domingo, 20 de diciembre de 2009

Precisiones en torno al existencialismo



Resulta excelente el análisis de la corriente “existencialista” que el profesor Luis Sáez lleva a cabo en su recomendable libro Movimientos filosóficos actuales (32001, Trotta, Madrid). Ubica la raíz del existencialismo en Kierkegaard, quien con su reivindicación de lo vital concreto se opone a la metafísica tradicional de corte esencialista que entiende al hombre como una abstracción. La idea moderna de sujeto es cuestionada desde una concepción heraclitea del mismo como cambiante y dinámico, desde que se inserta en la corriente temporal que lo constituye intrínsecamente. El existencialismo hay que entenderlo como una de las múltiples críticas a la modernidad, la cual reposa sobre el pilar de un dualismo protagonizado por un sujeto fijo e inmune al “mundo de la vida” (ego del cogito cartesiano, yo trascendental o el sujeto de todos los idealismos) y un mundo objetivado respecto al cual se distancia e impermeabiliza el sujeto. Cualquier corriente ilustrada o postilustrada entronca con esta metafísica que está, por supuesto, a la raíz del pensamiento científico y del positivismo como derivados de la modernidad. En el caso de la corriente existencialista lo que es cuestionado es, precisamente, el sujeto como algo fijo, capaz de sustraerse al cambio. Por el contrario, el cambio le afectará constantemente hasta el punto de que el principal lema del existencialismo será que en el sujeto, la existencia precede a la esencia.
Luis Sáez compara a Heidegger con Sartre, mostrando que la diferencia entre ambos y por lo que sólo podría considerarse existencialista al segundo, es la pervivencia de un humanismo en Sartre (vg. El existencialismo es un humanismo) aunque sea de otro modo que el humanismo esencialista de la modernidad. Heidegger le echará precisamente esto en cara al francés, y tiene razón, en el sentido de que Sartre parece mantener un cierto dualismo entre el mundo como algo parmenideo (ser en sí) y el hombre (ser para sí) como algo distanciado del ser. El humanismo del francés es de nuevo una metafísica que introduce al “hombre” por la puerta trasera. Vuelve a darse, por tanto, un sujeto definido frente al ser, un sujeto que es visto por Sartre como algo puro y no relacionado o influido por un subsuelo vital. Se trata de una suerte, en el fondo, de Yo puro y de escisión típicamente moderna, según Heidegger. Esto, para el alemán, es un error, pues el Dasein no debe entenderse nunca como “hombre” que se relaciona con el ser, sino como ámbito de manifestación y apertura del propio Ser, sin dualismo a là Sartre. Para Heidegger sólo importa el ser, y el Dasein es en función del Ser.
Otro aspecto que analiza el profesor Sáez y que me ha interesado bastante, pues yo he estudiado a estos autores, es el de los denominados “existencialismos cristianos” (Marcel, Jaspers y Barth). Para él la introducción de una trascendencia trans-temporal resulta una traición e incongruencia con el principio existencialista de la no esencia en el sujeto. Admitir un tipo de trascendencia más allá de la que en su inmanencia el sujeto que existe va asumiendo en sus elecciones, en su flotante deambular, es ya la introducción de un fondo metafísico necesariamente, pues toda trascendencia más allá de la estricta inmanencia significa un fundamento firme que puede determinar la elección ética del sujeto existente. Sería pues un falso existencialismo el que apunta a este más allá del mero existir del sujeto sin esencia y habría que asumir que Sartre o Camus son quienes en su ateísmo extrajeron con mayor coherencia las consecuencias del existencialismo.      

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