martes, 6 de octubre de 2009

Tiempo y enfermedad



La enfermedad es un chirriante roce con el mundo y un tiempo de percepción de las durezas y las irregularidades que caracterizan al pedregoso camino de la existencia. Ella es la evidencia más palpable, la única verdad cierta con la que el hombre se topa y de la que puede asegurar sin lugar a dudas que existe. Es por eso que el caballero juega la partida de su vida con la muerte en El séptimo sello de Ingmar Bergman, con una muerte que no sabe ni puede decirle qué hay después, ni si acaso hay algo, pero que se presenta  como la única realidad contundente en la región azotada por la peste. En todo caso, como afirmaba Jaspers, la auténtica felicidad viene de vuelta del sufrimiento, del encuentro con las distintas formas de muerte con que nos topamos los seres humanos. Si no fuese de este modo, no podría hablarse de una felicidad real, sino sólo de la plácida existencia de los vegetales. Aunque el hombre, en su crecimiento, a veces tiene tiempo de cruzar distintas edades o momentos caracterizados cada uno de ellos por una percepción particular de sí mismo y del mundo. La juventud, por ejemplo, es el tiempo en el que la existencia se asemeja a una playa bañada por aguas cálidas y en la que las corrientes y accidentes del terreno no ennegrecen el amable panorama de un cielo alto y celeste con un sol resplandeciente. Las desgracias todavía no suelen tumbarnos ni encorvar los cuerpos, de manera que todo se resuelve como el bullicioso aleteo de  las palomas. Hay quien ha propuesto el ejemplo de esta inocencia como la mayor sabiduría y aspiración vital del hombre, la cual se hallaría en consonancia con un universo tan cruel como sencillo, tan lleno de amargura como también del goce simple y animal de las antiguas bacanales. Toda la vida se resolvería en su propio discurrir sin meta y en ello, de hecho, se cifraría el mayor de los valores. Esto, de claras resonancias nietzscheanas, pertenece a la propuesta del primer Camus, el de El mito de Sísifo, Calígula o El extranjero. Un Camus en el que el Mediterráneo y su luz eran su mayor evidencia. Nietzsche, adorador también del Mediterráneo, de un Mediterráneo viejo y olvidado en las brumas y bosques de Alemania, se refiere a un superhombre que haya asumido la carencia de fundamento, orden o sentido, sin necesitar de ello, noble y valientemente, que viva como un niño. No niega, por supuesto, el sufrimiento que acarrea vivir, cosa que todo joven también conoce, pero tiene ante sí la vasta y ancha superficie del mar que cubre la esfera terrestre para surcar las brillantes aguas al mediodía. Se trata de vivir en un eterno presente, como cuando transcurren los días iguales en el cálido verano.
Pero la enfermedad viene a complicar las cosas, a llenar de agrestes colinas la costa, a convertir los días en únicos y singulares dentro de una línea donde entonces surge la honda percepción del pasado y del futuro. La enfermedad evoca una necesaria profundidad y trae la seguridad de una muerte que llegará sin remedio. Aunque el enfermo ostenta una salud distinta de la inocente salud de quien se desliza juvenilmente sobre la superficie suave de los días. No es la salud rebosante de los dioses inmortales, sino una salud que se sabe pobre y efímera, que no impide ver un cierto tono gris en el paisaje. 
Nietzsche acertó cuando relacionó el ansia de profundidad con la enfermedad, con la debilidad vital. Porque para el hombre la enfermedad actúa como un resorte que hace que se precipite hacia un más allá. La enfermedad marca un límite y, como todo límite, es también una sugerencia. En este sentido, creo que la enfermedad aporta una sabiduría incierta pero no inocente. La enfermedad evoca una seriedad. Nos sitúa en algo acaso más venerable que la propia vida que, sin embargo, no se opone a ella, porque de hecho es parte de ella. Con la enfermedad, el mundo se despliega en un relieve lleno de accidente, grietas, colinas y valles, hasta que la última de las enfermedades, la vejez, vuelve a situar al hombre en la extraña inocencia de una segunda infancia.     
La enfermedad es, también, lucha. Esto lo supo Susan Sontag, que escribió sobre ella y que la padeció largamente. Una lucha que es agonía, en el sentido etimológico del vocablo griego, un combate que nos sitúa en el mundo cantando el canto del cisne, aunque hayamos de vivir cien años. También, la enfermedad nos refleja nuestra condición de seres finitos e indigentes, por lo que sólo por ella existe la esperanza. Trae consigo la profundidad. Con la enfermedad el día, en efecto, se llena de vientos a los que suceden brisas, se conoce el desfile de contrarios que azotan la existencia. Tenía razón Nietzsche al relacionar la mentalidad religiosa con la enfermedad, porque el hombre religioso es hombre de contrastes, de días y de noches, de plácidos veranos y de austeros inviernos. El enfermo siente el tiempo no como adormecedora sucesión de instantes idénticos pero exultantes, sino como ámbito en el que se generan pérdidas irremediables y en el que se anticipan reinos más allá del horizonte. Y cabe proclamar en defensa del hombre enfermo que en él, contra lo afirmado a veces, la vida se desenvuelve en toda su aguda y consciente plenitud.