domingo, 13 de diciembre de 2009

La perspectiva apocalíptica



La primera de las Tesis sobre el concepto de la historia de Walter Benjamin es la famosa descripción del autómata que juega al ajedrez siendo manejado a escondidas por un enano oculto bajo la mesa donde se halla el tablero. El autómata es el materialismo histórico, es decir, la concepción y explicación marxista de la historia, que plantea un proyecto utópico inmanente a la propia historia y que la va resolviendo como un avance y desarrollo lineal, progresivo y superador. Así, la labor del autómata promete una transformación que puede, en el mejor de los casos, desembocar en la sociedad sin clases. Pero frente a la visión determinista de la historia de muchos marxistas que participan del optimismo ilustrado, el enano es la teología, entendida por Benjamin como depósito de una peligrosa memoria, como aviso de que la historia nunca se puede cerrar del todo porque ninguna utopía inmanente (como la propuesta por Bloch en El principio esperanza) no puede resolver el cúmulo de dolor que el desarrollo de la historia ha generado. Las víctimas y el sufrimiento expresan un sinsentido esencial y obligan a rectificar todo fácil optimismo autocomplaciente respecto a la historia. La teología, así, sería básicamente el recuerdo y el aviso de que las cosas nunca están bien, de que la historia no se acaba, de que al menos siempre persiste el sinsentido y la injusticia de quienes padecieron en el pasado. Se trata de un aguijón que impide que nos asentemos en concepciones que sólo vean una parte, la más brillante y victoriosa, del humano deambular, lo cual no sería sino un engaño y además una injusticia. El problema del sufrimiento de quienes nos han precedido es traído a colación por un saber que, más allá del discurso de las leyes históricas y el progreso, se hace voz de los sin voz y alude (sin nombrar) a quienes no tienen nombre, a quienes fueron tragados por el curso del progreso.
Así, a la conciencia del mundo como un ahora que se repite igual que el cansino recorrido tenaz de las manecillas de los relojes, la teología insertaría el tiempo histórico, es decir, la tensión de un peligroso pasado que cuestiona nuestro bienestar presente y un futuro siempre por realizar en el que todos los cabos sueltos sean atados, necesariamente fuera del curso de la historia inmanente que no puede dar para más. El enano (la teología, según Benjamin) es esta corrección impugnadora al optimismo mecanicista del autómata. No puede dejarse ver, pues está más allá del discurso descriptivo de la ciencia que tiende a su superación y olvido, pero al mismo tiempo, esta ciencia de la historia que deviene en una apoteosis del presente que cubre y oculta lo ocurrido, necesita al enano. Éste es como un necesario lastre que obliga a detener el vuelo de una razón desmemoriada y produce la verdadera vivencia de la historia y el tiempo, entendidos como tensión de un pasado perturbador e inacabado y un futuro que ha de postularse, ambos, pasado y futuro, comprimidos en el instante. Entonces, el instante es, en realidad, todo el tiempo y toda la humanidad (recuerdo por cierto el famoso dicho que según creo pertenece al Talmud y que afirma que aquél que salva a un hombre salva a todos los hombres).  
Creo que es esta concepción específicamente teológica del tiempo la que aporta la mirada apocalíptica. Si tomamos el último libro de la Biblia, el Apocalipsis de San Juan, podemos interpretar precisamente esta perspectiva de un tiempo cargado de pasado y preñado de futuro. La mirada apocalíptica es como aquella divinidad pagana que miraba al mismo tiempo en sentidos opuestos. Es esa extraña confluencia de lo ocurrido fatalmente, el espantoso paisaje de ruinas del pasado, con lo que no podemos sino postular en un futuro que incluso debe escapar a toda ciencia y proyecto de liberación inmanente. El mensaje del Apocalipsis es que no hay descanso en la historia, que todo está en cualquier instante, que siempre sucede un insoportable dolor que se acumula, que la historia es desechos y vertedero de basuras. Lo que narra el Apocalipsis, por tanto, está ocurriendo ahora mismo. En realidad, siempre ocurre, y siempre estamos en los tiempos finales de la destrucción apocalíptica. Lejos de las lecturas gnostizantes o esotéricas que se han hecho, lo que plantea el Apocalipsis es la pervivencia constante del dolor y la injusticia en la historia y que vivimos en un paréntesis. Insufla lo apocalíptico esta tensión en el ahora que, por ello, se convierte en auténtica vivencia histórica, en recuerdo vivo que golpea el presente. La conocida imagen de Benjamin en las tesis además matiza que esto ocurre a la manera de relámpagos (paréntesis) que se insertan con brusquedad provocando torbellinos que saltan como chispas. Sólo así, como abismos abriéndose en la tierra firme, se nos cuela el pasado en la imagen armoniosa que hemos construido del presente para, precisamente, ocultar el pasado. Frente a la linealidad del progreso y el avance científico, el peligroso recuerdo actúa como una interrupción de dicho curso. El libro del Apocalipsis es, precisamente, la grieta que amenaza al edificio, la conmoción, la fuerte negatividad insuperable que elude cualquier posible síntesis superadora, que estará siempre acompañándonos, desafiante y perturbadora, advirtiéndonos de que nuestros sueños son, en realidad, pesadillas.