lunes, 12 de abril de 2010

John Dewey II


John Dewey tiene la virtud de haber sido el filósofo del último siglo que ha hecho de la educación un problema central para la filosofía, al estilo de notables precedentes como Platón o Rousseau. Forma parte de una tradición que desde el siglo XVIII, ante el avance de una nueva mentalidad ilustrada y la resistencia de la nobleza, vio en la educación el modo de extender la filosofía y de filosofar, propiamente, al unísono con el cambio social. En esta onda, más adelante incidiremos en esta ideología pedagógica que se ramifica en una versión institucional que se halla en el origen de los sistemas educativos contemporáneos, y otra que apela a la naturaleza, más allá de los intereses nacionalistas y estatales de la pedagogía llevada a cabo por los nuevos estados burgueses. Así, Dewey es el filósofo/pedagogo de la moderna democracia, de la que destaca sus bondades y a la que define frente a las revueltas oligárquicas dentro de la sociedad. Pretende, en este sentido, una cierta nivelación social por medio de la educación, que haga de la experiencia personal y social una experiencia eficiente. Su filosofía pragmatista (fue inspirador de la corriente pragmatista fundada por William James) le conduce a exaltar la interconexión entre teoría y práctica, de manera que es en la práctica donde se juega el tipo la teoría. En consecuencia, critica los viejos dualismos, que relaciona con las sociedades aristocráticas de castas que desde el modelo de Platón se han venido repitiendo. A su juicio, el dualismo cultura interior- teoría frente a cultura exterior – práctica es un derivado de una sociedad en la que continúan los privilegios de clase, bien sea por un origen noble o, hoy día, por un origen económicamente poderoso. Es en la noción de “experiencia” en la que ubica todos los elementos de un conocimiento democrático, es decir, eficiente. Esta noción unifica el tanteo del individuo con su medio ambiente social que le sirve de mediación entre él y las cosas. Así, una verdad que no pueda tener una realización práctica (un uso), ha de ponerse en cuarentena, porque nosotros sólo podemos vérnoslas con la manipulación de las cosas. El sentido del conocimiento es enriquecer esta experiencia manipuladora, haciéndola más eficaz y abierta a la transformación de sí misma. Es en este aspecto en el que Dewey ha supuesto también una inspiración para filósofos actuales de corte posmoderno, como sobre todo el también norteamericano Rorty. Esto manifiesta el peligro relativista que subyace al pragmatismo de Dewey y que la actual filosofía posmoderna expresa ya a las claras.
En su combate contra los dualismos existe, no obstante, una deriva hacia lo dado, de tipo veladamente positivista, que encierra el peligro de rehusar el plano que de manera elitista garantiza, a pesar de todo, la transformación (Adorno). Dewey se sitúa en una praxis y en un activismo en el que, por supuesto, no renuncia a la dirección teórica, pero que en la manera que la entiende podría tener la consecuencia de una clausura del todo, contra lo que pretende. En definitiva, sospecho que aun siendo un autor progresista y de nobles convicciones sociales, puede estar limitando la propia transformación y crecimiento individual-social de los que tanto habla. Una filosofía pragmatista tiende a una suerte de miopía por la que sólo entiende de hechos (de ahí el positivismo) y que acaba estando tan inmersa en el presente que del futuro sólo puede hacer que sea una prolongación del presente. En este sentido, no cabe un pensamiento verdaderamente utópico o ex – céntrico. Todo esto nos lleva a relacionarlo, tal vez, con una ideología de la burguesía reinante, en su aspecto más amable y social, desde luego, pero que sobre todo busca estabilidad y orden. Cree en un sistema (democrático) en el que sea posible el desarrollo de la experiencia singular de cada individuo, sin cortapisas de clase, pero, en la línea de la Ilustración, concede todo el papel a la educación sin entrar en consideraciones en torno a la economía, por ejemplo, con lo que quizás peque, igual que Rousseau y contra lo que él mismo dice, de “buenas intenciones”, pero nada más.      

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