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domingo, 25 de abril de 2010

Emilio, de J. J. Rousseau


El Emilio de J. J. Rousseau es una obra sugerente, de muy recomendable lectura, que aún hoy provoca todo tipo de opiniones. Yo creo que para entenderla, hay que leer también, de manera paralela, El contrato social, pues lo que Rousseau plantea en ambas es una suerte de ficticia refundación de la sociedad desde la cual juzgar y denunciar en las sociedades reales un problema fundamental. El problema que creo que subyace a la gama de problemas que él veía en las sociedades reales es el de una contradicción básica entre el individuo y sus intereses, por una parte, y la sociedad en su conjunto, por otra. La hipótesis de Rousseau que en absoluto pretendiera registrar un hecho real, ocurrido alguna vez en la historia, es la de un estado de naturaleza en el que el individuo pudiera realizarse dejando libre el movimiento a sus inercias naturales. Rousseau lo contrapone a la sociedad actual, origen de los males, cuya influencia explicaría la existencia del mal. Pero con el nuevo hombre y con la nueva sociedad no habría contraposición de intereses. La ficción del estado de naturaleza es la de un cuerpo, razón y sentimientos considerados buenos en el sentido de que si no encuentran el obstáculo de la sociedad real, producen bien moral. Así, hay una moralización positiva, a favor del hombre, pero si lo entendemos en un estado hipotéticamente puro. El mal sería lo que contradice la realidad humana y siempre tiene, según Rousseau, un origen social. Pero aunque Rousseau especule con esta idea, él sabe bien que no hay hombre sin sociedad, por lo que debe idear la manera de combinar el hombre, bueno si lo tomamos en estado a-social, con una sociedad requerida por su carácter relacional y fraternal. Este proyecto es el proyecto pedagógico que describe en las numerosas páginas de su novela-tratado de educación. La solución pasa por una educación bien dirigida cuyo principio sería jamás forzar la naturaleza y tomar lo que de ella viene como bueno. Así, lo que emerge de Emilio es una suerte de personalidad requerida para vivir bien en una sociedad a su medida. Así, Rousseau “se da una vuelta” por la psicología, cuando ésta casi aún no se había inventado, para conocer el material humano de la educación, desde cuestiones orgánicas, biológicas, etc. Se toma tan en serio lo de no forzar a Emilio, que la educación religiosa (en el deísmo ilustrado) y la moral llegarán muy al final (pasados los veinte años) y con el colofón de dos años viajando y aprendiendo idiomas, religiones y costumbres distintas. Pero mala lectura haríamos del Emilio si nos quedáramos en leerlo como un tratado de psicología o pedagogía. En él hay mucho más y está gran parte del pensamiento político y filosófico de Rousseau, en complemento con, como hemos señalado, El contrato social.
Para profundizar en esto, hemos de preguntarnos en qué medida Rousseau es ilustrado. Básicamente, está claro que lo es. Podría achacársele lo que a muchos ilustrados: subjetivismo, voluntarismo, filosofía de la conciencia e incluso un racionalismo disimulado que no deja de ser racionalismo a la ilustrada a pesar de sus críticas a la ciencia y los conocimientos de la época. Es verdad que rectifica algunos excesos de la pedagogía de su tiempo y que resta importancia al intelectualismo e incluso lo exilia de su proyecto pedagógico, pero el ideal que nos presenta es el del sujeto libre (que ha de conquistar su libertad) y planificable planificador. Su perspectiva es antropocéntrica y plenamente moderna, aunque recoja elementos que estaban olvidados, recuperando la importancia de cuerpo y afectos. Pero es un pensador de la era en la que el hombre y su razón suplen a Dios, con todo lo que esto tiene de bello y también de desmesura. Su optimismo pedagógico, también, lo pueden poner en el punto de mira de filosofías posteriores, que plantean los histórico como algo ineludible y que cuestionan ficciones como la rousseauniana, tachada de ideológica, prefiriendo una sobria descripción de lo que hay o la problematización irresoluble de esto que llamamos “hombre”. Desde un punto de vista historicista puede cuestionarse su sujeto libre y pleno, lo que de confusión y falacia tiene ni siquiera emprender un dibujo del mismo como el que pintara el ginebrino. Porque el pensamiento de Rousseau es un pensamiento del hombre, previo a la disolución del mismo que se iba a dar poco tiempo después de su muerte o incluso coexistente con la ácida mala leche de un Marqués de Sade. En Rousseau la Ilustración (burguesa, ingenua, idealista, emprendedora, “humana”, progresista…) sigue estando ahí.