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viernes, 23 de abril de 2010

¿Bourdieu filósofo?


Bourdieu entronca con una tradición epistemológica que en el pensamiento francés se ha preguntado por las condiciones históricas de la racionalidad científica. Esta tradición nos remite a Comte y Durkheim y podemos quizás hacerla extensiva hasta Foucault. Esta veta se contrapone a otra que apunta a “las condiciones ontológicas que hacen posible el acontecer de la significación”. Aquí ubicaríamos por ejemplo a Sartre, Marcel, Merleau-Ponty hasta Ricoeur. Según los editores del libro “Pierre Bourdieu y la filosofía”, que estoy leyendo, la primera línea se caracteriza por asumir un análisis riguroso de tipo científico del objeto, frente al afán de radicalidad que aproxima a los autores de la segunda línea a lo artístico y literario. En estos se da una apuesta por la fenomenología que busca las estructuras fundamentales de lo óntico, es decir, ir de lo óntico a lo ontológico, por lo que la historicidad es algo que aunque se asume, se intenta trascender (Sartre, Heidegger). Buscan, por tanto, un trascender que no se daría en los autores más próximos al pensamiento sociológico. En este sentido, Bourdieu se halla en una opción epistemológica científica que lo aproxima a la corriente analítica en la filosofía. Esto se aprecia en su crítica, que veíamos en los post anteriores, a las ficciones propias de un uso substantivador del lenguaje. La concepción pragmatista de los usos del lenguaje a la que apunta el sociólogo francés en sus investigaciones recuerda a la tradición del segundo Wittgenstein o Austin. Serán las reglas de juego asumidas institucionalmente las que van creando una realidad que el sociólogo intenta describir. En la presentación del libro al que me estoy refiriendo se expresa además que Bourdieu hace filosofía como sociólogo, o sea, plantea las cuestiones filosóficas para resolverlas en los términos de la sociología. Esto implica una cura de humildad para la filosofía, que es llevada a una suerte de parodia de sí misma. Bourdieu aporta una mirada extraña a la filosofía, tal vez como Foucault, que insiste en historizar sus conceptos. Pero no se trata en él de historizar para, desde el suelo de la historicidad, elevarse de nuevo sobre la ciencia, como hace Foucault, sino que hay una constante permanencia en lo “grosero” (lo contingente, lo cotidiano). Recordemos que el deconstructivista o arqueólogo del saber alude implícitamente a un cierto logos diseminado en sus investigaciones. Bourdieu, en cambio, se aferra a lo encarnado social e históricamente en los detalles de lo que estudia. Si establecemos una comparación con la hermenéutica filosófica, la visión de Bourdieu rehusaría los grandes monumentos y clásicos de la tradición filosófica, para fijarse en “los modestos testimonios de los sin nombre”. Bourdieu es, pues, una especie de “obrero” de la filosofía que permanece en el lodazal, a pie de tierra, en contacto con lo concreto. Con todo esto, el filósofo-sociólogo Bourdieu gana en rigor, pero a costa de abandonar las grandes ambiciones teóricas. Su campo de batalla es lo empírico, donde, no es que lleve la filosofía a ello, sino que es ahí donde él hace su filosófico anti-intelectualismo. A mi juicio, el precio de esto es caro y requiere por tanto cierta reserva ante esta desafiante actitud del francés. Carece de la radicalidad y la “palabra profética” de, por ejemplo, Adorno y Horkheimer. Está claro que de sus estudios se desprende una impugnación de muchas de las maneras del aristocratismo intelectual que se deben al habitus académico. Porque lo que Bourdieu lleva a cabo en gran medida es, precisamente, una historia social del “campo” filosófico. El filósofo debe tomarse esto como una vía filosófica de hallar sus propios sesgos y de filtrar el conocimiento para una mejor aproximación a la verdad. Esto es lo que ofrece Bourdieu a la filosofía.
Según los autores del libro, Bourdieu aporta, sobre todo, un necesitadísimo término medio entre el universalismo de una razón a-histórica (“sujeto trascendental”, “lenguaje lógicamente perfecto” o “pragmática universal” habermasiana) y el relativismo postmoderno. Él emprende una crítica histórica de la razón que significa un tipo de solución a esta dicotomía contemporánea, a la opción obligada entre razón o historia. Se trata de dilucidar las reglas de juego del campo donde se da el pensamiento y la pesquisa. “Sólo advirtiendo los determinismos sociales que sesgan la mirada del filósofo o del investigador social es posible avanzar en la conquista de la autonomía y por lo tanto de la universalidad en el campo considerado”. Todo esto sería un procedimiento de criba que garantizaría no tanto la disolución de la crítica, sino precisamente la posibilidad de un campo autónomo donde pueda ejercerse. Se trata de forjar un contrapoder crítico, lejos de intereses privados, de intelectuales independientes en constante autocrítica, que constituirían unos “comandos de intervención filosófica rápida” que, a poco que nos descuidemos, pueden faltar en nuestras sociedades. Así pues, en la polémica en torno a la Ilustración, Bourdieu se decanta no tanto por combatirla y arrojarse en brazos de la irracionalidad, sino por llevarla más allá de sí misma en una Ilustración de la Ilustración. Se trata de promover una conquista de la universalidad de la razón que sería labor de una ciencia y filosofía autónomas. La autonomía en estos campos (científico y filosófico) debe preservarse a toda costa como uno de los mayores logros del mundo moderno.