viernes, 8 de enero de 2010

La pedagogía según Albert Camus



Recientemente he publicado un artículo cuya referencia es: Santos, M. (2009) “La educación como perseverante tarea ética: del absurdo al encuentro con el ‘otro’”, en Estudios Filosóficos. Revista de investigación y crítica, vol. 58, nº 169, pp. 501-522. En él abordo el trasfondo trágico que tiene toda respuesta que pretenda afrontar el sufrimiento y la contingencia humana desde la inmanencia de una razón sin posibilidad de apelar a postulados trascendentes a la misma. A abordar el sufrimiento humano dentro de los límites de la razón le ocurre como a la kantiana religión dentro de los límites de la razón, es decir, que puede resultar insuficiente. El sentido y las respuestas que el existir humano concreto demanda no pueden desarrollarse desde el Logos ilustrado. La existencia humana desnuda es siempre indigente y precaria. Además, reaparece el viejo problema de la teodicea, pues la consistencia y densidad del mal resulta indisoluble para la razón. A la razón ilustrada, aun en el programa habermasiano que trata de salvarla, siempre le resta un plus que no alcanza y que intenta ser abordado por la teología o por una filosofía que fuera capaz de recoger el papel de impugnación, aviso y negatividad presentes en la teología (Benjamin). Pero si permanecemos estrictamente en la austera filosofía, ocurre que lo teológico no puede sino ser una mera aspiración o anhelo y en cualquier caso el problema de las víctimas que nos precedieron permanecería irresoluble (Horkheimer). Albert Camus, y de él parto en el artículo, en su existencialista preocupación por la existencia singular y por tanto desde la centralidad que la indigencia del hombre de carne y hueso ocupa en su pensamiento, elabora y expresa esta problemática. Y si el problema lo es para justificar una existencia humana dolorosamente sin sentido (aunque revalorizada precisamente por la ausencia de justificaciones trascendentes), aún más lo tenemos para justificar una ética cuyas implicaciones llegarían hasta el riesgo y el sacrificio de un Dr. Rieux en la novela La peste. En realidad, la ética del último Camus es una ética compasiva por la que el individuo comparte y hace suyo el sufrimiento ajeno, respondiendo al mismo con el combate por el bien. Se trata de una suerte de resolución parcial y en la praxis del problema del mal. Porque el combate contra el mismo requiere de un heroísmo trágico, en el sentido de que se sabe siempre derrotado, superado por un destino insuperable que acaba imponiéndonos su ley. Este destino es el marcado por el carácter limitado y moribundo de la existencia humana.
En realidad, todo esto no sería más que el planteamiento previo al principal asunto estudiado en mi artículo: la justificación de la educación. Si somos indigentes, finitos y sujetos a un destino trágico de sinsentido y sufrimiento, ¿para qué educar? Las respuestas que describo son, en resumidas cuentas y siguiendo planteamientos camusianos, tres:
1)      Imposibilidad y sinsentido de la tarea de educar, lo cual conduciría a las distintas formas de muerte de lo educativo: la rutinización, el conservadurismo reproduccionista, la mercantilización capitalista. Son maneras de educar sin creer en lo que se hace, y por tanto, de no-educación, o de acciones educativas que resultan colateralmente negadas. Son modelos pedagógicos cuya finalidad no es realmente la persona, sino al contrario, contribuyen a una instrumentalización de la misma en función de otros fines (por ejemplo, el mercado). Esto corresponde con el nihilismo tal como lo define, entiende y critica Camus en su ensayo El hombre rebelde.
2)      Una extrapolación del vitalismo individualista nietzscheano del primer Camus, el de El mito de Sísifo y El extranjero, al ámbito educativo. Se trata de una educación absurda en cuanto carente de fundamentos, justificada por sí misma, inmanentista y vitalista. Lo educativo sería lo enfocado hacia la gozosa existencia individual humana, en cuanto que es afirmada como inmanente y ajena a cualquier fundamento o trascendencia.
3)      El modelo de la ética descubierta y ejecutada por el Dr. Rieux en La peste, es decir, una educación como desarrollo del aspecto comunitario y relacional, en la que precisamente todo fin y todo sentido, también inmanentes, son ahora el acompañar y el compadecer, sin que esto aluda tampoco a ningún ámbito trascendente. Aquí se hallaría la manera de resolver precariamente el sinsentido y sufrimiento de la existencia mediante el amor, de un modo semejante al propuesto también (aunque no lo digo en el artículo) por Erich Fromm. Sería la luz y compañía del otro que también padece la que iluminaría la existencia del sufriente sujeto concreto. Es este acompañarse que puede dotarnos de sentido existencial el que requiere, al mismo tiempo, el heroísmo trágico que decíamos antes. Así, la educación sería el ejercicio y realización de esta salvadora relacionalidad humana que, sin embargo, no nos libraría (de ahí lo trágico) de nuestra precaria indigencia. 

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