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jueves, 12 de noviembre de 2009

Amor peligroso



Estoy leyendo el libro recién publicado del teólogo José María Castillo, titulado La humanización de Dios. Ensayo de cristología, ed. Trotta, 2009. Casualmente, acabo de descubrir también su blog personal, inaugurado en septiembre y que recomiendo encarecidamente. En el blog escribe con su estilo tan claro como riguroso, en torno a temas de actualidad y siempre desde una óptica de cristiano sabio, coherente y comprometido, avalado por toda una vida. Él es un ejemplo del tipo de cristianismo que podría salvar a la Iglesia de su actual proceso de sectarización. No gusta Castillo a la Iglesia más oficial que clama contra el aborto pero olvida clamar de la misma manera contundente contra la corrupción, la explotación laboral o las guerras por petróleo, todo lo cual mata y también hace muchísimo daño. Me refiero a la misma Iglesia que organiza actos para salvar la familia cristiana, pero que se encoge de hombros ante el drama de una crisis económica que obliga a los padres y madres de familia a humillarse ante los bancos, a deslomarse en una extenuante jornada laboral que les impide tener el tiempo para educar a los hijos, o a malvivir en una perpetua incertidumbre por la constante amenaza del paro. Yo no sé si esta Iglesia mediática y oficial, cuyo reino sí es de este mundo, siente realmente, como parece sentir el drama del aborto, el drama de la explotación laboral que atenta contra las condiciones mínimas para una vida humana digna. Parece ejercer una extraña caridad miope o selectiva. Faltan en esta Iglesia un profético cargar con la propia cruz, lo que dicho en otras palabras significa la adopción de una clara postura a favor del pobre con todas las peligrosas y molestas consecuencias que conlleva. Porque la pobreza no es una cuestión periférica en el cristianismo ni un complemento de la fe que se ejerce a golpe de limosnas, sino su núcleo. Como bien dice Castillo, no es tanto la ortodoxia o los ritos con los que se cumple y que ayudan a lavar la propia conciencia y autojustificarse, sino la ortopraxis lo que indica la autenticidad de la fe en Aquél que murió en la ignominia y predicó la necesidad de estar entre los últimos y olvidados. Se equivoca quien concede a los cargos de poder y jerarquías de este mundo la capacidad de transformar, ya que desde las alturas de los poderosos ni siquiera se está en condiciones de comprender verdaderamente la historia. La riqueza o el poder son limitadores en muchos sentidos y, además, se hacen en función de lo que se quita a los demás. El poder, por ejemplo, presupone la humillación e infantilización de los demás y el soberbio auto ensalzamiento.
Pero a estas razones, que acaso compartiría conmigo Castillo, se añade una verdad teológica, que este coherente cristiano señala expresamente en el título de su libro. Se trata de que para acceder a un Dios incognoscible y absolutamente trascendente, sólo tenemos la humilde vía del ejemplo materializado en Jesucristo, es decir, Dios se humanizó para que así los hombres accedamos a Él y tengamos una clave y orientación para lo divino. Pero cuidado, que de esto se deduce que lo divino se realiza en conjunción con lo humano, o sea, a Dios se lo encuentra en lo humano, lejos de los antiguos y peligrosos dualismos que separaban un ámbito sagrado (fanum) del ámbito humano, el cual que resultaba así infravalorado. Esto lleva a la llamativa idea de que Jesús habría apostado por el hombre en contra de la religión. No creo que esto deba interpretarse como un inmanentismo de Castillo o renuncia al dogma de la naturaleza divina de Jesús. En ningún momento lo hace ni él ni ninguno de los teólogos próximos a la corriente de la liberación que llevo leídos. Acaso sea Jon Sobrino, me parece, quien mejor lo fundamenta y contesta a esta repetida crítica que se les hace desde la ortodoxia y la teología más oficialista. En cualquier caso, creo que en la historia de la iglesia se ha rizado el rizo de manera que algo profundamente perturbador y subversivo como es el clarísimo mensaje evangélico, se convirtiera en una suerte de opiáceo para calmar conciencias mientras se continúa colaborando con el mal. Así, de hecho, comienza su libro Castillo, con la diferenciación entre dos formas de entender el cristianismo: la tranquilizadora y la perturbadora. Como Castillo, creo que puede argumentarse con buenas razones que la más auténtica es la segunda. En realidad, el cristianismo supone una mezcla de paz (la paz que puede dar la fe o la esperanza) y de perturbación (la perturbación que suele acarrear el amor incondicional a los demás). En gran medida el cristianismo intranquiliza y aporta una enorme tensión a la existencia humana y a la historia, frente a las espiritualidades más orientales y conciliadoras. Es este tipo de cristianismo peligroso de Castillo el que podría suponer una alternativa y dar respuesta a muchos de los problemas e interrogantes actuales, entre otros el del surgimiento de fundamentalismos imposibilitados para la verdadera aceptación del otro y el amor a los demás. Tras la caída del muro, tras el colapso, también, del neoliberalismo, y ante la amenaza de los fundamentalismos de todos los colores, el sencillo y profético mensaje de Jesús podría constituir una alternativa entre otras que quizás pueda haber, como la del humanismo ateo que también apuesta valientemente por el hombre. En cualquier caso, como dice Castillo, hoy hacen falta más que nunca verdaderos profetas.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El aventurero en su desdoblamiento


En la novela Asesinos S. L., Jack London elabora una ingeniosa trama en torno a una sociedad secreta de asesinos filantrópicos y librepensadores que aúnan la certera eficacia con que realizan sus crímenes con la más noble intencionalidad moral. Es decir, los asesinos se cuidan bien de escoger a quién matan, de manera que previamente hacen un exhaustivo estudio de la maldad del candidato a ser asesinado en cuestión y la ventaja que para la sociedad se derivaría de su eliminación. De hecho, los asesinados suelen ser egoístas empresarios, sindicalistas vendidos o políticos corruptos. El relato está lleno de ironía acerca de la racionalidad y la ética, a partir del hecho que tanto criticara Camus de que por las ideas pueda matarse, la contradicción ética que de ahí puede derivarse. Habría una contradicción esencial en todos los terrorismos, de los que, precisamente, la novela de London es una simpática metáfora. El escritor ironiza sobre el hecho de que pueda desembocarse en la más terrible ferocidad con la conciencia limpia, llevado por discursos pulidos y por altos ideales que se olvidan a menudo de la persona como máximo valor moral. Pero sobre todo, London también apunta a un tema que le obsesionaba y le tocaba de cerca. Creo, tras haber leído bastantes relatos del escritor norteamericano, que además de excelente narrador era una personalidad que escondía un trasfondo neurótico e incluso próximo a la locura. El blanco resplandor de la nieve en los desiertos helados de Alaska o el alto sol del Trópico acabaron deslumbrándolo y potenciando su confusión y desdoblamiento psíquico. Como gran dominador de la técnica narrativa y experto en sobrevivir en las circunstancias más duras, era un hombre racional que echaba mano de la inteligencia para salir del paso. Pero al mismo tiempo lo dominaba una honda ferocidad, una cierta corriente brutal y primaria cuyo choque con la racionalidad debió producirle terremotos y tormentas interiores, como manifiesta su conocida adicción al alcohol.
En Jack London se manifiesta, pues, el desequilibrio producto de la lucha entre el magma ardiente que pugna por salir como por un volcán y el afán de contenerlo. Es fácil vislumbrar esta lucha en todos sus relatos, y en este que comento cobra especial relevancia. Sobre todo el protagonista del mismo, un ilustrado racional, buen argumentador, de rígida moralidad y cultivador de la filosofía, lleno de buenas intenciones y utopías sociales, es al mismo tiempo el lobo indomable y solitario cuyas fauces espumean y muestran la espantosa ferocidad de sus colmillos al horrorizado aventurero. El ideal de London es, realmente, este ser desdoblado que aparece recurrentemente como un tópico de la literatura, como una metáfora del combate entre la razón domesticadora y la atávica ferocidad que nos constituye y que acaba prevaleciendo. Este ser, que es el hombre moderno de nuestra civilización, es simbolizado por el aventurero que pugna contra una naturaleza hostil y silenciosa en una suerte de vacío inhabitable e inhumano. En nuestro tiempo, la ética convertida en derecho y legalidad, la ética de la jaula de hierro de la burocracia, a duras penas oculta que sirve al cúmulo de fuerzas irracionales y feroces que han acabado configurando a nuestro mundo. La razón sería su máscara e instrumento.