lunes, 7 de diciembre de 2009

Salvar la Ilustración


El proyecto filosófico de Habermas consiste, como es sabido, en una actualización de la Ilustración, superando el callejón sin salida al que llegaron Horkheimer y Adorno en su pesimista visión desarrollada a partir de Dialéctica de la Ilustración. Habermas se plantea recuperar y salvar la Ilustración, para lo cual elabora su teoría de la razón comunicativa en la que se halla implicada una noción de verdad como consenso argumentativo. Así, iría limpiando de la reflexión filosófica todo el poso de teología y metafísica presentes en Benjamin o Adorno, para dedicar la razón a lo único a lo que puede dedicarse (y de la mejor manera que puede hacerse sin incurrir en los justamente criticados dogmatismos de algunos ilustrados). El mayor exponente de esto es su Teoría de la acción comunicativa publicada en los años ochenta y donde ofrece un progreso fundado en la obtención de verdades provisionales mediante un procedimiento para hallarlas. Lo racional sería, pues, aquello apto para ser argumentado y confrontado con argumentos contrarios, y en cuyo debate se llegaría a verdades, en una suerte de versión del falsacionismo popperiano. El requisito sería no atender más que a los argumentos, a su clara exposición según reglas que permitan su publicidad y debate. Todo lo que pueda haber de subjetivo o emocional, así como los contenidos a priori deben ser eliminados. Sacrifica lo material en pro de lo procedimental en la ética, para asegurar que se logra una cierta justicia en la resolución de problemas y el hallazgo de verdades a las que todos puedan asentir. Posee, por tanto, una gran fe en la capacidad de los hombres para ponerse de acuerdo apelando a la discusión solamente en la que se usen argumentos y razones válidas para todos, con vistas a una cierta universalidad. Como es evidente que en la discusión esto no suele ocurrir, desarrolla además un ideal contrafáctico, o sea, no existente tal cual pero sí imaginable y anticipable, como es el de la comunidad ideal de diálogo, que puede regir y orientar el desarrollo de los debates racionales en nuestro mundo. Habría que discutir procurando acercarse al máximo posible a dicho ideal que operaría como un cierto norte.
La razón no daría para más y tratar de elaborar éticas materiales o proyectos de vida universalmente válidos se escapa de su campo y puede convertirse en intentos de generalizar falazmente lo que no es universal, en cuanto que lo universal es sólo lo que sigue un procedimiento válido universalmente. Así, los ideales de vida, los valores a priori, las éticas materiales y terapéuticas (como el estoicismo) han de ser excluidas de lo racional. El precio es una cierta desnudez en la razón, unas miras algo más cortas o más bajas pretensiones, pero se evitarían las imposiciones gratuitas o la generalización de lo no generalizable, de lo que sólo es algo particular, subjetivo y no argumentable. La razón se reduce a ser sólo un camino (procedimiento, método) para la verdad, a cuya obediencia se debe circunscribir cualquier persona racional. Así, con la discusión pública, el proyecto ilustrado se limpia de los prejuicios que arrastrara de partida y se evitaría que se colasen irracionalidades en el mismo.
Pero esto puede no satisfacer desde la perspectiva más subjetiva, desde ciertas inquietudes propias del existir concreto de los hombres que se resisten a ser eliminadas así como así de la búsqueda racional emprendida por ellos. Se trata de la esfera de los deseos y las aspiraciones más hondas, aquello que se vincula con la existencia del mal o la muerte y la necesidad de respuestas en estos ámbitos. Es cierto que Habermas critica el positivismo cuya razón instrumental intenta irrumpir en la esfera de la vida y dominarla, ahogando el mundo de la acción humana y la comunicación, pero su ideal de racionalidad continúa eliminando importantes aspectos de la existencia singular humana tal como los siente y vive el sujeto (el hombre de carne y hueso). En el fondo, Habermas prosigue el cartesianismo de la modernidad, sólo que tras haber escuchado algunas críticas y estar de vuelta. Pero el sujeto de la razón cartesiana ahora se ha convertido en un sujeto colectivo (la comunidad de diálogo) que analiza y filtra la realidad, objetivando el mundo, a pesar de su apuesta por una relativización parcial de la verdad. En esta objetivación del mundo en definitiva sigue habiendo un sacrificio en el que para la razón muchas cosas quedan por el camino, acusadas de ser propias de ámbitos mitológicos o teológicos, que Habermas pretende excluir. Habermas representa un polo del pensamiento contemporáneo que es el de la reflexión crítica capaz de distanciarse de lo que estudia y cuyo ideal es, precisamente, el análisis objetivante del mundo.
Pero si acudimos, en particular, al campo de la ética, se evidencia en especial que el proyecto habermasiano aparece descarnado y que para no incurrir en las aporías y el pesimismo de la primera Escuela de Francfort Habermas elimina de la filosofía y la reflexión ética justo lo que, como el propio Kant admitía, no hay más remedio que postular. Ésta es la crítica que algunos teólogos receptivos a la Ilustración le han hecho. Yo conozco sobre todo el caso de Metz que en su discusión sobre el tiempo recupera planteamientos benjaminianos, como el papel de la memoria passionis para la comprensión del hombre y la motivación ética. La ilustración habermasiana no es una propuesta que englobe las principales motivaciones para la ética, como son la confrontación con el mal, el sufrimiento y el sinsentido de la historia, ante los que él sólo puede encogerse de hombros y esperar que apunten a problemas resolubles aunque sea en un hipotético futuro de la razón dialógica-argumentativa. No implica la ética habermasiana la empatía ni arranca del dolor concreto de la víctima (que pueden abrirnos los ojos o motivar), sino que apela a un deber que, como el propio Kant reconocía, así sin más carecería de fundamento sólido. Quizás no pueda considerarse la receptividad emocional ante el sufrimiento de las víctimas parte de la razón estrictamente, pero sí colabora con ella y podría iniciar el movimiento en pro de la justicia. Se trata de que la empatía con las víctimas puede ser razonable, aunque no racional en el sentido kantiano. Pero sea lo que sea, nos hace falta y la filosofía podría incluirla como de hecho hicieron Adorno o Benjamin.

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