StatCounter







viernes, 16 de enero de 2009

Lamentaciones


Creo que puede considerarse gran parte del Antiguo Testamento como el reflejo de una confrontación con el mal y el dolor que éste produce, en todas sus facetas metafísica, física y moral. El judío exiliado en Egipto, Babilonia o la diáspora ha tenido que rehacer constantemente su visión de Dios, en medio de las frecuentes crisis que la victoria del mal producía en las imágenes que la literatura sagrada iba elaborando. Si uno lee con sensibilidad y atención la Biblia, halla que ésta es una búsqueda continua, en medio de las sucesivas impugnaciones que el triste y duro mundo iba haciendo del testimonio que el pueblo judío intentaba trazar sobre la divinidad única propia del monoteísmo (que a su vez también tuvo su largo y complejo proceso histórico de elaboración).

Llevo un tiempo embarcado en otra lectura que hasta ahora no había mencionado. Se trata de una Teología del Antiguo Testamento de un teólogo actual norteamericano llamado Brueggemann. La estructura de la obra es bastante original en relación con otras clásicas teologías del AT. Sigue la forma de un juicio a Yahvé en el que se suceden los testimonios a favor y en contra. En este voluminoso libro se capta precisamente esta característica específica de la Biblia: el ser búsqueda, búsqueda de un Dios cuya imagen trazada por los hombres es siempre evasiva y provisional, debiendo ser reelaborada una y otra vez a lo largo de la vida, en función de experiencias históricas de los sufrientes individuos singulares o, sobre todo, colectivas, en las cuales el protagonista es un pueblo judío que vaga y sufre.

Además de la búsqueda de una concepción de la divinidad (el ora oculto, ora presente Yahvé) en la Biblia se “piensa” a fondo el mal, a la manera judía y no a la griega. Es decir, la inquietud ante el sufrimiento, en cuanto impugnación de la idea de un Dios único, omnipotente y bueno, produjo la literatura sagrada que procuró expresar este trágico espanto. La respuesta humana al absurdo que supone un niño muerto (Dostoievsky) o una injusticia brutal ha sido un Jeremías que se lamenta, el siervo sufriente de Isaías, algunos salmos o el perturbador libro de Job. Cada vez que se produce ese dolor anónimo que es cruelmente borrado por los siglos e incluso por el propio lenguaje que intentara expresarlo, el esfuerzo contra corriente desarrollado por estos textos de profetas, salterio y figuras legendarias, la violencia y tensión del estilo y los relatos, cobra una permanente actualidad. Pocas veces en la literatura universal se ha expresado con tal certera fuerza poética la impotencia del hombre ante el mal, impotencia que se da incluso a la hora de expresar el dolor. Para el creyente está también la aportación bíblica de la esperanza, mucho más presente en el Nuevo Testamento, pero no olvidemos que el dolor no es suprimido por esta esperanza, pues lo que realmente ocurre es el sinsentido. Basta para comprender con evidencia este sangrante sino la muerte prematura de un neonato. Y, como decíamos en un post días atrás, en el fondo, lo peor del dolor es que acaba chocando contra el ejército de sordos que todos también constituimos. Todos sufrimos, desde luego, pero (vuelvo a la tristeza de nuestra humana condición), todos padecemos también esa sordera en cuanto imposibilidad para dar un cierto sentido, respuesta o consuelo al dolor del Otro.

jueves, 15 de enero de 2009

Ahora somos de cristal



Estoy leyendo Vigilar y castigar de Michel Foucault, un libro inquietante a todas luces. Al igual que otros autores anteriores, como en la tradición marxista por ejemplo, han estudiado el fenómeno del poder, ahora Foucault llega más lejos que ningún otro y concibe el poder como una microfísica. Es decir, el mundo social estaría entretejido de relaciones de dominio que impregnan cualquier actividad humana y que no se reducen a los poderes de tipo político fácilmente identificables con grandes colectivos y movimientos de masas. No existen sólo los grandes enfrentamientos de conjunto entre grupos humanos muy definidos, como las clases sociales, sino que el poder opera hoy muchas veces ambigua, profunda y finamente, en especial tras la evolución acaecida con la Modernidad. En los últimos trescientos años aproximadamente, los cambios en instituciones como la justicia que castiga, el ejército, los hospitales, la escuela, las órdenes religiosas, etc., han reflejado una peculiar evolución que ha seguido un mismo modelo: el poderoso se invisibiliza hasta desaparecer como sujeto identificable, y los sometidos son, al contrario, visibilizados al máximo en un entorno donde ya no quedan sombras.

Se trata la nuestra de una civilización cuyas dinámicas de poder han producido “individuos” que son separados, catalogados, diferenciados de la masa, hechos transparentes a la mirada del médico, del juez, del maestro, del oficial o del carcelero. Se trata de un ejercicio de normalización por el que el todo social se homogeneiza al mismo tiempo que los individuos se atomizan. La sociedad va adquiriendo un fuerte carácter jerárquico perfilada por un poder no ostentoso y diluido, al contrario que las viejas monarquías que producían actos de máxima ostentosidad, cuando se torturaba aparatosamente el cuerpo de los condenados en las plazas públicas en un espectáculo para impresionar. El soberano imprimía su sello, vengativamente, en el macerado cuerpo del criminal que le había ofendido con su delito. Pero tras los mencionados cambios históricos, el juego del poder ha ido haciéndose mucho más sutil, ya sin los grandes espectáculos y exhibiciones de antaño. Ahora la mirada del poder lo impregna todo, pero es una mirada y un peso coactivo que no se nota. Su efecto es la regulación permanente del cuerpo y los hábitos de los ciudadanos, y una especie de moralización por la que se castiga al sujeto que delinque, no al delito en sí. Metafóricamente podemos decir que se castigan las almas en vez de los cuerpos (en un continuo atentado a la dignidad de las personas). Es decir, sufrimos un poder que moraliza y que nos culpabiliza, continuamente vigilante y enjuiciador, que se cuela en una intimidad que es sacada a la luz para su mejor dominio. La vida se reglamenta y todos asumen la función de vigilantes y vigilados. Ahora el poder “educa”, “regula el tiempo”, procura la “eficiencia”, produce riqueza. Se trata de una sociedad de los standards y los rankings, que decide sobre lo normal y lo anormal, que mide, sopesa y cuantifica. Pero además, se caracteriza por una persistente culpabilización de lo “anormal”, de la persona que no cumple con los estándares impuestos bajo el ropaje de un discurso “científico”, analítico y objetivo.

Espero seguir leyendo y aprendiendo de Foucault, pero a primera vista, puedo constatar que me ha sorprendido agradablemente. Aparte de ciertas grandes cuestiones filosóficas de fondo que están ahí, en principio su libro parece un certero retrato de nuestro pantanoso mundo. No puedo evitar además traer las reflexiones del filósofo francés a un contexto que me es muy conocido, y adivinar el efecto y la práctica de dicho poder camaleónico y ubicuo, un poder cuyos instrumentos para asegurar la producción y la eficiencia son los mismos que nos desmenuzan, jerarquizan y culpabilizan. Un poder que es como un enjambre de ojos en la noche, de quirófano pulcro y aséptico y buen calculador, anónimo, invisible, omnipresente.

martes, 13 de enero de 2009

El olvido


El que sufre, sea en Auschwitz, Madrid (11M), Gaza o cualquier otro lugar donde se sacrifican víctimas inocentes tiene casi como lo peor de su sufrimiento precisamente la incomunicabilidad del mismo y la incomprensión que además suele darse. El denso agujero en el pecho, indescifrable para nosotros, que acaso sintió un reo sin nombre al ser conducido a la muerte en el paredón, en una triste guerra del pasado, como el peso de su cuerpo en la fosa común, su fragilidad y su noche, la pérdida de todo lo más sagrado, de su dignidad, de sus esperanzas y jóvenes ilusiones, el final de la confusión del amor y de la cálida escena cuyo eco perduró hasta el preciso momento de la muerte; todo eso fue negado cuando, como una brutal impugnación, tronaron los fusiles. Había razones para llorar porque todo se perdió entonces. Acaso el recurso a un recio estoicismo, o a la divinidad inalcanzable, mitigase un poco el dolor, pero nunca lo eliminó, ni debería eliminarlo. Aquel dolor se perdió, junto con el cuerpo y la vida de la víctima, con sus últimos estertores en el hondo vértigo de la agonía.

Después, si queda algo, son las palabras e imaginaciones de los vivos. Una urdimbre de generaciones que procuran narrar lo inenarrable. Decía Primo Levi que el horror era imposible de trasladar a palabras, y que cuando se relata, pierde su esencia, ese origen ciego y profundo de cementerio. Por eso, muchas víctimas supervivientes callan. Rehúsan contarlo. Porque en la palabra pudiera haber algo de violación o de sacrilegio, un intento irreverente de recordar olvidando. Y es ese olvido, el olvido que late en cada palabra, el que tal vez apene a la víctima. Un injusto y desconsiderado olvido.

En efecto, el espectáculo de la urdimbre de las palabras con que se viste la memoria suele ser desconsiderado. El martirio de los inocentes sin nombre se convierte en discusiones políticas, o justificaciones de unos y otros, argumentos, estrategia, propaganda… Al final, el manto de los años cubre el horror inicial, del que va quedando apenas un remedo, un reflejo de reflejos que se pierden en la nada…