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domingo, 30 de mayo de 2010

¿Cómo nos mueve el futuro?


La ineludible cuestión de los fines es una de las más importantes en la pedagogía, siendo abordada por Suchodolski en la obra que estoy comentando en estos días. Según él, en la historia de la pedagogía ha habido tres maneras de hacerlo. Una manera es la religioso-metafísica, que inserta los fines en una finalidad general para la existencia humana establecida de manera absoluta e intemporal. Dentro de las variantes teológica o metafísica, lo más cuestionable de ellas es la subestimación de las condiciones históricas y materiales de la existencia humana. Se da una abstracción de las finalidades que, siendo originadas en el contexto de la lucha de clases, responden en realidad a intereses de clase en una sociedad dividida. Como reacción al enfoque metafísco-teológico, los humanistas afincaron los fines de la educación en la tradición clásica, en los valores clásicos de la Antigüedad. Hay en ellos también un cierto movimiento de fuga de lo presente, aunque para Suchodolski corrigen para bien los excesos de los fines metafísicos y religiosos propios de la sociedad medieval. Se da una valoración de lo humano, dentro del antropocentrismo propio de la modernidad, pero continúa eludiéndose el carácter concreto, material e histórico de los hombres, de la sociedad y el contexto ambiental que determina realmente nuestra elección de las finalidades. Y por último, tenemos el “naturalismo” pedagógico de parte de la Ilustración y el gran Rousseau, con el antecedente de Comenio. Según Suchodolski hay que entender la apelación rousseauniana a la naturaleza del hombre como un cuestionamiento de una sociedad feudal y aristocrática que se opone a los intereses del hombre. Esta apelación naturalista fue utilizada a fondo en la ideología liberal de los siglos XIX y XX, que insistía en reducir el papel del Estado y dejar a la naturaleza ser ella misma, oponiendo el orden natural al desorden de toda tentativa reguladora en relación con lo natural. Aquí, el elemento primitivista (adjetivo literal empleado por Suchodolski al referirse a Rousseau) y revolucionario del ginebrino se torna en ideología que consagra lo dado, es decir, el liberalismo burgués ya despojado del elemento emancipatorio que tuviera en su pugna contra la sociedad aristocrática de castas. Así, el punto de mira de la pedagogía es hacia lo psicológico y lo metodológico-didáctico, soslayando lo social y lo histórico. Se da una potestad a la ciencia para dictar los fines de la educación, de manera que lo que realmente procede de una configuración social concreta, es elevado a una categoría supuestamente neutral. Esto acabó conduciendo a una pedagogía que sobrevalorando lo descriptivo (científicamente) se separa de la reflexión de tipo ético y filosófico acerca de las finalidades. Es decir, se dota a la ciencia de autoridad para dictar los fines a la pedagogía que acaba en ciencia descriptiva y, por tanto, en una disciplina que consagra lo dado. Esto es, y sigo la exposición de Suchodolski, el proceso por el que la pedagogía se ha acabado convirtiendo en una ciencia de la educación (o queriéndolo ser). Pero una ciencia que, ajena a lo contextual, se centra en lo individual o en lo que puede describirse de lo que anteriormente era la naturaleza humana. Se pisa tierra, podíamos decir, pero para enterrarse en ella, una vez que de la antigua naturaleza humana nos quedamos solamente con lo cuantificable. En realidad, la pedagogía que busca describir (y ya nada más) adoptó tres perspectivas, para ser más exactos: histórica (historia de la educación), sociológica y psicológica, tendencias que en efecto, parecen hoy día ser lo propio y lo predominante en la pedagogía. El problema es que entonces la pedagogía deja de ser pedagogía, en opinión de Suchodolski, y se torna algo parecido a la medicina, que desde la descripción científica intenta alcanzar lo normativo. La pedagogía se despolitiza y en lugar de reflexionar sobre los fines, los proporciona de un modo técnico, prescriptivo. Pero como bien señala el pedagogo polaco, en educación las cosas no pueden ser como en medicina, y lo normativo se halla presente ya en el propio método pedagógico, con lo que tras la didáctica habría una apuesta, aun inconsciente, por finalidades. En realidad, lo descriptivo no puede separarse de lo normativo. La propuesta de Suchodolski estriba en acercarse lo más posible a un estudio científico de la educación, pero sin reprimir el hecho de que hay fines y que éstos pueden y deben ser considerados por la ciencia. Hay que abordarlos intentando combinar el estudio de lo individual con lo social, de manera que nuevamente aparece como el principal objetivo de la pedagogía socialista de Suchodolski la unidad dialéctica entre el individuo y la sociedad, intentando superar la escisión entre ambos, de manera que las necesidades del individuo acaben coincidiendo con las de su sociedad. Esto dicho así puede sonar totalitario, pero si entendemos que las necesidades sociales surgen de la participación real del individuo en su sociedad, la cosa debería cambiar, y así es como lo sostiene el pedagogo polaco, independientemente de lo que todos sabemos que acabó ocurriendo en el antiguo mundo del bloque comunista. En realidad es una aspiración del marxismo y lo fue cuando éste dirigió parte del mundo, pero de nuevo habría que estudiar las razones de por qué aquello hizo aguas y mi intuición me dice que la clave podría estar en el dirigismo ilustrado pero en el fondo despótico por parte de un partido o clase política, que acabó situándose por encima de soviets y comunas. Aquí es donde la insistencia de los anarquistas y sus recelos ante la forma estatal de organización acabaron confirmándose, tristemente. En la versión anarquista, que Suchodolski quizás consideraría individualista y burguesa, se da la organización social que mejor podría elaborar la síntesis entre lo comunitario y lo individual. Convendría retornar a la polémica de Marx con Proudhon, en “Miseria de la filosofía” y analizarla teniendo a la vista lo que ocurriera. Pero en cualquier caso, para Suchodolski, el Estado (socialista) sí era capaz de lograr dicha síntesis y así lo va manteniendo a lo largo del libro que estamos comentando.
La manera en que el Estado y la ciencia pueden hallar estos fines para la educación es mediante la incorporación del futuro, analizando las tendencias sociales e históricas y engarzándolo en el presente como algo vivo y formando parte consciente del mismo. Esto es distinto, a su juicio, del utopismo burgués que peca de irreal, y que por tanto o bien sirve como manera de eludir el presente o, aun peor, lo fuerza imponiéndole fines ajenos. Hay que ir realizando el nuevo concepto de trabajo y tarea no rutinaria del ciudadano multifacético y capaz de acceder a las bondades de la tecnología y de la cultura y el conocimiento. Esto es el verdadero humanismo, según el polaco, de un sistema para el hombre y no contra el hombre. “La perspectiva socialista estriba precisamente en la conjugación, la reconciliación de los intereses colectivos y los intereses individuales en un nivel en el que la vida del individuo ya deja de guiarse por los egoísmos primitivos, aun cuando sigue basándose en las aspiraciones individuales a realizar todas sus posibilidades y satisfacer sus crecientes necesidades” (p. 107). De este modo, en el sistema socialista se ofrece la mayor gama de posibilidades de realización para el individuo, que deja de sufrir el peso de una ideología individualista burguesa que obliga a los hombres a ser seres egoístas. Ahora sí el desarrollo individual contribuye al desarrollo colectivo, una vez que la finalidad egoísta es sustituida por la finalidad que podíamos llamar de “realización personal”, con todo lo que este término más adelante explicaremos que también es objetado por Suchodolski. La “naturaleza humana” es mutable y por tanto se presupone el cambio y la transformación constante de individuos y sociedad, frente a todo determinismo metafísico. No hay un deber ser por encima del hombre, bien sea teológicamente establecido o al modo idealista laico kantiano, sino a su medida. En realidad, Suchodolski parece estar haciendo juegos malabares para casar la libertad humana con el determinismo de las leyes que rigen la historia. Parece decir que es el conocimiento de estas leyes lo que nos hace libres, pero esto posee unas implicaciones peligrosas. ¿Es su modelo de sociedad socialista una aplicación en el fondo de la ingeniería social y un tipo de tecnocracia? Me temo que sí. Como ya intuí al comenzar la lectura de este libro, parece presuponer una suerte de élite ilustrada que pone los fines, por mucho que lo niegue, y que acerca su modelo al modelo platónico (!). Por tanto, a un nivel teórico, se puede preguntar: ¿es su marxismo una metafísica encubierta? Incluso, con más mala leche, alguien podría preguntar: ¿es su marxismo una teología encubierta? Porque el esfuerzo marxista por eludir el punto de vista burgués individualista, en principio un esfuerzo que merece la pena hacerse, podría estar encorsetando y suprimiendo el sujeto de la revolución en pro de un objetivismo del hecho y las leyes históricas. O sea, fines “sagrados”. El marxismo alberga esta posibilidad de autoasfixia que ha sido denunciada y se ha intentado resolver desde interesantes perspectivas, como Lukacs, Bloch, el freudomarxismo y la primera Escuela de Fráncfort. La clave podría estar en dejar una mayor o menor apertura al futuro, como en la pedagogía señaló bellamente Iván Illich, cuya pedagogía por cierto fue contundentemente crítica tanto con el capitalismo como con el comunismo, por lo que éstos pueden tener de tecnocracia e ingeniería social.