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martes, 20 de abril de 2010

Pierre Bourdieu II

La teoría sociológica de Bourdieu se distancia del formalismo típico del estructuralismo, incluido Foucault, entendiendo que la configuración de un campo, como el literario, obedece a una historia de conflictos y oposiciones que explica que dicho campo llegue a adoptar una supuesta singularidad y a funcionar según reglas internas. Hay un mayor peso de lo histórico en Bourdieu, frente a cierta hybris racional-universalista que permanece activa incluso en la arqueología del saber de un Foucault. Así, en el plano de la estética, por ejemplo, el lema del arte por el arte nos puede confundir y hacer olvidar la necesidad que siempre existe de historizar los movimientos en la sociedad. Hay unas determinaciones de tipo externo en lo que en principio se presenta como ámbito clausurado que sólo responde a sus condiciones internas formales. Así, Bourdieu también se distancia del formalismo ruso y de planteamientos de tipo fenomenológicos que él tacha de platonizantes y fetichistas de las esencias (de lo literario, por ejemplo). La acción de las obras sobre las obras (intertextualidad) sólo puede darse por mediación de autores y grupos sociales que responden a una historia, coerciones y dinámicas específicas. La ilusión de la pureza de la obra literaria o artística es producto de una suerte de alquimia que destila y separa la obra del suelo histórico que la ha nutrido. Así, afirma Bourdieu: “Esta visión realista, que convierte la producción de lo universal en una empresa colectiva, sometida a unas reglas determinadas, me parece más tranquilizadora, al fin y al cabo, y, si puede decirse, más humana, que la creencia en las milagrosas virtudes del genio creador y de la pasión pura por la forma pura”.
Pero es preciso matizar que lo dicho no define a Bourdieu como un historicista, ni mucho menos. El historicismo, como toda filosofía de la historia, se basa en la ilusión ficticia de un sentido unitario en el devenir histórico de, por ejemplo, una biografía personal. Trata de entender, falsamente según Bourdieu, la historia como narración. Esto tiene un equivalente en la filosofía del Yo, como sustancia que permanece en medio de los cambios de los que es, en cierto modo, espectador (el Yo que según Kant, habría que postular). Esta ilusión es socialmente llevada a cabo con el nombre propio, a modo de certificado de una identidad que es constantemente avalada y constituida por el aparato burocrático estatal, desde la estadística a los registros civiles, leyes, etc. Esto es, en palabras de Bourdieu, una “colosal abstracción” de la que uno participa, sin darse cuenta, al contar su vida. En la narración de la propia vida se da el sometimiento a las leyes que rigen la producción de discursos (relación entre el habitus y el mercado). En esto se da la ficción potenciada por la modernidad del sujeto (que se relacionaría de manera distanciada con un objeto). Hay también aquí, como en el formalismo de la obra de arte pura, el olvido del complejo entramado histórico y social que, como a retazos y sin una finalidad unívoca, nos va conformando. Así, la lectura que uno hace de su propia biografía participa de la ilusión de una finalidad general en la propia vida, como si pudiera basarse (contra ciertas filosofías como Sartre) en una suerte de anticipación casi de adivino, situada en un aparte del entorno social y la historia del presente narrado.
Esto se contrapone a la posición (distinción), siempre relativas, que un individuo ostenta en el espacio social, y que va configurando su biografía (envejecimiento social). Así, el presente de una personalidad designada por un nombre propio es “el conjunto de las posiciones ocupadas simultáneamente en un momento concreto del tiempo por una individualidad biológica socialmente instituida actuando como soporte de un conjunto de atributos y de atribuciones adecuadas para permitirle intervenir como agente eficiente en diferentes campos”. En realidad, toda unidad se gesta en el conflicto de interpretaciones dadas en un campo, entre productores de la producción simbólica. Así, socialmente se constituye una lógica desde la que ver el mundo. Esto aproxima a Bourdieu con Foucault, pero siempre que evitemos lo que de formalismo tiene la teoría de las epistemes de éste.
El Estado sería quien establece e instituye en cosas y mentes las diferenciaciones, lógicas y clasificaciones que pasan a vivirse como naturales o de sentido común por los individuos. En esto puede colaborar incluso en ocasiones la propia sociología, que escoge como objeto de estudio los objetos creados por el Estado (familia, p. e.). Quien asume esto es el funcionario que labora en el aparato burocrático que precisamente tiende a establecerse como natural, como neutralidad y razón. Así, la ciencia social, en opinión de Bourdieu, no es originada en respuesta de conflictos y luchas dentro de la sociedad, sino que, en su etapa moderna, nace al servicio del Estado. Cabría plantearse, sin embargo, dice Bourdieu, la posibilidad de emplear el margen de libertad que deja el Estado a la ciencia social para utilizarlo “contra” él.
La institución tiende a presentarse como lo natural, olvidando que es producto de un acto institucionalizador, y además, en el caso del Estado, éste crea realidad en las estructuras sociales y mentales de los individuos. El poder del Estado estriba en que concentra y controla en gran medida todos los diferentes tipos de capital (de coacción o fuerza física, económico, cultural-informacional, simbólico, etc.). Esto hace que el Estado posea una especie de metacapital que domina a los demás capitales y que puede reproducirlos fundamentalmente con la escuela. Así, el Estado va configurando el ideal de la ciudadanía y la cultura nacional, con lo que ésta aporta a la imagen de uno mismo. A veces esto se da en un claro nacionalismo burdo o, aun peor, en la confusión de nacional y universal que fundamenta el imperialismo (Bourdieu piensa en el caso de Francia). Se crea, en definitiva, una suerte de moderna religión cívica según la cual el ciudadano está antes que el ser humano, con los peligros que esto conlleva.
El Estado, pues, concentra lo que Bourdieu llama “capital simbólico”, que define como “cualquier propiedad (cualquier tipo de capital, físico, económico, cultural, social) cuando es percibida por agentes sociales cuyas categorías de percepción son de tal naturaleza que les permiten conocerla (distinguirla) y reconocerla, conferirle algún valor”. Sería el capital establecido a partir del valor concedido a algo (a un capital concreto) en función de clasificaciones establecidas socialmente (p. e. elegante-rudo). Lo que estamos diciendo es que el Estado es el que controla este proceso clasificatorio que acaba determinando lo que es bueno y lo que es malo.