domingo, 8 de noviembre de 2009

El aventurero en su desdoblamiento


En la novela Asesinos S. L., Jack London elabora una ingeniosa trama en torno a una sociedad secreta de asesinos filantrópicos y librepensadores que aúnan la certera eficacia con que realizan sus crímenes con la más noble intencionalidad moral. Es decir, los asesinos se cuidan bien de escoger a quién matan, de manera que previamente hacen un exhaustivo estudio de la maldad del candidato a ser asesinado en cuestión y la ventaja que para la sociedad se derivaría de su eliminación. De hecho, los asesinados suelen ser egoístas empresarios, sindicalistas vendidos o políticos corruptos. El relato está lleno de ironía acerca de la racionalidad y la ética, a partir del hecho que tanto criticara Camus de que por las ideas pueda matarse, la contradicción ética que de ahí puede derivarse. Habría una contradicción esencial en todos los terrorismos, de los que, precisamente, la novela de London es una simpática metáfora. El escritor ironiza sobre el hecho de que pueda desembocarse en la más terrible ferocidad con la conciencia limpia, llevado por discursos pulidos y por altos ideales que se olvidan a menudo de la persona como máximo valor moral. Pero sobre todo, London también apunta a un tema que le obsesionaba y le tocaba de cerca. Creo, tras haber leído bastantes relatos del escritor norteamericano, que además de excelente narrador era una personalidad que escondía un trasfondo neurótico e incluso próximo a la locura. El blanco resplandor de la nieve en los desiertos helados de Alaska o el alto sol del Trópico acabaron deslumbrándolo y potenciando su confusión y desdoblamiento psíquico. Como gran dominador de la técnica narrativa y experto en sobrevivir en las circunstancias más duras, era un hombre racional que echaba mano de la inteligencia para salir del paso. Pero al mismo tiempo lo dominaba una honda ferocidad, una cierta corriente brutal y primaria cuyo choque con la racionalidad debió producirle terremotos y tormentas interiores, como manifiesta su conocida adicción al alcohol.
En Jack London se manifiesta, pues, el desequilibrio producto de la lucha entre el magma ardiente que pugna por salir como por un volcán y el afán de contenerlo. Es fácil vislumbrar esta lucha en todos sus relatos, y en este que comento cobra especial relevancia. Sobre todo el protagonista del mismo, un ilustrado racional, buen argumentador, de rígida moralidad y cultivador de la filosofía, lleno de buenas intenciones y utopías sociales, es al mismo tiempo el lobo indomable y solitario cuyas fauces espumean y muestran la espantosa ferocidad de sus colmillos al horrorizado aventurero. El ideal de London es, realmente, este ser desdoblado que aparece recurrentemente como un tópico de la literatura, como una metáfora del combate entre la razón domesticadora y la atávica ferocidad que nos constituye y que acaba prevaleciendo. Este ser, que es el hombre moderno de nuestra civilización, es simbolizado por el aventurero que pugna contra una naturaleza hostil y silenciosa en una suerte de vacío inhabitable e inhumano. En nuestro tiempo, la ética convertida en derecho y legalidad, la ética de la jaula de hierro de la burocracia, a duras penas oculta que sirve al cúmulo de fuerzas irracionales y feroces que han acabado configurando a nuestro mundo. La razón sería su máscara e instrumento.