sábado, 13 de marzo de 2010

Verdad y Método, de H. G. Gadamer I


Se cumplen ahora cincuenta años de la publicación de Verdad y método, de Gadamer. Ésta es una obra esencial de la corriente hermenéutica en la filosofía del siglo XX. Estoy leyéndola, en su excelente edición en castellano de la editorial Sígueme. Hace días concluí la primera parte del primer volumen, en la que Gadamer desarrolla e introduce su pensamiento sobre la hermenéutica a partir de la discusión sobre estética. Hace un recorrido histórico desde la idea de gusto, relacionada con la concepción de la formación en el siglo XVIII. El “gusto” consiste en la adquisición de unos patrones o cánones de belleza que siguen el modelo clásico antiguo. El gusto se origina como producto de la educación, cuyo principal objeto es, precisamente, transmitirlo. Con el gusto nos ubicamos en el mundo. Esta noción procede, a su vez, del “sentido común” de años anteriores. El gusto es la sublimación de saberes que se encuentran operativos en el seno de la cultura y que, desde los griegos, se relacionan también con lo bueno, siendo un tipo de conocimiento. Se trata de algo, pues, social y compartido.
Será en la estética de Kant cuando el gusto sufra un proceso de subjetivización que desembocará en el ideal romántico del genio que destaca el aspecto inventivo, personal y original de la creación artística. Así, el sentimiento, individual por excelencia, toma la batuta de la comprensión estética y es así como la valoración y la creación de la obra de arte se hacen depender de la vivencia estética. En la vivencia estética se capta un momento del todo de la vida, al que la obra de arte simboliza. De hecho, lo simbólico, como indeterminación del objeto que alude potencialmente a infinitos significados,  sustituye a lo alegórico, que se halla en una relación determinada con un solo significado. En el predominio de lo simbólico frente a lo alegórico, se patentiza la sustitución del concepto de arte dieciochesco por la estética del genio romántica, aunque Gadamer señala que en plena era romántica hay una revitalización de lo alegórico, como lo que apunta convencionalmente a un único significado aparte de sí, obrando como instrumento del entendimiento que pierde la vaporosidad polisémica del símbolo. Esto muestra que en realidad, lo artístico no puede desgajarse de lo socialmente establecido y que la estética del genio que enfatiza lo singular y separado del artista que crea y de su creación, apenas nos sirven para entender lo que ocurre realmente en el arte. Es decir, el arte está relacionado inextricablemente con la sociedad que lo genera, sin que sea posible concebir una creación artística independiente de la misma ideada por un genio ultramundano.    
Pero el romanticismo cuestionaba la pertenencia de la obra artística a su mundo y, por tanto, la existencia de una verdad en el arte en cuanto mundo y sociedad que éste expresa. La conciencia estética que ve al arte como algo puro y separado, opera abstrayendo el objeto artístico de aquello que lo nutre, y así puede concebir, efectivamente, el arte como algo puro. Así puede distinguirse la obra artística y ejercitar una mirada estética que descubre objetos estéticos. “De este modo, en virtud de la ‘distinción estética’ por la que la obra se hace perteneciente a la conciencia estética, aquélla pierde su lugar y el mundo al que pertenece. Y a esto responde en otro sentido el que también el artista pierda su lugar en el mundo”. Por esto, queda cada vez más desprestigiado el artista por encargo y emerge el tipo de artista independiente.
Según Gadamer, es cierto que hay una singularidad en la percepción estética, en cuanto que es mirada que selecciona y escoge lo que mira. Se da un efecto en el mirar estético que tiende a hacernos creer que el objeto mirado es original y singular. Pero como nos enseña la mirada más técnica y profesional de muchos artistas, lo que el profano ve como originalidad, son, en realidad, cuestiones técnicas y elaboraciones del material mundano. El que entra a dialogar con el objeto artístico contemplándolo, obra una integración del mismo en el todo de su vida y sociedad, con lo que la obra retorna, desde su supuesto estatuto de singularidad y originalidad, al todo que la produjo. Hay pues en el arte, en su captación, una temporalidad constitutiva, que hace de cada visionado una suerte de representación en la que el mundo se pone en juego y adquiere entidad. El arte es, lejos de un mero reflejo o vivencia singular, un ejercicio de la comprensión. Como temporal, la obra de arte está sujeta al mismo devenir que el todo al que pertenece, y puede hablarse de su inconclusión, de su estar permanentemente abierta a distintas representaciones que van incluso más allá de las previstas por el artista creador. La obra cobra vida en cada representación en la que se juega de nuevo, siendo prolongada por el espectador. Así, Gadamer ve en lo trágico, descrito por Aristóteles, no tanto una distinción o paréntesis tal como lo vive el espectador, sino, al contrario, una corriente en la que el espectador es arrastrado. No es tanto una corriente que nos eleva o separa del mundo, como cree la conciencia estética, sino una corriente que nos ahonda en el mundo. “La abrumación trágica tiene su origen en el conocimiento de sí que se participa al espectador. Este se reencuentra a sí mismo en el acontecer trágico, porque lo que le sale al encuentro es su propio mundo, que le es conocido por la tradición religiosa e histórica;”. Gadamer, pues, combate el mito estético de la fantasía que crea libremente, transformando la vivencia subjetiva en poesía y que honra culto al genio independiente. Para Gadamer, esto es tan solo producto de la cada vez mayor separación de parte de la tradición cultural respecto a lo que es naturalmente aprendido y vivido por todos. Hay una continuidad entre la obra de arte y el mundo, entre la vivencia interior y el mundo, por lo que no es posible situarse en un aparte del mundo como considera el culto al genio. El ser estético es temporal y vive en su representarse, en la reproducción, que se da siempre ligada a un tiempo y lugar.
            Como conclusión de todas las consideraciones desarrolladas en torno a la estética, Gadamer apunta que aunque se ha hablado del arte, hay que entender que lo que ocurre con éste, ocurre en toda la realidad, es decir, el arte no es copia o reflejo, sino esta misma realidad en su esencia. La obra artística, así, ostenta un rango óntico, pues en ella es la propia realidad la que se desarrolla. Hay una vinculación estrecha entre la obra de arte y el mundo, que Gadamer expresa: “Por paradójico que suene, lo cierto es que la imagen originaria sólo se convierte en imagen desde el cuadro, y sin embargo el cuadro no es más que la manifestación de la imagen originaria”. Hay una comunicación entre la imagen artística y su modelo, por la que una y otra se dan el ser recíprocamente. Para Gadamer, la obra es, en sí, una realidad que no se reduce a copia de otra realidad, sino que constituye un plus de la realidad, un ser superior (este pensamiento remite a Heidegger). El arte es, así, un proceso óntico, con sentido de realidad, o sea, un aparecer del ser o de la idea misma, idea que sólo se puede dar “encarnadamente” e históricamente. Es tal la conexión de la obra de arte con su mundo, que Gadamer reivindica una función decorativa de todo objeto artístico, que ha de comprenderse en su contexto, con el que interactúa constantemente. “Una obra de arte está tan estrechamente ligada a aquello a lo que se refiere que esto enriquece su ser como a través de un nuevo proceso óntico”. No existe la obra en sí, aun manifestándose de distintos modos, sino la obra cambiante en función de contextos cambiantes. La obra ya no es abstracción, tal como la entendía la conciencia estética del arte puro, sino un proceso óntico, con consistencia ontológica más allá de la que pudiera tener como simple abstracción o reflejo. El artista no extrae la obra de la realidad para ubicarla en un ámbito diferente, sino que la obra forma parte de esa realidad, estando inmersa en ella. Prueba de ello es que no hay obra de arte inmutable, sino que a todas las arrastra “el río histórico de la vida”.
Gadamer termina señalando, tras disertar sobre la obra literaria, que “la estética debe subsumirse en la hermenéutica”. Toda vivencia estética presupone una comprensión de la obra artística. Y la comprensión forma parte del acontecer del ser. Una comprensión que se extiende a toda forma de relación entre el sujeto y el objeto o mundo, en la que, de hecho, como en el juego, desaparece esta escisión típica de la modernidad. Se da una suerte de vaivén en el que se va del sujeto al objeto y viceversa. Así, la experiencia estética es englobante y en ella el sujeto se diluye en la obra que contempla.
Como conclusión final, se destaca que la comprensión es, de hecho, la tarea específica de la filosofía que, más allá de Schleiermacher, es entendida por Gadamer (con Hegel) no como mera restitución del pasado, sino como mediación del pensamiento entre el pasado y la vida actual.