sábado, 24 de abril de 2010

Bourdieu IV: La escuela y los intelectuales.

El análisis de la institución escolar que lleva a cabo Bourdieu puede sorprender porque desmiente grandes malentendidos en torno a ella. Lejos de ser un campo en el que se corregirían las desigualdades sociales y que fomentaría la justicia social a partir de una meritocracia equitativa, la escuela resulta ser, según el sociólogo francés, todo lo contrario. En la escuela, como producto moderno, se consagra la segregación y la jerarquización propia del sistema de clases, en función de los orígenes sociales y familiares. El habitus específico y el capital simbólico con el que un niño llega a la escuela, y que ha aprendido con la educación familiar fundamentalmente, influye en su evolución durante el periodo de la escolarización, en la configuración de su habitus tras el periodo escolar, en función de lo ajeno o no ajeno para él del capital simbólico (cultural) que se encuentra como arbitrariedad propia de la escuela. A la hora de acceder a distintos niveles, más que en el éxito dentro de un nivel de la enseñanza, es donde habría que fijarse, en los abandonos y en los itinerarios escolares seguidos. En realidad, no se trata de hacer relaciones simplistas, pues son numerosos los factores que influyen, pero Bourdieu sí detecta variaciones en los habitus interiorizados tras el periodo escolar que tienen que ver con el habitus heredado de la propia clase social como uno de los factores sociales principales (otro podría ser el género, que interactúa con éste). Así, lo que un chaval se encuentra en la escuela (la cultura considerada "legítima") puede coincidir con lo que se ha encontrado en la familia, lo cual ocurre entre clases medias superiores y altas (y su relación con ello será suave, natural, sin fricciones), o, en el otro extremo, resultar una relación de extrañeza que genera una actitud de rechazo, de relación no natural con lo impartido en la escuela, y que acaba repercutiendo en la mortalidad escolar y en las decisiones académicas del alumno. Por el contrario, se puede acceder al sistema escolar con un capital cultural legítimo “heredado”, lo que produce la sensación de naturalidad, de continuidad natural, respecto a lo impartido en la escuela, con lo que se produce otro tipo de confianza y actitud (de habitus escolar) en el niño. El resultado de ello es una constante selección y consagración de las diferencias de clase que son naturalizadas por la escuela, desviándose la mirada del origen socio económico de la estratificación social y excusando las diferencias en resultados meramente académicos.Abandonan más los niños que no han vivido en sus casas la cultura que se encuentran en la escuela.
De este modo, el sistema escolar puede ser experimentado como una violencia que Bourdieu denomina “violencia simbólica” que avala un origen social y rechaza y excluye otros, pero naturalizando y psicologizando los fracasos. En esto la escuela cumple funciones semejantes a las que se daban en la antigua educación en manos de la Iglesia y se reviste con un velo de racionalidad lo que realmente implica una irracionalidad esencial dentro de la sociedad (la estratificación). En este sentido, la principal función de la escuela es la reproducción de un orden social que debe ser garantizado, tras el triunfo de la burguesía y su ideal de la “igualdad de oportunidades”, de este modo. Así, la meritocracia y la tecnocracia encubren una fuerte endogamia del origen social. La nueva nobleza de las élites educativas genera este sistema que tiende a autoreproducirse y que se puede autonomizar y competir con el campo de, por ejemplo, los grandes burgueses de la industria, promoviendo los valores “intelectuales” a veces como una oposición “progresista” a las étites de los negocios. En realidad, a pesar de los movimientos supuestamente progresistas, el sistema escolar nunca deja de funcionar con una lógica de auto perpetuación y de refuerzo de un tipo de nobleza o casta intelectual en la sociedad. Incluso el ideal universalista y el ideal del funcionario que ejerce un servicio público, se sitúa en esta lógica conservadora que legitima ciertas situaciones sociales, ocultándolas con la aparente justicia de un sistema meritocrático y racional.
Bourdieu nos previene para que no creamos que este proceso ocurre como algo maquiavélico producto de una voluntad maliciosa. Él tiende a eludir las consideraciones morales en su teoría y se limita a hacer ver, a partir de numerosísimos estudios empíricos, cómo en la sociedad se puede estar en un juego sin haberlo elegido, y por tanto, cómo se puede obrar según las reglas de ese mismo juego (el sistema educativo, por ejemplo) por el mero hecho de existir. Lo que en el juego escolar resulta determinante es la mentalidad clasificatoria del mismo, cómo en él se instaura una fuerte competitividad para reforzar lo que de hecho ya viene ocurriendo en la sociedad. La arbitrariedad cultural de la escuela, basada en la autoridad pedagógica y por tanto, según Bourdieu, sin fundamento racional más que el de un tipo de autoridad que procede del Estado, es vivida como arbitrariedad por quienes experimentan un abismo entre su arbitrariedad cultural familiar y la que se encuentran en la escuela. Esto origina reacciones y formas de relación con lo oficial muy diferentes, que explican la diferencia de acceso a los distintos niveles del sistema escolar, hasta la universidad e incluso las carreras elegidas. En este planteamiento, el intelectual, como clase específicamente universitaria, participa, acaso a su pesar, de todo este conservadurismo clasificatorio.
Como señalamos en un post anterior, el beneficio de esta teoría sociológica de Bourdieu estriba en que puede indicarnos nuestros propios sesgos y, en este sentido, contribuir a limpiar la razón y el pensamiento. Un maestro o un pedagogo pueden conocerse mejor a sí mismos gracias a las explicaciones y denuncias del francés. Pero me sigue causando la impresión de que éste incurre en un cierto fatalismo del factum que lo hace participar de cierto sesgo (!) positivista. La lectura de La reproducción deja poco lugar, me ha parecido, para un ejercicio radical de crítica al sistema y alternativas. Incurre, creo, en un sociologicismo, lo cual es un cuestionable reduccionismo. Es sabido que la descripción por métodos empíricos y la ciencia aportan, nadie lo duda, rigor, pero implican el sacrificio de otras de las muchas caras de la realidad que no entran necesariamente en lo representativo y empírico. Ver el origen social del pensamiento es sano y nos puede ayudar a no enredarnos, pero reducir el pensamiento de un autor a su habitus como intelectual en pugna con otros podría resultar algo pobre. El propio Bourdieu se esfuerza, quizás en sus últimos años, posteriores a la redacción de La reproducción, en hallar huecos para una crítica. Es sabido que la falacia del escéptico es que si aplica a sí mismo su escepticismo, entraría en contradicción con el defendido por él. Algo similar puede ocurrir en el filósofo que disuelve (y en ocasiones Bourdieu parece hacerlo, aunque se esfuerce en negarlo) la filosofía y, por tanto, a sí mismo y a lo que dice. Desde una disolución sociologicista resulta difícil hacer ciencia, aunque la ciencia responda en su trayectoria a refuerzos o rechazos originados en la sociedad. No creo que esto niegue el carácter de verdad a las verdades descubiertas, pues si así fuera, repito, Bourdieu se estaría contradiciendo. De todos modos, merece la pena profundizar en cómo salva este problema y es preciso, por tanto, leer detenidamente sus obras, en las que lo aborda e intenta superar. Recordemos que algo parecido se planteaba en la Teoría Crítica, tan diferente en algunos aspectos, de Adorno y Horkheimer (pinchar aquí). No es más que la tensión existente en el pensamiento entre centricidad (inmersión en la facticidad histórica) y ex – centricidad (distanciamiento de la propia facticidad histórica).

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