domingo, 17 de enero de 2010

Educación y poder I



¿Qué es el poder? Cuando uno aborda la respuesta a esta pregunta, suele imaginarse la concepción piramidal de las estructuras de poder, o sea, la tradicional versión que el pensador ubicado en la perspectiva propia de la modernidad encuentra en las sociedades. Así, la Ilustración y sus derivados más conocidos, como en cierta medida lo es el neomarxismo francfortiano,  desde una metafísica aún enraizada en la identidad tienden a ver centros irradiantes del poder (clases sociales, tiranías, intereses económicos, etc). Sin acabar de salirse de la modernidad del todo, en la medida en que participa de la geometrización del mundo paradigmática de ésta, el estructuralismo ya inicia la disolución de elementos típicos de la modernidad, como es el sujeto, y, por tanto, se dirige a nuevas concepciones estructurales (estructuras, sistemas) de las redes del poder. Foucault lanza su conocida expresión “microfísica del poder” que viene a concebir al poder como algo que se halla en todas partes, en cuanto que es un dominio y sometimiento (relaciones como fuerzas) generalizado en todos los puntos del sistema, y por tanto, también se halla a la base de la pirámide social. Las relaciones humanas serían, básicamente, relaciones de poder, señala Foucault en una derivación de la voluntad de poder nietzscheana. Así, el poder sería algo ubicuo, omnipresente, reticular y jamás vinculado a un centro o núcleo. Incluso, el sujeto sería una construcción por lo que no cabría entender, como los ilustrados, el poder como lo que se opone a la liberación de un sujeto. De hecho, el sujeto moderno es producto del poder y el saber específicos de la modernidad. Así, no tendríamos al clásico sujeto ilustrado que padece la opresión de un poder piramidal de la cual ha de liberarse con la ayuda de un modelo intelectual basado en la contraposición salud-patología (Escuela de Francfort).
Si la pedagogía sigue modelos ilustrados-modernos puede incurrir, alguien diría, en el tipo de totalitarismo que se ha atribuido a la modernidad por parte del pensamiento de la diferencia, por ejemplo. Así, resultaría un contrasentido hablar de educación liberadora propiamente moderna. El pensamiento de la diferencia postmoderno de hecho mantiene formas de liberación a partir de otra concepción débil de la razón y del sujeto (Vattimo). Hasta la fecha yo he seguido en mis clases sin embargo un modelo suavemente ilustrado de patología-salud centrado en el sujeto personal y en el sujeto social (la sociedad como un todo). Encuentro muy complicado elaborar una teoría de la educación que satisfaga la necesidad que veo a mi alrededor de denuncia y de, por otra parte, liberación. Claro que habría que echar mano de las formas que aun siendo modernas, participan de un pensamiento disolvente, como es el de la primera Escuela de Francfort. La razón actuaría dialéctica y negativamente, manteniendo una tensión entre lo dado y un modelo final (utopía, liberación) que se dice y no se dice al mismo tiempo. Aunque la corrección apel-habermasiana hay que tenerla muy presente, entiendo el pensamiento como algo más negativo que afirmativo o positivo, un pensamiento que sería como sombra de lo real o incluso antítesis. Así ha sido al menos hasta ahora en mi labor investigadora y docente, creo, que se ha desarrollado entre pares de opuestos como el mencionado modelo salud-patología, que en realidad son típicamente modernos frente a un pensamiento postmoderno de la diferencia.
A partir de ahí, la función negativa e impugnadora de una filosofía de la educación habría de consistir en una denuncia de las manifestaciones del poder. Habría de encontrar aspiraciones y contradicciones en campos de lo humano que se superponen, como lo consciente y lo inconsciente, o el arte y la ciencia, o el mito y la razón. Hay en todo ello una suerte de lucha de cosmovisiones y de paradigmas en los que lo que llamamos con reticencia “lo humano” va definiéndose precaria y provisionalmente. Sería acaso el establecimiento de un sujeto como principal punto de partida, pero un sujeto que se rehace de continuo y al que se le ofrece la doble posibilidad de una no vida (opresión) o una vida (liberación). La filosofía de la educación debe estudiar las dinámicas hacia uno u otro sentido en las distintas teorías y ciencias de la educación, así como paralelamente partir de análisis de la praxis, es decir, de lo que se hace, situándose al modo del terapeuta con el paciente en el psicoanálisis, atendiendo a lo que sólo puede mostrarse de manera siempre oblicua, como los sueños. Asumo por tanto una corrección de la más ingenua modernidad, pero, si atiendo a mi gran preocupación por el poder y el totalitarismo, hallo dificultad en, aun contradiciéndome según la crítica más postmoderna, abandonar el modelo del sujeto que obra costosamente su propia liberación. Sobra decir, que todo esto es lo que en la pedagogía llevó a cabo el brasileño Paulo Freire, en un juego entre modernidad y postmodernidad que finalmente resulta a favor de la primera, aunque con matices. En cualquier caso, la apuesta por una razón liberadora a la ilustrada resulta hoy problemática y ha de hacerse ya sin la ingenuidad del candoroso siglo XVIII. Como queda claro, todo esto remite a una de las principales discusiones de la filosofía actual (modernidad-postmodernidad) que queda pendiente abordar en próximos posts.


En definitiva, por ahora puede hablarse de una educación como liberación de lo que permanece como posibilidad (no potencialidad) en cuanto que requiere unas condiciones sociales, económicas e históricas determinadas. Me refiero a la relacionalidad personal humana, a la capacidad del hombre para dejarse descomponer por el Otro y en esa descomposición hacerse como sujeto libre. El Otro sería la disolvente impugnación de la que, paradójicamente, renacería el sujeto más persona. Sería un pensamiento de la identidad del sujeto pero débil y procesual, hecho en la relación con los demás y que evoca los planteamientos de Levinas. En este pensamiento que aúna primera Escuela de Francfort con Levinas se podría apoyar una pedagogía liberadora. El poder sería, en este contexto, lo que se opone a la emergencia del sujeto sano, bien sea desde un centro elevado y externo o en sus propias entrañas. Así, más adelante hablaremos de la educación opresora o bancaria, por emplear el término freireano, como aquélla en la que se realiza no tanto la relacionalidad básica humana (Levinas) sino el poder como asfixia e impedimento de la misma.   

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