miércoles, 20 de enero de 2010

¿El sueño de la razón produce monstruos?



Uno de los puntos álgidos de la discusión filosófica actual es la confrontación de la reilustración apel-habermasiana con el “pensamiento de la diferencia” francés (Lyotard, Deleuze, Derrida), el “pensamiento débil” italiano (Vattimo) y el neopragmatismo norteamericano (Rorty). Me refiero al debate entre la modernidad y la denominada “postmodernidad”, ante el cual hoy día cualquier filósofo se ve obligado a definirse. Es un debate que, como es obvio, en la medida en que implica el estatuto del Logos universalista ilustrado y de la razón, implica también a campos como la ética o la pedagogía. Hay también otro debate que se entrecruza con éste: el de la filosofía continental (europea) y la filosofía analítica (anglosajona), pero en mi labor profesional me ocupa más el primero.
El pensamiento postmoderno acusa al pensamiento reilustrado de continuar la tradición de un Logos universal, con el que los postmodernos intentan romper en la medida en que pertenecería a una tradición intelectual cuestionable y que, sobre todo, provoca una serie de consecuencias negativas para la aceptación de la diferencia. El Logos de la reilustración alemana es visto como parte de esa historia de la cuestionada Metafísica de la Presencia y el pensamiento de la identidad. Habría, según estas críticas, en los reilustrados alemanes una apuesta por un tipo de razón que se relacionaría con un universalismo al que se considera peligroso en cuanto que actúa eliminando la diferencia y la pluralidad. Esto ocurre porque, para el pensamiento postmoderno, el empeño del logos ilustrado es fagocitar lo Otro de manera que en su asimilación por el logos lo Otro deja en realidad de ser Otro. Al hacer la razón ilustrada presente lo im-presente o nombrar lo no nombrable, se traiciona lo diferente transparentándolo, de manera que pierde su lejana y sugerente opacidad y exotismo.
La defensa de Apel y Habermas consiste en señalar que lo Otro de la razón ya no puede equipararse a ésta y nos obligaría a asumir formas de extravagante misticismo. Por eso, el Logos no puede rebasarse, sino, en todo caso, revisarse y profundizarse. Hay que mantener el Logos ilustrado como fundamento para una ética si asumimos que se ha de llegar a principios morales universales e incondicionados, porque desde lo otro del Logos no se puede realizar esta fundamentación necesaria para establecer normas. Los reilustrados no se consideran, además, metafísicos, sino postmetafísicos, ya que el Logos es ubicado en lo intramundano (consenso argumentativo) y no en la estratosfera ultramundana. Se apuesta por una racionalidad procedimental que no implica un contenido material y, por tanto, no es pensamiento identitario que busca un Uno metafísico reflejado en proyectos concretos de vida (éticas materiales). No es un Logos idealista ni racionalista en el sentido más fuerte. Hay una idea regulativa pero irrealizable (comunidad ideal de diálogo o situación ideal de diálogo) por lo que no es tampoco metafísica. Sí hay en cambio una inclusión de lo diferente como parte en la comunidad de diálogo mientras que la postmodernidad corre el riesgo de incurrir en un peligroso relativismo por el que cabría la entrada de opciones negadoras, paradójicamente, del respeto, el diálogo y la diferencia.
El pensamiento de la diferencia se defiende de estas acusaciones matizando que la diferencia a la que se refiere no es lo Otro del Logos sino que está ya en él como elemento constituyente del mismo. El pensamiento tiene luces y sombras y lo que señalan los autores de esta corriente es que hay un desgarramiento interno en el Logos y que lo identitario es una concepción errónea del mismo. Hay una rectificación acerca de cómo opera la razón, señalando que ésta labora con lo decible y con lo in-decible al mismo tiempo, como por ejemplo muestra el paradigma del Logos como escritura en Derrida.
Pero difícilmente escapa el pensamiento de la diferencia a la conocida acusación apeliana de que incurre en una autocontradicción performativa, en la medida en que afirma tácitamente lo que intenta negar. Es decir, al elaborar un discurso y unas afirmaciones con pretensiones de universalidad, el pensamiento postmoderno ya está apostando necesariamente por una universalidad del Logos, el logos del que se sirve para explicarse y establecer enunciados. Como señala el profesor Luis Sáez, “Ha de hacer comprensible la posibilidad de un desguazamiento de la identidad, o de la idea de Logos, desde el ineludible lenguaje de la identidad y desde los requerimientos inexcusables del habla racional. Ha de hacer permisible la paradoja de que ha de ‘nombrar lo innombrable’, (…)” (Sáez, 2001, 465). Pero hemos de decir que este mismo problema, como también indica con gran acierto el profesor Sáez, lo tenemos en cuanto escapamos de una concepción fuerte y afirmativa de la razón y apelamos a formas de anticipación contrafáctica o razón esperanzada. Lo tiene en especial, creo, la primera generación de los francfortianos con su racionalidad de tipo negativo que se apoya en una utopía como esperanza innombrable pero que debe no obstante anticipar. Es decir, el problema que también se le presenta, curiosamente, a la Primera Escuela de Francfort e incluso a la reilustración alemana es el de cómo llegar a lo incondicionado desde lo condicionado del momento actual.     

Sobre toda esta problemática, resulta excelente y esclarecedor el libro de Luis Sáez: Sáez, L. Movimientos filosóficos actuales, Madrid, Trotta, 2001.

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