miércoles, 13 de enero de 2010

La pedagogía según Levinas


El pensamiento de Emmanuel Levinas es un ejemplo del pensamiento de la diferencia que en la filosofía actual ha cuestionado la posibilidad de una identidad en el sujeto abordable conceptualmente. Para él, previamente a toda logificación hay una relación básica con el Otro que plantea un desafío y una disolución de los cimientos que constituyen la identidad definida del sujeto. El otro tiene importancia como apertura por la que el infinito se cuela en la totalidad rompiendo su mismidad. Habría un desfondamiento del sujeto producido por la relación con el Otro, el cual habla de un infinito que se prolonga como horizonte hasta la divinidad. Este Otro revelador que conmueve los cimientos del sujeto no es un otro conceptualizado, sino un otro que irrumpe a la manera de rostro. El rostro, el ser rostro, desborda todo concepto o logos que lo intente definir. El Otro como lo absolutamente extraño que nos abre posibilidades y mundos desconocidos. Este Otro nos capta haciéndonos su rehén por la responsabilidad que requiere y demanda. Es esta demanda el núcleo de la ética levinasiana, que puede definirse como una ética desde la asimetría descrita por la que en la relación con el Otro, éste, en la manera expresada, nos impone su ley. El desfondamiento del sujeto no procede, por tanto, de un ser heideggeriano o de un mundo de la vida como indica la hermenéutica, sino que tiene antes que ver con la relación básica y asimétrica que establecemos con los demás, siempre que no esté presidida por las pretensiones y proyecciones del sujeto. Es aquí donde se revela la profundidad que Levinas denomina “infinito”, como un abismo surgido al quebrarse la tierra. Todo esto puede hacer creer que lo religioso cumple un papel determinante en la filosofía de Levinas, pero éste insistió en separar filosofía de religión, de manera que lo que la primera puede permanecer en un ámbito de sugerencia que no pretende ser expresión ya propiamente religiosa. Aunque es evidente que este proceso explicado de una manera persuasiva y poética por Levinas, a partir de su inicial vínculo con el existencialismo, procede en gran parte del judaísmo.
Creo que hay un acierto en estas visiones acerca de un tipo de relacionalidad básica y constitutiva de lo específicamente humano que puede ayudar a entender, en lo que respecta a mi profesión, lo educativo. Lo educativo, como tan certeramente señalara Freire, realiza esta relacionalidad que hace al sujeto (educando) ser más él, más sujeto, pero, paradójicamente, desfondándose en esta desafiante apertura al infinito a la que se refiere Levinas y que produce la perturbadora irrupción del “otro” (educador) en el “mismo”. Esto da pie a una concepción de la educación e incluso a “metodologías” concretas, entendidas como formas de realización de esta relación enriquecedora con el Otro. Se trataría de un estilo de educación que parte de la receptividad y la escucha activa dirigida al educando, en un intercambio imprevisible e improvisado de mutuo enriquecimiento y profundización. En realidad esto es la clave, creo, de cualquier “enseñanza”, también la universitaria, y la razón por la que difícilmente, como he mencionado a menudo en post anteriores, puede conceptualizarse y medirse cuantitativamente la calidad de nuestro trabajo docente. Es algo, por emplear el vocabulario académico, cualitativo, antes que cuantitativo, es decir, imposible de captar mediante un pensamiento enraizado en la Metafísica de la Presencia, como sería, entre otros hijos de la modernidad, el positivismo. Creo que la metáfora mejor para lo educativo podría ser el baile y la danza (impresionante también, por cierto, la intuición de A. S. Neill al respecto), acaso la capoeira brasileña que es diálogo, amabilidad cordial y abrazo que en su propia realización sugiere y apunta a un algo más desbordante (la rueda, creo que se llama a un ejercicio de la capoeira que representa el abrazo al universo o el abrazo del universo). En toda buena educación “lo mismo” es desafiado e impulsado por el rostro ajeno del “otro”. Así, aunque haya unos roles específicos en el ámbito escolar (maestro y alumnos), en la relación que llevan a cabo ambos son todos educadores y educandos al mismo tiempo, imprescindibles los unos para los otros como los ejecutantes de un baile.