viernes, 12 de febrero de 2010

Ante el nihilismo

El nihilismo en sus distintas vertientes nos conduce a un desfondamiento de la realidad en el sentido de que todo pierde sus fundamentos metafísicos, desde los valores a la propia ciencia. Se da, en consecuencia, una concepción relativista en lo moral que conecta con muchos de los actuales planteamientos postmodernos. Los valores pierden su objetividad y su antigua fuerza que los vinculaba a una verdad que, también, deja de serlo en un sentido fuerte y universalista. El mundo y las distintas teorías que lo explican, desde la religión a la ciencia, parecen disolverse y sólo queda la alternativa nietzscheana del presentismo, es decir, el único valor que permanece precisamente a causa del derribo nihilista, el valor del instante. Así, Nietzsche nos remite a una concentración del tiempo, con su teoría del eterno retorno, en el presente plano, el instante en cuya máxima concentración el individuo puede afrontar la vida con lo que tiene de doloroso y sin negar este aspecto tenebroso. El brillo de un momento de plenitud, que reluce por sí mismo y sin más apoyo que sí mismo, es la manera de vivir sin engañarse del superhombre, una vez se ha perdido todo lo que se superponía al mero presente, a lo que lo trascendía al tiempo que lo ocultaba. El mediodía del superhombre es, por tanto, la máxima expresión del valor del instante en el cual todos los demás valores son desvelados en la nada que los constituye y desaparecen como referencias para el individuo. Así, puede vivirse en el sinsentido y en la des-orientación, sin más norte ni falsas profundidades cuya antigua existencia, anterior a la muerte de Dios, Nietzsche atribuye al nihilismo pasivo o reactivo, que ante la nada tienen la necesidad de refugiarse en la verdad, pero este refugio es otra forma de la nada que impone una penitencia, la de la autonegación, el ascetismo y el rechazo de la vida. Así, tras el fenómeno de la religión, habría un miedo a coger el toro por los cuernos, o sea, a aceptar la finitud como condición dolorosa pero al mismo tiempo posibilidad para que el individuo se realice con su creación poética de valores ya sin más fundamento que la valiente voluntad de poder. Así, la ética se convierte, en la alternativa nietscheana, en estética, haciendo de la propia vida una obra de arte.

Nietzche en el fondo puede considerarse como un ilustrado que lleva a sus últimas consecuencias la negatividad de la razón crítica propia del siglo XVIII y la modernidad, aplicando su método genealógico por el que lo otrora fuerte y absoluto acaba disolviéndose y perdiendo su vieja fuerza fantasmagórica. Es la Ilustración cuya potencia disolvente acaba volviéndose contra sí misma. Entonces, lo único que queda al superhombre, es decir, al hombre que se sitúa más allá del bien y del mal, es, como hemos comentado, el instante presente. Éste es el asidero de un individuo corporalmente sano, reconciliado con la vida y la finitud, que acaba siendo un continuo retorno a sí mismo, por lo que el superhombre ya no es más ni quiere ser más que él mismo, pero el él mismo en cuanto que no hay adónde salir. Así, en el fondo, estamos ante una versión del típico subjetivismo moderno que acaba desembocando en otra forma (a-moral) de solipsismo.

De Nietzsche, creo, podemos aprender a limpiar nuestra moral o religiosidad de resentimiento contra la vida y a entendernos como seres finitos que deben contar con la finitud para realizarse aquí y ahora. Aunque siguiendo la senda de Nietzsche podemos desembocar en el solipsismo egoísta que he mencionado. Pienso que esto sí es rectificable en el pensador alemán y para ello podemos acudir a las reflexiones en torno al tiempo y a la peligrosa memoria de Walter Benjamin, Adorno y un teólogo: J. B. Metz. Ellos conciben el tiempo como algo distinto del mero presente exultante y cerrado en sí mismo, es decir, toman la memoria de los sufrimientos de las víctimas, en el pasado, para introducirlas en un presente en el que, al mismo tiempo que recuerda, se le abre un sugerente horizonte, borroso, hacia el futuro. Esto es un planteamiento, no lo niego, que roza lo teológico. De hecho, es lo que implica un libro como el Apocalipsis, es decir, la densidad del instante presente en la que se introduce y habita el pasado de horrores con la perspectiva utópica de un futuro tiempo mesiánico. Creo que esta concepción, por muy teológica que sea, está más en consonancia con lo que puede enriquecer la vida humana, en mayor grado que el presentismo plano del instante de Zaratustra. De hecho, el hombre vive en la tensión y se desarrolla como animal de esperanza, en un constante esfuerzo de salir de sí y de superarse que obliga a contar constantemente con el futuro. Así, en el instante apocalíptico, que podemos llamarlo, está todo el pasado y todo el futuro, arropados de finitud e inmanencia, pero están ahí. Porque tras Nietzsche hay que aprender, dándole la razón, que la vieja metafísica fuerte ya no vale para la existencia humana, y que en nuestra contingencia desnuda y en la humilde inmanencia es donde nos tenemos que desenvolver, más allá de las fantasías ultraterrenas que nos forjábamos. Pero esto no tiene que significar un descarte definitivo de la religión o de la ética (en el plano laico), sino al contrario, la máxima concentración en la ética y en el valor de la com-pasión. Sería ahora, tras Nietzsche, la existencia humana un transitar finito y contingente, pero volcado en la llamada regla de oro de la moral (“no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”) que puede aportar mayor riqueza a la vida que el exultante presente e instante del solipsismo nietzscheano de Zaratustra. Así el individualismo daría paso como forma de vida a una existencia volcada en la intersubjetividad y en un planteamiento, para el mundo ateo y laico, que podríamos tomar de Lévinas y la filosofía personalista-dialógica. Porque, como destaca Bloch, (filósofo marxista y ateo, no lo olvidemos), el hombre es ser de futuro y se mueve a fuerza de ir hacia el horizonte,de una trascendencia inmanente (Bloch).

            En el plano de la religión, para quien elija la fe religiosa, y en el caso particular del cristianismo, todo esto se traduciría en una religión basada esencialmente en el seguimiento de Jesús, y por tanto, en la praxis, a la que la vieja ortodoxia y el dogmatismo metafísico fundamentador ceden su lugar. La alternativa, tras Nietzsche, sería, pues, la conducta inspirada en Jesús cuya trayectoria narrada en los evangelios sinópticos viene a mostrar la mejora de la existencia humana que significa afrontar el sufrimiento combatiéndolo y desde la identificación empática con el último y con el débil. Viene a mostrar, ya que, con Wittgenstein, hemos de admitir que en las cuestiones éticas sólo cuenta el ejemplo y el mostrar silencioso.    

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