viernes, 5 de febrero de 2010

Como dioses que danzan.

Para filosofar hoy día es necesario pasar por Nietzsche y dejarse, en algunos casos, interpelar y dinamitar por él. En su filosofía está ya candente el que creo que es el principal problema de la filosofía actual: la crisis y el cuestionamiento de la modernidad. No hay prácticamente filósofo en el siglo XX y en la actualidad que no haya desarrollado gran parte de su pensamiento en discusión con el alemán. Nihilismo, postmodernidad, pensamiento de la diferencia o de lo fragmentario, existencialismo, remiten a él. Hay, por ejemplo, un evidente trasfondo nietzscheano en Minima Moralia de Adorno, libro que adoro, y en toda filosofía que se plantee en un sentido erosivo, roedor de cimientos. En Nietzsche pueden distinguirse, en realidad, un aspecto disolvente en cuanto que se yergue como furioso antimetafísico, pero hay también una cierta positividad, que criticara Heidegger, de raigambre moderna y metafísica, cuando erige al valorar del sujeto y a los valores como instrumentos del definirse. Aunque para él los valores ya no son absolutos y, por eso, su propuesta va más allá del bien y del mal. Bien y mal son conceptos absolutos, metafísicos, esencias que juzgan y definen la realidad globalmente. Para el alemán, ya no habrá valores objetivos (asociados a la verdad), pues ya no hay verdad más allá de lo aparente. La verdad en términos de la vieja metafísica supone una supuesta capacidad de ahondar, de adentrarse en las entrañas de lo real, en los cimientos, en el ser. El presupuesto de la vieja metafísica es un desdoblamiento del mundo, el clásico dualismo platónico de un mundo de apariencias y un mundo de esencias verdaderas.
El mundo de las apariencias, que es para Nietzsche el mundo sin más, es decir, todo, en la concepción platónica (y cristiana) se devalúa y se somete a las esencias, al trasmundo verdadero. Nietzsche encuentra aquí un movimiento de fuga de quienes no soportan la contingencia, y que en lo que llamará nihilismo pasivo, proceden a una destrucción metafísica del mundo. En realidad, tras la verdad y la metafísica hay un valorar que ha dado la vuelta al instinto, de manera que ha alzado jerárquicamente el no a la vida y combatido el sí a la vida.
El dolor del mundo y la finitud no son eludidos por Nietzsche sino que al contrario, son aceptados. Hay que proceder a un nuevo valorar que parte de esta aceptación de la vida y que se aproxime a ella. Frente a la pretensión de románticos como Schopenhauer o el músico Wagner, el hombre no puede aspirar al conocimiento de un fundamento (la voluntad, en términos de Schopenhauer), sino que ha de seguir la corriente de la apariencia, que es la corriente de la vida, una vida de la que ya no se espera otra cosa y que es tal cual aparece. Por eso, Nietzsche sólo aceptará, en palabras de su Zaratustra, un dios que sepa danzar. Es decir, la sabiduría consiste en acoplarse al flujo vital del mundo tal como se aparece, sin escindirlo entre lo profundo y lo superficial.
El artista debe crear formas en un juego continuo en el que éstas surgen y desaparecen, del mismo modo que sucede la vida. Así, si en un principio el joven Nietzsche creyó en la posibilidad de una música o un arte capaz de imitar o conectar con las interioridades de lo real, más tarde se retractó y entendió lo inútil y peligroso de este papel metafísico dado al arte por los románticos. Así, preferirá, irónicamente, la música de ritmos fáciles y regulares de Bizet a la pretenciosidad de la ópera wagneriana. El error está en hacer un arte con pretensiones, que refleja una decadencia del espíritu, una apuesta por la fuga mundi ante la incapacidad para aceptar la vida en sus aspectos más dolorosos.
Nietsche retorna de los altos vuelos de la metafísica para situarse en la tierra y, por tanto, más allá de valoraciones globales que además tengan pretensiones de verdad. En la concepción nietzscheana ya no hay totalidades ni síntesis, ni superaciones, ni consuelos transmundanos, ni fundamentos, ni orígenes absolutos, ni búsqueda religiosa, ni ascetismo, ni misticismo. El arte es sólo apariencia, sin encerrar significado ni verdad. Lo único que puede hacer el artista, si pretende responder a un lúcido pesimismo como el nietzscheano, es crear formas y ritmos a partir del caos, que es lo propio del viviente. De una amalgama dionisíaca se trazan formas apolíneas. En esto consiste el arte, en una conquista que domine el caos, dando un sentido y una ley inmanente, una afirmación de la vida que la reelabora constantemente. En uno de sus últimos libros, La genealogía de la moral, establecerá la idea de que también la moral de origen judaico-cristiano refleja un movimiento de fuga por no poder soportar la vida en su exultante finitud, es decir, la moral tradicional se origina en el miedo y el resentimiento de los débiles. La moral al uso no se ciñe al devenir, al flujo constante de las formas propio de la vida, pues si lo hiciera, no vería en él finalidad ni culpa. En su estudio genealógico el filósofo dinamitero disuelve los valores objetivos de la moral tradicional como producto de valoraciones procedentes de un nihilismo pasivo que prefiere negar el mundo (creando transmundos) a soportarlo.
Descubre el alemán que todo “deber ser” presupone que la vida no debe ser como es. La moral ha inventado un mundo para calumniar al mundo. La moral es un orden que se ha impuesto al mundo de manera forzada, una interpretación que lo encorseta. Si puede hablarse de un nuevo deber, es el que el sujeto se da a sí mismo conscientemente, para autosuperarse y seguir el flujo vital, pasando la ética a ser estética, es decir, creación poética del sujeto reconciliado con el mundo. Jamás se podría entonces hablar de códigos morales o de principios universales en la ética. A pesar del egoísmo que esto podría sugerir, resalta Diego Sánchez Meca que el sujeto reconciliado con la vida no niega la vida de los otros, al contrario de la doble moral de quienes predican humildad y caridad pero en realidad esconden resentimiento y odio. También el arte y el pensamiento serían no tanto voluntad de verdad, sino de apariencia. Frente a la verdad metafísica se propugna una multiplicación de las apariencias, de mentiras (conscientes) como única manera de decir la verdad, sin mayores pretensiones. La única verdad es, paradójicamente, la que afirma que no existe la verdad. Ante la nada, que nos preocupaba en un post anterior, la respuesta de Nietzsche es la lucha, el combate contra la misma aceptando nuestro trágico destino sin aspavientos, afirmándonos precariamente aunque ya sin el sentimiento de lo precario propio del temperamento débil y huidizo. Así, la estética tendría la respuesta, a un nivel de praxis, a las profundidades de la metafísica en las que el alemán sólo encuentra nuestros miedos y sentimientos contrarios a la vida.