martes, 2 de marzo de 2010

El gerundio en la teología


Acabo de enterarme por el blog del teólogo José María Castillo de que la Conferencia Episcopal Española ha ordenado que se retiren de las librerías los ejemplares de la octava edición del exitoso libro sobre Jesucristo de Pagola. Me abruma, como a él, esta incomprensión y me anima a esclarecer realmente lo que pretendo cuando me planteo una reflexión madura y racional sobre la fe, en este caso cristiana, y, en un sentido más amplio y ecuménico, la fe en Dios. Ignoro las razones alegadas, así como lamento ahora más que nunca no haber leído el libro de Pagola, que intentaré conseguir por todos los medios. Debido, pues, a mi ignorancia, voy a limitarme a realizar un esbozo de lo que entiendo debe perseguir cualquiera que aborde la teología o que, sencillamente, se plantee una fe razonable, aun a sabiendas de cuánto pueda haber de apuesta porque sí en la adopción de la misma. He defendido en anteriores post que lo uno no contradice a lo otro, sino que el estudio de la teología podría enriquecer la propia fe y convertirla en una fe madura (expresión que parece que emplea en algunos escritos Pagola). Es casi una obligación saber en la medida de lo posible de qué hablamos, con todas las implicaciones teóricas y, sobre todo, prácticas que puedan emanar de un credo concreto. Así, el aspirante a teólogo debería asumir valientemente la razón, como se acabó haciendo de hecho en la historia del cristianismo (Tomás de Aquino, etc.) y mostrar si las hay las aporías y problematicidad de la fe (la imposible teodicea y el problema del mal, por ejemplo). En este sentido, la teología es un intento racional de acceder a la fe y al problema del sentido de la existencia, y, en especial, hay que señalar que es un intento humano. Hay que mirar a la materia humana donde se halla la razón y todas las dinámicas que generan las imágenes de la fe (Feuerbach). Así, en la teología se ha ido dando un giro antropológico muy claro en Rahner, por ejemplo, y en muchísimos teólogos contemporáneos. Se ha obedecido a un impulso que no cierra los ojos a hechos históricos que ya nos configuran a todos, como es la modernidad o las luchas sociales. Esto no implica una debilidad de la disciplina teológica, ni de ninguna disciplina (tampoco la filosófica), porque ellas no son sino tentativas, proyecciones y tanteos con los que el hombre tiñe, irremediablemente, la realidad que pretende comprender. Si esta “realidad” es Dios, o sea, lo trascendente, resulta que es por definición inabordable. Aun suponiendo una revelación milagrosa en la que se abrieran los cielos y nos mostraran sus secretos, jamás podríamos expresarlo, o, en caso de hacerlo, sería con categorías de la razón y de la historicidad y temporalidad humanas. Así, emprender el estudio de la teología pretendiendo que ésta sea un muestrario de verdades puras y esencias es erróneo. No puede ser, ya que la teología es producto humano y se expresa con imágenes y palabras humanas, dinámicas y mudables. El abordaje de la trascendencia ha de hacerse en los términos de lo inmanente y lo contingente propios de la condición humana.
Así, el joven teólogo pensará con una sana reserva crítica que aunque le reste seguridad,  le proporcione una mayor aproximación a lo que busca. La teología adquiere para nuestro teólogo un dinamismo propio de la aventura intelectual y aprenderá a saber ciertamente como única verdad incuestionable, que Dios siempre es más, que está más allá, que felizmente desborda todo discurso sobre el mismo. Dios no puede ser encorsetado en teologías que responden a menudo a la historia e incluso a los caprichos de los hombres. En un post anterior manifesté la relación que señala Castillo entre los dogmas tal como se constituyeron en los primeros Concilios y algo tan terrenal como es el cesaropapismo. En este sentido, hemos diferenciado la teología como saber creativo que busca saber de Dios y una teología que se empeña en llegar siempre, siglo tras siglo, imposible y sobrehumanamente, falta de humildad por tanto, a las mismas conclusiones. Esto no lo habría suscrito ni Tomás de Aquino ni, yendo más atrás, el propio San Agustín. Me pregunto qué de malo puede haber en la libertad y la creatividad a la hora de pensar la fe. En este blog hemos propuesto en ocasiones alguna hipótesis. Señalo una: la teología más oficialista no es teología, sino, en realidad, ideología, en los términos que la sociología y la teoría crítica suele entenderla. Así, habría que separar la búsqueda piadosa, humilde y sincera de Dios que reflejan libros como el de, al parecer, Pagola (o Küng, por citar a alguien que sí he leído mucho) de un sistema de verdades y conclusiones ya hechas por los siglos de los siglos. Ante lo imposible de que nada humano sea así, ya que somos temporales e históricos, cabría sospechar, como he señalado, una motivación ideológica, o sea, unos intereses terrenales que simulan hablar en términos intemporales porque viene muy bien. Así, se desarrolla un discurso ampuloso y vago sobre Dios, expresado en categorías tomadas como si fueran ideas puras hechas por ángeles y no por hombres en un tiempo concreto. Este discurso suele enfatizar aspectos como el ascetismo o el puritanismo que, como han expresado muchos psicólogos, focalizan la fe en aquello que no es peligroso para los poderosos y que, además, permite un mayor dominio de los hombres. Hay, por tanto, unas dinámicas de poder detrás de estas concepciones ahistóricas de la teología. Esta escandalosa desmesura de pretender que no somos hombres obedece, sin lugar a dudas, a los intereses de una estructura de poder y a su hierática constitución. Esta es mi hipótesis.