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sábado, 17 de abril de 2010

Dewey y Rousseau.


Para Dewey la educación debe aspirar a facilitar comportamientos según fines del propio educando y que no sean, por tanto, fines ajenos y externos. Además de este requisito, en la obtención de fines ha de darse una actividad ordenada y consciente, es decir, ha de desarrollarse un  proceso. Es preciso para ello una inteligencia de tipo instrumental capaz de determinar los medios adecuados para un fin. El “espíritu”, en palabras del propio Dewey, es aquello capaz de establecer relaciones temporales y trayectorias. Así, para el norteamericano la inteligencia es una suerte de iluminación que anticipa, observa, organiza y conecta la experiencia. Se da, por tanto, inextricablemente con la manipulación de la realidad. Es un saber, podríamos decir, manipulador que parte del conocimiento previo. La aplicación de esta concepción a la pedagogía es clara: hay que partir de la experiencia del alumno que se va reconstituyendo a lo largo del proceso de forja de planes para la obtención de fines propios. La conexión con un uso instrumental de la razón es patente, tanto es así que Dewey recalca la peligrosidad de los grandes fines de tipo general, o sea, de aquellos que se saldrían del proceso del todo de las experiencias humanas. Además, como hemos expresado en los post anteriores, esto sólo puede ocurrir en un sistema social-político de corte democrático, en el cual se eluda la imposición de fines externos a los individuos imposibilitados para participar en el proceso de crecimiento social. Así, se precisa un marco adecuado para que, más allá de Rousseau, el crecimiento pueda darse. Recordemos que para el ginebrino, el desarrollo es “espontáneo”, es decir, independiente del uso social de las facultades. Habría un individuo que iría brotando en la medida en que el fin es sí mismo, frente al fin necesariamente mediado socialmente de Dewey. La educación en Rousseau, según la interpretación de Dewey, precede al contacto social.

En realidad, sobre Rousseau hay bastante que matizar y en un próximo futuro dedicaremos algunos posts a este sugerente autor de la Ilustración quizás más amable. En cualquier caso, para Dewey, “Los poderes naturales o congénitos proporcionan las fuerzas iniciadoras y limitadoras en toda educación; pero no ofrecen sus fines u objetivos”. Aprender no es resultado de una floración espontánea de los poderes sin cultivar. El medio en el que se ejercita la inteligencia es, ineludiblemente, el medio social, que proporciona la materia para el desarrollo de los poderes del sujeto. Rousseau adopta el mencionado punto de vista porque, según Dewey, identificó a Dios con la naturaleza, de manera que el desarrollo espontáneo de un individuo limpio de influencias sociales (las cuales explicarían el mal) sería moralmente bueno. No obstante, Dewey reconoce en Rousseau, independientemente de la vaguedad de sus conceptos, el valor de dirigir la mirada del educador al propio niño, ajustando su labor a los intereses y realidad del propio niño. No resulta extraño, creo, que precisamente el punto en el que más conecten Rousseau y Dewey sea en el individualismo, por mucho que en Dewey quede matizado por la mediación de un ambiente social.

Será, quizás, el espíritu rebelde de protesta contra un modelo concreto de sociedad el que haga a Rousseau plantear su educación fuera del ambiente proporcionado por una sociedad, pero esto es, en realidad, afirma Dewey, un imposible. Se explica la exaltación rousseauniana de la personalidad individual como reacción a modelos pedagógicos que ponen por encima de todo la educación para la eficacia social (sociedades feudales, de castas, aristocráticas, estados-nación). Dewey adopta un punto intermedio marcado, una vez más, por el modelo democrático de sociedad que facilita el entorno adecuado al intercambio constante de experiencias. Aquí lo que subyace es una forma de existencia en la que no se daría la oposición patológica entre individuo y sociedad. La objeción que podría hacerse a Dewey es hasta qué punto esto es así en la democracia que defiende y si Rousseau, de otro modo, podría entenderse también como un teórico de un mundo en el que individuo y sociedad no se opondrían. Rousseau no pretende una existencia asocial, sino la refundación (ficticia) de una sociedad mediante la educación natural y el Contrato Social. Respecto a la democracia deweyniana, acabo de ver en Internet al filósofo español Gustavo Bueno en una conferencia en la que destaca cuánto hay de ficción y de ideología en el supuesto gobierno de un pueblo que se limita a elegir representantes con plena potestad cada cierto tiempo, en la ilusión de que así se autogobierna. De todos modos, es cierto que hay mucho más que desarrollar y matizar en torno al ideal democrático de sociedad en Dewey, lo cual iremos haciendo en próximos posts.