martes, 13 de octubre de 2009

América Latina I




Mientras Europa permanece anquilosada y cerrada en sí misma, a pesar de los flujos de inmigrantes procedentes de otras regiones del mundo, América Latina se halla con la perturbadora vitalidad que hace tiempo dejó de tener el denominado Viejo Continente. Como ocurre con la apabullante naturaleza de la tierra americana, los pueblos y sociedades de América Latina son un bullir de corrientes a veces en pugna, de contrarios y extremos, que constituyen el futuro de una Europa que perdió su futuro. América Latina ofrece una superación de la propia Europa, un más allá de sí misma. Por eso, América Latina aporta un plus que el europeo que no ha viajado a su rica vastedad difícilmente puede imaginar. Es tierra de contrastes sin lugar a dudas, contrastes de los que surgen enfoques y pensamientos que la Europa ahogada en sí misma ya no puede parir. Si Europa fuera capaz de mirar en el espejo americano se vería a sí misma, junto a sus sueños y su miseria, además de los elementos que nunca quiso reconocer y que invisibles y callados fueron haciendo madurar la mezcla de un continente agraciado. América es el polo positivo de una línea en la que Europa es el negativo. No obstante, no sin sufrimiento puede Latinoamérica iluminar al mundo. Porque en ella el parto de lo que sea que se esté gestando se da dolorosamente. Allí se siente que, en efecto, se está dando a luz algo, que todo está brotando y naciendo como la exuberante vegetación del Trópico. El pavor y la amabilidad de la naturaleza le guiñan a uno haciéndole ver la dureza de la vida, pero también su extraña belleza. Creo que Europa teme a América en una suerte de miedo a la libertad sentido por sus naciones, que malviven en un tristísimo y arrogantemente autodenominado Primer Mundo consagrado a la economía feroz y a las finanzas que esconden antiguos delirios imperiales. Europa haría bien si se preguntara seriamente qué es América, si se aviniera a escuchar el clamor que mana de ella. América es la Europa que ha seguido avanzando, la Europa del progreso, la Europa que continúa sus navegaciones y descubrimientos ya más allá de sí misma. Europa sigue siendo en América. En América, Europa ha resucitado transfigurada, desdoblada y veteada de mundo para proseguir el combate contra el primitivo horror que ella misma originó.  


Sin embargo, el europeo del viejo continente padece de una persistente miopía y no logra ver más allá de sí, no pudiendo atisbar lo que se alza a su oeste. No alcanza a contemplar el resurgimiento del Ave Fénix allende el océano. Perdió sus sueños y sólo logra distinguir los pies del coloso. Ha dejado ir su savia y dormita en una bruma incierta, pensando vaguedades, repitiéndose indolente, sin nervio y sin nada ya que aportar al mundo. La ciencia, la pedagogía, la filosofía son latinoamericanas, pero el europeo prosigue su tendencia a no salir de sí, a ensimismarse y a morir de pura inanición. Europa es indigente y pobre, sin ni siquiera astucia, inútil y, espero, breve. Todo lo que empezara ella ahora vive y se culmina en América. Porque América realiza y moldea los viejos sueños europeos, tan sobrecogedores como tristemente terroríficos.