sábado, 3 de octubre de 2009

Marginalidad y rock transgresivo



En el juego de ambigüedades y dobleces de nuestra neurótica sociedad, en la que las cosas suelen significar su contrario, hay que ser macarra para situarse en lo más serio. Éste es el trasfondo de todo el malditismo reciente, desde Boris Vian a Extremoduro, heredero del Romanticismo que a su vez es, como es sabido, la Ilustración frustrada. En el caso particular de Roberto Iniesta, cantante del grupo Extremoduro, en su canción Jesucristo García afirma todo esto, al menos implícitamente. Este tema musical es una vuelta de tuerca por la que la figura de Jesucristo, aludida en él y con la que se compara el cantante, es llevada a cierto extremo que también recuerda al juvenil y rebelde protagonista de Jesucristo Superstar de los años 70. Roberto enfatiza el carácter marginal de ambos Jesucristos, el de los evangelios y el suyo, emulando caricaturescamente al de Nazaret. Éste es trasplantado a un ambiente de yonkies, alcohol y chabolas en el que se muestra con estridencia la peligrosa subversión que predicaba. En realidad, Iniesta relata una parábola, o sea, traza una suerte de símbolo o metáfora que rebajando al Maestro lo eleva, lo sitúa en un estremecedor más allá de la línea marginal, siempre perturbador. En este límite cruzado por Roberto-Jesucristo, se hace patente otra ambigüedad, la de la sana enfermedad, la enfermedad del sanador, o la salud del enfermo. Las drogas son la metáfora que señalan esta dolorosa encrucijada donde la realidad parece colapsarse. Así, Roberto señala esta identificación de salud y enfermedad en la indeseable realidad de la droga, con un verso conmovedor: “Por conocer a cuantos se marginan/ un día me vi metido en la heroína”. Aquí se da la identificación sin límites, la apuesta temeraria, el salto en el vacío. Una suerte de kenosis para ir a lo peor de nuestro mundo en la incierta búsqueda del bien. Porque el horror y la miseria tienen la propiedad de “manchar”, de contagiar, como la enfermedad, y en este contagio uno halla la perdición… pero también la salvación. No es difícil entrever en esta historia de arrabal y jeringuillas aquella otra de la cruz y la corona de espinas, en una personalísima versión de Roberto Iniesta. Roberto parece seguir al Nazareno, a un Nazareno alejado de imágenes convencionales, que explota al máximo su carácter bondadoso pero firme y profético. Roberto baja a los infiernos en la tierra.

Como es sabido, las palabras del Nazareno tenían en su audiencia el efecto de hacer estallar las mentiras e hipocresías de las élites de su sociedad poniéndolas en evidencia como un esperpéntico espejo de lo grotesco. De manera similar, Roberto Iniesta causa nuestra vergüenza y nos incomoda e irrita situándose entre bandidos y subversivos (lestaí) “crucificado a base de pastillas”. Lo peor del mundo parece haber construido su historia de ratas y cloacas. Ambos, él y el Nazareno, aceptan una cruz que es ignominia, castigo y final terrible e indeseable, pero que al mismo tiempo se alza como una suerte de señal.

En realidad, en la canción que estamos aludiendo, Iniesta parece trazar una figura disonante y encarada con la mansa y dulce imagen que se nos ha transmitido del Nazareno, pero, irónicamente, se le acerca y lo capta en cierto aspecto importante. Su cruz hecha de estigmas sociales coincide, en cierto sentido, con la cruz del judío de la Palestina del siglo I. En ambas cruces coinciden el horror y la gloria. Así, en Roberto se entremezclan cielo e infierno en una dialéctica en la que, en mi opinión y contra lo que él parece creer, acaba prevaleciendo el elemento celestial, sin quitarle un ápice de dolor.