martes, 16 de febrero de 2010

"Hölderlin y la esencia de la poesía" de Martin Heidegger


He leído el delicioso escrito de Martin Heidegger titulado “Hölderlin y la esencia de la poesía”. En él se plantea abordar la poesía de este poeta alemán porque es esencial, pero no en el sentido de que participe de alguna cualidad común y de igual valor para todos los poetas. Aborda a Hölderlin porque éste poetiza lo poético en sí, es decir, su poesía se ocupa de lo propiamente poético. “Hölderlin es en sentido eminente el poeta del poeta”. Así, siguiéndole, vemos que la poesía es un juego en el sentido de que no hay una elaboración o transformación material y técnica de cosas, sino que hay un ocuparse sin finalidad pero creativo, dentro del ámbito del lenguaje. Por esta relación entre ámbito de lo poético y lenguaje, hemos de centrar la mirada en el lenguaje para hallar lo esencial de la poesía.
Respecto al lenguaje, Heidegger señala que es lo propio del hombre, el cual debe dar fe de lo que él mismo es. El hombre tiene como tarea fundamentalmente dar testimonio de si. Este si mismo se realiza en la pertenencia a la tierra, como heredero y aprendiz de todas las cosas. El hombre testimonia su pertenencia a lo ente en su totalidad en esa unificación sin límite que es lo histórico, pero para que lo temporal-histórico sea posible, el hombre usa el lenguaje. El lenguaje es, así, el lugar de la unificación histórica de lo ente, es decir, de las cosas, que el hombre liga con la palabra. Pero este juego lingüístico con el mundo (lo ente) tiene una doble vertiente: es “la más inocente de todas las ocupaciones” y, al mismo tiempo, la más peligrosa, según encuentra Heidegger expresado en unos versos de Hölderlin. En el lenguaje puede perderse el ser debido a una preponderancia e imposición excesiva de lo ente. Recordemos aquí que Heidegger basa gran parte de sus análisis en la denominada “diferencia ontológica”, que es la que se da entre el ser y el ente. El ente son las cosas, las ideas, los valores, que son manejados tangiblemente por el hombre dando por hecho que son lo último y que el ser se detiene en ellos. En cada cosa, por tanto, habría un reflejo del ser, pues participaría de él en cuanto que existe, pero se daría también un olvido del ser, en cuanto que éste ha sido cristalizado o esclerotizado en el ente, ajustado a unos cánones y hecho utensilio o cosa representable. Lo que viene a decir con esto Heidegger es que el lenguaje nos puede hacer caer en esta ilusión de confundir ser y ente, que para el filósofo alemán es el mayor peligro, el peligro en el que ha caído toda la metafísica que en realidad no trata del ser, sino del ente (entificación del ser), por lo que es en realidad ontología. Esta “metafísica” ontológica está implícita en el lenguaje y en el trato con el mismo, de manera que puede imponerse y contribuir al peor de los peligros, que es olvidar el ser desbordante que “parcialmente” contienen y muestran los entes. Porque el ente es una forma del ser, en la que éste está pero también se oculta y se hace también presente justo como ausencia. El lenguaje es peligroso por lo burdo de su operar cuando consiste en hacer común aquello de que habla (abstraer, generalizar, substancializar), “Pues, en efecto, para poder ser entendida y llegar a ser propiedad común a todos, la palabra esencial debe incluso tornarse vulgar y corriente”. El lenguaje traiciona a lo esencial en la medida en que debe tornarse apariencia, copia y repetición. Lo que hay en las lenguas de reglamentación, corsés gramaticales, convenciones, etc., es lo que contribuye a que las palabras vayan perdiendo su brillo y que haya que luchar contra un constante desgaste de las mismas y de las metáforas si uno quiere mirar hacia lo que insinúan.
Pero al mismo tiempo, el hombre no dispone de otro ámbito que el del lenguaje para hacerse con el ser. En la medida en que sea algo más que una herramienta, podrá constituirse en lugar para que el hombre se conozca, por ejemplo. En el lenguaje se da, como dijimos antes, la posibilidad de lo histórico, de desenvolverse como historia. Es decir, el lenguaje es el carril, diríamos, por donde circula la temporalidad del hombre; existe porque existe el tiempo. El ser tiene que ser escuchado en el lenguaje porque en la temporalidad del hablar se da un constante y simultáneo ocultamiento y desocultamiento, de manera que en el trasiego de presencias o baile de los entes, se va insinuando lo que está detrás de ellas inaccesible, es decir, el propio ser. El ser no es nunca un ente, por lo que no puede ser apresado como el lenguaje apresa las cosas si actúa de herramienta. Pero en el mismo discurrir de las lenguas, del habla y de la escucha, sí late el ser, justo en lo inocente del juego, cuando las palabras se inhiben de su función denotativa, cuando el lenguaje no pretende reflejar la realidad, copiarla o aprehenderla. De esta manera, no descriptiva, puede el lenguaje fundamentar al hombre, relacionarlo con el ser como fundamento de su existir. Por el lenguaje, el hombre se realiza, poéticamente, o sea, creativamente. En el lenguaje en cuanto poesía, en cuanto actividad poética (no como adorno, entretenimiento o enardecimiento), el hombre accede al fondo de lo histórico, a lo que hay detrás de que seamos históricos, lo que nos llega con el tiempo. Es como si hubiera en el poetizar ese ir y venir, ese ocultar – desocultar que se da en el tiempo, que constituye lo histórico y en lo que se nos va revelando y mostrando el ser. El ser en cuanto inaprensible, como algo que debe dilatarse temporalmente, que cuando se presenta se oculta, en un movimiento dado en el lenguaje. Según esto, lo poético subyace al lenguaje en realidad, es este flujo el que, cuando cristaliza, posibilita el lenguaje y su uso instrumental, en el colmo del ocultamiento y la banalización (lo “peligroso” de este juego, como dijimos). Pero la poesía da la clave de lo que es el lenguaje. Lo poético (poiesis). Todo lo que nos parece infundamentado en la poesía es justo lo contrario, extrema solidez y fundamentación. Heidegger compara este acto de fundación que realiza el poeta con la captación por parte de éste de los signos de los dioses, para nombrarlos y pasarlos a su pueblo. El poeta sería un intérprete de lo indecible, como si intentara asir rayos de luz procedentes del cielo en la oscuridad de la noche. Ese asir los rayos es, propiamente, poetizar, como tarea dificultosa y, como hemos apuntado, llena de peligros. Porque lo que el poeta intenta es mediar entre los dioses y el pueblo, estando entre ellos. Se sitúa, por tanto, en un cierto ámbito exterior al pueblo, excluido, en un entre. Pero ese lugar es donde se decide y vislumbra lo que, en el fondo, somos, lo que es el hombre. Bellamente lo expresa el propio Hölderlin en unos versos citados por Heidegger: “[…] y ¿para qué poetas en tiempos de penuria?/ Pero ellos son, me dices, como los sagrados sacerdotes del dios del vino/ que de tierra en tierra peregrinaban en la noche sagrada”.