viernes, 30 de octubre de 2009

Thomas Mann y la desmesura de la inteligencia.



Doktor Faustus de Thomas Mann es una novela muy densa que aborda como tema principal lo demoníaco en una de sus formas. El autor alemán reelabora la vieja leyenda medieval del hombre que vende su alma al diablo, en la historia de la caída personal del protagonista, Adrian Leverkühn, y, de manera paralela, de la Alemania del auge y derrota del nazismo. La corrupción del alma se relaciona, en ambos casos, con un refinamiento de la inteligencia que devuelve al artista y a Alemania a primitivos arcaísmos. Adrián es un ser solitario y muy cerebral que desarrolla una música vanguardista, similar a la de Schönberg, aunque en su trayectoria existencial y personalidad vemos la similitud más bien con Nietzsche. Da la sensación de que el vuelo del pensamiento y el enorme dominio de la técnica musical y compositiva han aislado al arte y al artista que, paradójicamente, retornan a cierto estadio mitológico. El contraste se logra en la novela con el personaje que narra, que es un clásico y humanista enemigo de extremos, hombre de gustos y estilo moderados, en el que la razón pone un límite, al contrario de la razón diabólicamente libre, más allá del bien y del mal, del compositor Adrián.
Son estremecedoras las páginas que describen el pacto sellado con el demonio, que en la novela no se aclara si responden a sucesos reales o constituyen una alegoría ideada por el propio Adrián. Recuerdan otro pasaje similar en el que el racional Iván, en Los hermanos karamazov, dialoga enloquecido con un Mefistófeles ingenioso conversador y vestido como un dandy. En las dos escenas, el hombre ha vendido su alma por el sacrificio que la inteligencia le ha exigido que acometa, como un precio para vivir sin límites en una absoluta ausencia de moderación y de moral. Se trata de un intelecto que se emancipa de la moralidad, pretendiendo ser él mismo el máximo rasero, el que imponga y decida sus fines, y que a efectos prácticos deviene en un egoísmo insolidario y solipsista.
Quizás en estas elucubraciones, los moralistas Mann y Dostoievski están advirtiendo del auténtico norte verdaderamente valioso que no debemos perder y que rige una verdadera buena vida. No es propiamente el pensamiento, como la soberbia del intelectual puede llegar a creer, sino la moral de la regla de oro (no haga a los demás lo que no quieras que te hagan) lo que debe regir una vida propiamente humana. Aquí es la ética lo más importante en la realización de lo humano, como las corrientes personalistas o el pensamiento judío del siglo XX en la filosofía han puesto de manifiesto, la ética entendida como relacionalidad y apertura del sujeto a los demás.
Respecto a la estética, de nuevo subyace en la novela el conflicto señalado por Nietzsche y muy elaborado por Thomas Mann en sus obras entre lo dionisiaco y lo apolíneo, o entre la brutal realidad de la vida y el principio ordenador de la inteligencia. Sólo que en esta novela, triunfa lo más atávico y primario a lo que se llega, precisamente, por una inteligencia que toma consciencia del dominio que puede ejercer sobre sí y sobre el mundo. En este caso con el pensamiento de enorme madurez y consciencia de Adrián, se llega a la renuncia de toda moderación y prudencia moral, pues es el propio pensamiento lo que se alza como máximo valor. El resultado final es la negación de los valores del humanismo y la vuelta a un peligroso arcaísmo demoníaco.