domingo, 13 de septiembre de 2009

La religión terapéutica


En nuestro agitado mundo es necesario, parece ser, el cultivo de técnicas de relajación y de búsqueda de cierta “paz interior”, que contrarresten el salvaje sinvivir característico de nuestra forma de vida. Tanto es así que está dándose un trasplante de ciertas religiones orientales en el denominado occidente. Pero sospecho que como ocurre con los trasplantes de órganos, no siempre encaja el nuevo órgano en el organismo receptor. Es plausible que en sus lugares de procedencia, o sea, en las culturas orientales dominadas por el budismo o el hinduismo, la meditación y los planteamientos que aquí nos llegan como meras técnicas de relajación, cumplan una función social adecuada a tales culturas e incluso ejerzan cierta subversión y contestación social. El budismo responde perfectamente a contextos culturales en los que se ha nutrido y con los que interactúa de manera “natural”. Pero mi sospecha es que tal como esas venerables tradiciones religiosas nos llegan a occidente cumplan otra función acaso bien distinta y que coincide con la conocida crítica marxiana de la religión como opio. En realidad, no nos llega el budismo, sino, seguramente, otra cosa bien distinta y adaptada a ciertos intereses que pululan por nuestras sociedades.

El vacío dejado por el aparente final de las religiones ancestrales de occidente ha dado paso a un tipo de religiosidad caracterizada por la búsqueda interior, la iluminación e incluso el neo ascetismo. Se está dando un resurgir de planteamientos gnostizantes también con todo ello. Pero creo que son versiones interesadas y limadas en la medida en que conciben la felicidad como algo individual y solitario, por más que se vincule al cosmos o al todo en una suerte de panteísmo. Su propuesta es la de una felicidad ahistórica, ajena al devenir de las sociedades, salvo en la creencia de que con el cambio interior espiritual se conseguiría, si todos lo aplicaran, una humanidad más feliz. Pero lo cierto es que la felicidad que se hace depender de la respiración y de visualizaciones deja al mundo tal como está. El vínculo con lo histórico es un vínculo vago, hipotético, puesto que la búsqueda se ciñe a unos ejercicios que sustituyen a las viejas oraciones y rogativas. El occidente desencantado pretende, así, recuperar el encanto pero sin dejar de ser occidente, o sea, individualista y mercantil. Así, la religión es como un buen día de relax en la playa, en el que la temperatura suave del mar y el arrullo de las olas nos procuran el necesario bienestar para, después de las vacaciones, continuar la lucha inhumana. El caso es que el cosmos no puede regularse así, con el olvido y el sueño, pues las disonancias de la injusticia y el hambre continúan perturbándolo. A mí me suenan estas técnicas a un culto que venerara el sueño reparador, la satisfacción de la barriga llena o un buen día, como he dicho, de playa. Occidente así olvida con el ritmo acompasado de la respiración, obteniendo de viejas y extrañas religiones lo que más le interesa, o sea, la iluminación y la paz que puedan disfrutarse en nuestras atomizadas sociedades, una paz que olvida el vínculo efectivo con el otro, que compadece y ama con la misma actitud beatífica y remilgada de los malos cristianos; es decir, una felicidad de supermercado, un necesario ascetismo requerido por el consumismo. La felicidad como tarea individual, como trabajo solitario ajeno a la historia. Uno puede corromperse en su trato cotidiano con los demás, que siempre tendrá garantizada la salvación y el goce místico. Se necesita, ciertamente, relajación en nuestras vidas, tanto, que ésta se eleva a estado de fusión mística con el todo. Pero el todo, es un todo sin rostro, vago, difuso, atemporal, platonizante, que garantiza la buena conciencia al occidente de los sacrificios y holocaustos ejecutados contra el prójimo, al occidente caníbal, al occidente que prefiere venerar cristales para olvidar que no venera a los delicados y hambrientos seres humanos. Así, retorna el viejo ascetismo de la vida en pareja, de la felicidad de dos, de las burbujas de bienestar y los baños de espuma, para garantizar la guerra de todos contra todos e inmunizarse contra los destrozos que ésta causa en el espíritu.