viernes, 15 de enero de 2010

La versión cómoda del cristianismo



Las desafortunadas declaraciones del obispo Munilla acerca del terremoto de Haití vuelven a traernos a colación la necesidad de reflexionar seria y profundamente acerca del cristianismo. Creo que hay que tener claro que el hombre tiñe con sus valores todo lo que toca, incluida su idea de Dios y de la religión (la relación con Dios). En lo que hacemos y somos hay un sustrato ideológico, de valores, creencias y prejuicios que se relaciona con una praxis (económica, política) concreta. Resulta por ello indispensable, y ésta es la enseñanza de una sana Ilustración, el ejercicio de un pensamiento capaz de tomar cierta distancia crítica en la medida de lo posible. Pero al margen de las discusiones filosóficas acerca de si esto es posible, me limitaré a aconsejar, y que cada cual lo tome como quiera, que a la hora de enfocar la propia fe, el ateísmo o el agnosticismo, se emplee la razón. Sería bueno hacer esto para al menos, en beneficio de la propia fe, limpiarla en un proceso constante de humilde indagación, de todo lo que no es sino proyección humana ideológica. Ayer me dediqué a visitar en facebook perfiles de creyentes católicos que me asustaron: un cristianismo muy agresivo, lleno de símbolos militares y nacionalistas, que ensalza el orden por encima del cualquier cosa (pero qué orden, podríamos preguntar, ¿o es que sólo hay un orden?). Hay que evitar confundir el cristianismo con estas concepciones respetables pero impregnadas de elemento ideológico, en este caso, de derechas. Para esto está la razón valiente y sin censura. Sin embargo, a veces sólo se ve lo político en movimientos cristianos más a la izquierda. Mal, porque resulta que aunque es verdad que lo de Monseñor Romero es política, también lo es lo de Rouco Varela. Se trata de reconocer el elemento ideológico que tiñe nuestra creencia. Y ayer me asusté de ver cristianos convencidos de serlo hasta el martirio pero salvajemente intolerantes y amantes de un orden concreto, un orden bien anclado en la Tierra. Esto es, insisto, politizar el cristianismo aun inconscientemente, desde nuestros intereses particulares y a nuestro beneficio egoísta.
El elemento ideológico del cristianismo que representa el obispo Munilla es para mí evidente. (Ojo, que no entro en si se relaciona o no con la más extrema derecha), Piénsese en su concepción de lo espiritual de lo que según él tanto carecemos, ¿De qué espiritualidad está hablando, que tan crucial es para él hasta el punto de ser más grave su pérdida que los muertos de Haití? Pues bien, con el cristianismo cómodo hemos topado, amigo Sancho. Se trata de ese cristianismo que dice defender la familia, en su concepción tradicional, mediante la prohibición del divorcio, la castidad prematrimonial y la erradicación de aborto y anticonceptivos. Pero olvida defender ese mismo modelo de familia tan querido por Dios, al parecer, con la excomunión de quienes robando, practicando la usura, explotando laboralmente y engañando de mil maneras impiden que las familias cristianas puedan garantizar techo, alimento, salud y escuela para sus numerosos hijos. Pero claro, esto implicaría enfrentarse a los grandes poderosos y poderes de este mundo: banca, multinacionales, etc. Habría que estar dispuesto a no recibir prebendas y a quitarse la sotana para hacer, acaso, como el obispo Pedro Casaldáliga o San Romero de América, es decir, jugársela, perder los privilegios, estar con los últimos y con los débiles. Y por eso, desde las alturas donde está, el obispo Munilla carece de la capacidad de conectar empáticamente con el dolor de los haitianos y de preferir la espiritualidad de los rezos y las limosnas a la espiritualidad que desde el hondo hermanamiento con el prójimo procura aliviar sus sufrimientos aun a costa de perder los propios privilegios. Porque como decía Castillo en su blog, un terremoto como el de Haití sucede muy a menudo en Japón o California y apenas muere gente. Luego además del mal irremediable que conlleva la existencia (que  creo que la teología debe también abordar, si es posible), está el mal originado por los hombres, es decir, el mal moral, el mal que hace daño al prójimo, sí, al prójimo, o sea, a quien si le hacemos mal se lo estamos haciendo también al mismísimo Jesucristo, como Él dijo. Hasta la fecha no me he atrevido a hacer comentarios o interpretaciones de los Evangelios. No soy teólogo ni creo tener formación para ello. Por eso, me ha parecido siempre un atrevimiento por mi parte el hacerlo. Pero hoy no me callo. Tengo que decir lo que hasta un niño sabe, que el mensaje constante y clarísimo de Jesús es que hay que estar con los débiles y con los últimos. Hay en los Evangelios una contundente crítica al dinero, al poder y, como dice Castillo, a los ritos vacíos de la religión. Esto es evidentísimo y no me explico como hay quien considerándose cristiano no es capaz de verlo. Aún más, incluso habiendo estudiado teología y alcanzar las alturas episcopales, persiste en aquello que tanto criticaron los profetas del Antiguo Testamento: anteponer el rito de la religión a los hombres. Y eso es lo que parece tener en mente el obispo Munilla hasta el punto de decir lo que ha dicho. Su cristianismo es, tal como revela su propio discurso, un cristianismo cómodo, parcial y… anticristiano. Cualquier lectura de los evangelios sin prejuicios e intereses inconfesables, implica un compromiso peligroso e incómodo con los excluidos. Sólo me explico la ceguera de la interpretación que hace el cristianismo representado por Munilla debido a elementos ideológicos y a intereses terrenales. ES MUY DIFÍCIL Y PELIGROSO CARGAR CON LA PROPIA CRUZ Y SEGUIR A JESÚS. Pero eso es lo que hay. Él lo dijo y eso es el cristianismo. Lo cómodo es espiritualizar este mandato y esta cruz de manera que todo se resuelva en la privacidad de rezos y ritos religiosos meramente. En realidad, lo que hace falta es, sobre todo, y ése es uno de los mayores principios evangélicos, ser buenas personas, honradas e inmunes al afán de poder o la riqueza, personas que no hagan daño a las demás bajo ninguna excusa. Incluso puedo apuntar que da igual que alguien se posicione como ateo, agnóstico o creyente. ¡Qué más da! Lo que hay que ser es, insisto, buena persona. Precisamente, le doy la razón al obispo Munilla en que resultan gravísimos la pobreza espiritual y el materialismo que padecemos, pero matizaría que dicha pobreza espiritual y materialismo son aquéllos que nos llevan a preferir los rezos, retiros, sacrificios y limosnas al amor desinteresado e incómodo a los pobres y desvalidos seres humanos. 

Muy recomendable, al respecto, sobre el cristianismo cómodo y a la carta: Pinchar