domingo, 18 de octubre de 2009

Lo trágico y lo cómico en el arte.



Sabato afirma, en los discursos sobre estética que inserta en su novela Abbadón el exterminador, que hay dos maneras de enfocar la creación literaria. Una, la que podríamos denominar, el modo “serio”, consiste en entroncar con ciertas profundidades, de un modo semejante a como el analista lo hace en el psicoanálisis, conectando con las tormentas interiores que todos portamos. Así, se escribiría porque habría algo que conmueve, porque incluso se habría dado una violenta conmoción previa al acto de la escritura y de la cual éste arrancaría. En este enfoque lo que cuenta es la sinceridad con uno mismo, la obediencia a un impulso que empujaría a escribir como mana la lava ardiente de un volcán. Es algo que Sabato relaciona antes con nuestras inquietudes más hondas y primarias que con la motivación razonada, con lo que su seriedad no es necesariamente equivalente al típico “arte comprometido”. Sí hay, desde luego, un compromiso con ciertos valores o principios, pero en la forma en que éstos casi hacen fluir la escritura como a borbotones, dándose pues una consonancia o armonización con ciertas oscuridades en las que todos nos cimentamos. Así, el escritor es obediente a un impulso, de manera semejante al profeta, pero con un mayor dominio de su arte, pues si no fuese así, sólo pariríamos el caótico e ininteligible discurso de la pitonisa embriagada por los vapores telúricos en el templo de Apolo. Se trata de echar mano de un principio ordenador de naturaleza apolínea o platónica, de arbitrar una suerte de mediación que debe organizar los exabruptos de la madre tierra. Esta visión del arte como organización de una informe materia bruta que lo constituye es traída a colación por el escritor argentino. Pero lo platónico no termina de resolver el tumultuoso universo, que acaba imponiendo su insensatez al hombre. Sabato relata su crisis personal cuando la ciencia dejó de satisfacerle y hubo de recurrir, casi terapéuticamente, a la escritura. Con ella pretendía alcanzar un ámbito más básico y acorde con el universo y, sobre todo, con sus más profundos deseos y angustias personales.  


Pero otros artistas y escritores han podido bromear antes que mostrarse serios, a pesar del trasfondo dionisiaco del que también parten. Se trata de quienes enfocan la creación poética como un juego cuyo valor es, precisamente, su intrascendencia. Así, el artista es un cómico y un irónico que domina su propio arte desde arriba, aunque sin creerse nunca sus propias creaciones. Esta opción, tampoco parece satisfacer a Sabato, quien se toma las cosas muy en serio, al enfrentarse a la realidad cruel, maligna y dolorosa. Pero los comediantes, sin que por eso nieguen el dolor de la existencia, oponen a éste su espíritu lúdico creativo, y hacen por hacer sin esperar nada de ello.


Sabato, además, relaciona el arte con la sociedad. En este sentido no debe interpretarse su opción como un individualismo del artista-genio, sino como un diálogo del artista con su sociedad, que le proporciona el estilo, los temas y la materia prima. El artista reacciona ante su sociedad (acoplándose a la misma o contestándole). Por eso, no por falta de técnica, sino por las condiciones específicas del universo cultural del antiguo Egipto, los egipcios principalmente produjeron un arte abstracto e hierático, sin el realismo de las técnicas modernas en la pintura y la escultura (aunque bien es cierto que hubo tiempo para todo y también hicieron arte moderadamente “realista”).      


Así pues, Sabato no escribe para pasar el tiempo, ni porque sí, sino porque es conmovido por la realidad terrible a la que trata de abordar como a una furiosa corriente de agua. Porque no puede evitar escribir. Su arte yo lo llamaría, como a todo arte que se le asemeje, “religioso”. Porque precisamente el talante religioso no es sino, como bien supo ver Nietzsche, un tomarse las cosas muy en serio. Ésa es la nota determinante de toda personalidad religiosa, la del desconfiado buscador, la de quien entiende el mundo como profundidad. Nietzsche, como es sabido, discrepaba de la dicotomía entre apariencia y profundidad, pues para él, sólo hay superficie, nada más. En este sentido, bien es cierto, no cabría aspirar a ningún Dios que fundamente o aceche tras el mundo, ni a ningún tipo de trascendencia, sino al valor en sí de la inmanencia. Aquí, el arte sería un multiplicar los reflejos de reflejos que constituyen la realidad, sin mayores pretensiones. Una especie de juego, de ironía de segundo y tercer grado, de reconstrucción y deconstrucción perpetua, de hacer por hacer, de acumular dobleces sin ánimo de hallar pretendidas profundidades. Para esto, qué duda cabe, también es preciso disponer de un cierto talante específico, creo que opuesto al ostentado por Sabato. Aunque bien es cierto que en ambos estilos se asume y se parte, necesariamente, del dolor básico que parece constituir el mundo. Acaso la diferencia de estilos sea la marcada por Schopenhauer, ahogado en el dolor, y su extravagante discípulo Nietzsche, que lo asume con alegre inocencia.

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