigosa empresa pedagógica y que en el transcurso de la misma el lóbrego universo se haya hecho menos lóbrego. Pero no es así. Cruzan la narración las mismas vetas que cruzaban la Europa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, un clima de decadencia que aunque puede asociarse a aquellos años, alguien con buen criterio podría identificar con la mera condición humana, que no sería sino ser esa permanente alba que nunca termina de desenvolverse, que siempre alberga la incierta tiniebla, que nunca deja de ser una perpetua y trágica pugna con la noche. Educarse es, en efecto, un devenir incierto. Como la formación del yo en el psicoanálisis, lo personal es una elaboración perpetua de la claridad a partir de la sima de la embriaguez y la brutalidad, una tensión por la que, propiamente, el hombre no es sólo ni la claridad ni el hondo Hades. Pero ser hombre es empeñarse con obstinación y acaso infructuosamente en que el sufrimiento merezca la pena y en que las ruinas que dejamos guarden la semilla de una vida resurgente.

Según Thomas Mann, a cada hombre se le plantean en su educación ciertos dilemas. Porque la educación ocurre en el ámbito temporal donde nos salen al encuentro otros seres humanos, en medio de la niebla mencionada por Machado y Unamuno, seres humanos que dan que pensar y que hacer, y que nos liberan de la inmovilidad de los minerales. La educación como encrucijada, como toma de consciencia, como un definirse reconstruyéndose incesantemente, como un contagio. Hay desde luego en la educación un elemento positivo que produce adhesiones y afirmaciones, pero predomina, según la novela de Mann, el elemento negativo de las impugnaciones y vacilaciones. Para el escritor alemán nuestro caminar es siempre incierto, aunque vislumbremos en raras ocasiones el norte o acuda un oportuno maestro en medio de la tempestad. Porque al hombre le acompaña la posibilidad del éxito pero también la seguridad del fracaso, la intangible amenaza y el pertinaz acecho. Propiamente, la vida o esa metáfora de la misma que llamamos humanidad, no pueden contarse sino como algo grotesco, momentáneo, fugaz, hecho de nieve y de tuberculosis. Pero para los educadores de la novela cualquier minuto de un hombre es sagrado, porque en él pueden justificarse y salvarse todos los hombres. Los educadores del joven Castorp lo educan, en efecto, porque “el tiempo se ha cumplido” y porque cada segundo es un pequeño apocalipsis en el que la humanidad se lo juega todo.


Se da en la novela todo lo que en una existencia consciente e interrogativa acontece. Las mismas preguntas y las mismas respuestas que pugnan entre sí, llegándose en esta lucha incluso al duelo de dos de los educadores y al suicidio de uno de ellos. La vida es experimentada, entre los bosques y cimas de los Alpes, como algo circunstancial y finito de lo que emanan las palabras, los abundantes diálogos filosóficos de la novela. Todos viven en el límite y uno se da cuenta de que en el fondo todas las ficciones de la humanidad son una respuesta a esta situación extrema de saberse atenazados por la enfermedad y el silencio. Es esta presión y amenaza como un bajo continuo en toda la novela, y es por ella que brotan amores, teorías, esperanzas, ideales y sueños. Por eso, la educación de Castorp tiene sentido por sí misma, como un paréntesis gozado poco antes de las trincheras, como una transitoria exaltación, como un titánico esfuerzo. Aunque ya nos gustaría creer que haya podido dejar una huella en el silencio de las cumbres nevadas, una huella que no fuera barrida por la guerra.

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