domingo, 14 de febrero de 2010

Subjetivismo en la modernidad


Nietzsche y Feuerbach son dos episodios fundamentales en la continuación del giro antropológico iniciado con la modernidad. Es decir, para  comprender la metafísica, la ética, la religión o incluso la ciencia, se hubo de posar la mirada en el sujeto que las posibilita. Es a partir del mismo como se plantea la fundamentación de los valores, y, en este sentido, Nietzsche obedece a este impulso aunque su filosofía del martillo acaba dinamitando también al sujeto. Ya en el siglo XX se ha proseguido con esta disolución del mismo que empezara a realizar el método genealógico nietzscheano y que ahora han concluido por un lado las ciencias (sociología, antropología, biología) y por otro lado la misma filosofía (estructuralismo, Foucault, etc.). Se ha golpeado, pues, al narcisismo antropológico que ha hecho del hombre centro y generador de su universo en la modernidad (Descartes), comprendiéndolo, al contrario, como producto y predicado del universo o de su propio mundo de la vida (hermenéutica). El sujeto ha quedado desfondado de sus viejas raíces metafísicas pero, tras el intento de hallar a partir de sí el sentido y la verdad, ahora él mismo sufre su aniquilación como una consecuencia de aquello que lo dotara de plenos poderes (la modernidad).
De todos modos, la filosofía reciente ha podido mantener formas de subjetivismo de un matiz u otro. Ha habido, sobre todo, un notable intento de llevar a cabo un subjetivismo intersubjetivo (Apel, Habermas) que continúa el proyecto moderno-ilustrado. El giro fundamental que caracteriza específicamente al pensamiento moderno (revolución copernicana en la filosofía, en palabras de Kant) es, así pues, el giro subjetivo-antropológico (cogito cartesiano). Pero este giro, aunque todavía se exprese de manera fuerte como sujeto trascendental en Kant, ya inicia un proceso de disolución que llegará hasta Nietzsche, Heidegger y la filosofía postmoderna. Es como si, en efecto, al morir Dios (antiguo ser fundador) y ponerse el hombre en su lugar, ya no se pudiera detener la descomposición de hombre y mundo. Así, uno de los mayores problemas filosóficos actuales es el de la fundamentación de la moral y los valores, por ejemplo, que rozan siempre el peligroso relativismo implícito en toda falta de ser. La sensación es de que el hombre flota en una ambigua inanidad y que debemos resignarnos a que nuestras razones ya no sean fuertes como otrora. Incluso, el proyecto neoilustrado de Habermas y Apel adolece, como apuntábamos en un post anterior, de ciertas carencias de extrema importancia para la existencia concreta del hombre. El sufrimiento y la finitud plantea unas cuestiones e interpelaciones que la razón ilustrada intersubjetiva (variante del subjetivismo moderno) que no renuncia a pretensiones de universalidad, no puede abordar. En este sentido, Habermas puede resultar escaso para las problemáticas más agudamente dolorosas de los hombres que, tras la caída que también han sufrido las religiones, queda huérfano de sentido y alternativas. Así, el refugio que encontramos en esta orfandad es la superficialidad del instante y la apariencia (Nietzsche), el goce de lo fragmentario y el olvido. Olvido del ser, dice Heidegger, olvido de las cuestiones sin resolver que demandan resolución y que heredamos del pasado (Benjamin). Sólo cabe vivir en el presentismo que implica una absolutización del momento que hace del viejo tópico del carpe diem una lectura hedonista y miope para el sufrimiento y el pasado. De aquí puede partir una crítica a la tecnificación del mundo y de la existencia, al imperio de una instrumentalización generalizada y al consumismo que crea la sensación de (falsa) plenitud que pasa a los hombres su factura psíquica. Técnica, consumismo, conversión del hombre en homo oeconomicus son facetas de la flotante forma de existencia contemporánea pero que, sin embargo, hemos de insistir en que tiene la cualidad de hacernos presente lo impresente, precisamente resaltando su impresencia a lo largo de la faz del mundo.
Así pues, uno de los mayores problemas filosóficos hoy día es si tras la muerte de Dios es verdad lo que dijo Dostoievski, es decir, que cuando Dios no existe, todo está permitido. Nietzsche anunció y obró esta muerte de Dios. La consecuencia que él mismo mostró es la de una imposibilidad de fundar el mismo sujeto que intentó utilizar como fundador de los nuevos valores. Quedarían sin fundamento (subjetivo) las valoraciones bajo las cuales organizaría su existencia el superhombre, actuando como artista y creador-poeta de su propia vida, poniendo él sus valores, reconciliado con la finitud, el dolor y la vida (como el artista griego que sublima en lo apolíneo lo dionisiaco). O sea, el Nietzsche psicólogo y genealogista acaba devorando y poniendo en entredicho al Nietzsche filósofo y poeta. El alemán se vio en la tesitura de tener que destrozar el nuevo fundamento para sus valores (el sujeto libre de la voluntad de poder). Zaratustra en ocasiones parecería obedecer a impulsos fisiológicos y corporales, haciendo de la libertad una mera ilusión. De hecho, los valores que funda Zaratustra no son cualesquiera, sino los emanados de la afirmación vital y el cuerpo sano (sano en cuanto que es capaz de afrontar el dolor y la debilidad, de los que no carece). Esta es una manera de fundar unos valores concretos, pero lo hace de manera que niega y sacrifica la libertad de Zaratustra. En definitiva, la disolución del sujeto en Nietzsche puede conducirle a contradecirse y a negar la libertad que creo que presupone, sin embargo, su teoría de la voluntad de poder. Nietzsche parece requerir y necesitar al mismo sujeto moderno que él mismo ha dinamitado.