viernes, 21 de mayo de 2010

La hybris pedagógica

He terminado de leer un libro curiosísimo: Sísifo o los límites de la educación, de Siegfried Bernfeld. Por lo que he sabido, el libro, escrito en los años 20 del pasado siglo, fue recuperado en el contexto de mayo del 68 y muy leído en esa época. Mi lectura, acaso más distante y sosegada que si la emprendiera en medio de aquel contexto epocal, me ha resultado no obstante muy grata y enriquecedora. Es un libro que me ha obligado a repensar la pedagogía desde un punto de vista de los fines y del objeto real de la reflexión pedagógica. El autor prácticamente funda lo que se vendría a denominar freudomarxismo. En él, quizás por primera vez, se realiza la fructífera fusión de dos grandes maestros de la sospecha que se matizan y corrigen mutuamente: Freud y Marx. La tesis principal del libro es el combate contra el idealismo de la pedagogía de origen burgués (Pestalozzi, Rousseau, Froebel y otros) que se basa en un exagerado optimismo pedagógico (las posibilidades infinitas de la maleabilidad humana) que hace que a fuerza de voluntad y trabajo culturalista se pueda transformar hombre y humanidad en un progreso ascendente. Así, el idealismo en la pedagogía concibe la educación como un ámbito separado de las condiciones materiales e históricas y se centra en la propuesta de métodos didácticos capaces de favorecer el desarrollo de las posibilidades y facultades humanas de un modo mecánico. Se sitúa un fin por encima del educando, con la razón, y se encamina el proceso como algo propio, en un universo pedagógico cerrado, el de la educabilidad humana; y con la mera razón se moldea al educando en una transformación en las cabezas y espíritus que se supone hará llegar la transformación social por añadidura. Así, el idealismo pedagógico es culturalista, pues puede prescindir de la economía, la política, la historia e incluso la biología y se centra en lo cultural (ideas, valores, creencias, fines). Así, Bernfeld pone en cuestión una desmesura (hybris) de los pedagogos clásicos que llenos de buenas intenciones y filantropía sincera, adolecen sin embargo de una concepción de la educación como tarea ilimitada que a fuerza de ideales produce el efecto deseado en el educando. Así, su solución pasa por un estudio realista de los límites de la educación que son, además de la propia biología y factores individuales del educando, los señalados por la sociología (marxista) y la psicología (freudiana). Desarrolla en varias páginas un estudio de la educación primera en la familia (monógama y heterosexual) que aplica la teoría freudiana del complejo de Edipo y de los roles femenino y masculino en la educación del niño. Sigue a Freud en la explicación del origen de la sociedad (básicamente lo dicho por él en los libros Totem y tabú y El malestar en la cultura), el nacimiento del principio de realidad y de las instancias culturales superyoicas. Para mostrar detenidamente cómo el modelo infantil de relación con la madre y el padre es replicado durante largos años por la escuela. Viene a explicar que ésta consiste entre otras cosas en una perpetuación de la infancia para aprovechar las potentes fuerzas psíquicas que nos configuran de manera que se vayan creando los sujetos como lo requiere la economía capitalista. El dinero dicta las directrices a la escuela y los sistemas educativos para que éstos vayan ejerciendo su preparación. El producto de la escuela es precisamente la ilusión del idealismo, es decir, la fe en que existe un universo cultural de las ideas escindido del modo de producción y de las relaciones de producción, que desde la distancia y conceptualmente es capaz de obrar transformaciones que, sin embargo, sólo permanecen en las cabezas, sin que en la realidad nada cambie. Su punto de vista marxista de la lucha de clases como origen de la escuela me ha resultado fácil de relacionar con ciertos aspectos que he leído en Bourdieu, aunque como ya señalé en un post anterior, el francés acusa al marxismo de reproducir las dicotomías de la modernidad y la concepción sustancialista de la ciencia. Pero la escuela como ámbito aislado con leyes y características propias, pero que sin embargo responde a la estratificación social clasificando por su origen a los alumnos al tiempo que psicologiza y naturaliza las diferencias, se asemeja a lo planteado por Bernfeld en los años 20. La escuela hace con su universo “neutral” y su lenguaje “aséptico” la jugada a quienes manejan la economía. Sólo en ella y en pedagogos bienintencionados pero nada peligrosos, se permite un intento de transformación que, afortunadamente para los poderes fácticos, sólo se aplica al ámbito de la cultura. Para que lo pretendido en la escuela por los pedagogos se haga efectivo es preciso emprender una transformación de las estructuras económicas y una lucha de tipo político, si lo cual, todo intento subversivo quedará en papel mojado. La escuela es hoy por hoy, según él, un formidable instrumento que sin decirlo claramente y jugando con equívocos sirve al mantenimiento de la configuración económica y social.
Leyendo a Bernfeld se evidencian las debilidades de planteamientos como el de Rousseau e incluso, aunque me duela decirlo, proyectos pedagógicos como Summerhill. La clave es que el mundo no va a cambiar porque cambien las mentalidades. Así de clara y brutalmente lo pone de manifiesto este singular discípulo de Freud. No obstante, el libro está escrito por alguien que centró muchos de sus esfuerzos en la pedagogía, a la que pretende salvar mediante un baño de realidad. No es mala la transformación cultural en sí, sino sólo cuando todo se reduce a ésta. Así, el pedagogo consciente de sus límites, atenderá a éstos para obrar dentro del todo social, conscientemente, desde las leyes que rigen sociedad y psique humana, para que sus esfuerzos sean efectivos. Parece querer que el escindido universo del intelectual bienintencionado se conecte de veras con la sociedad, viéndose como producto de ésta tendente a su conservación. Esto equivale a que el intelectual emprenda un análisis de su papel y sea consciente de las causas de su impotencia para contribuir de manera real a una transformación de la sociedad más allá del plano de las ideas. El intelectual debería sospechar de sí mismo, de que la sociedad le permita condescendientemente transgredir culturalmente sus normas, mientras éste actúa como intelectual o pedagogo despolitizado. Pero al hilo de las transformaciones actuales en la universidad española me pregunto si no sería mejor mantener la figura del intelectual por muy elitista que sea antes que adoptar el modo de realismo de moda que consagra lo dado. Quizás la virtud de estos tiempos sea el que algo que se hacía discretamente, ahora se haga con descaro. Por otro lado, Adorno entendió este elitismo intelectual como precisamente lo que garantiza que el arte no se contagie de las dinámicas opresivas imperantes en el medio social y económico.
En cualquier caso, e independientemente de que nos creamos absolutamente todo el componente freudiano de Bernfeld (un bonito asunto para estudiar, por cierto, sería la posiblemente tendenciosa despolitización de la psicología que ha pretendido ignorar al psicoanálisis, eliminando de sí lo transgresivo, para ceñirse a los hechos, como también ha ocurrido con cierta pedagogía), su tirón de orejas me ha parecido sanísimo, en la medida en que nos pone sobre aviso del peligro de una desmesura pedagógica tan infinita como incapaz. La naturaleza política de todo lo relacionado con la escuela, su posicionamiento ante lo económico, aun más, su servidumbre ante lo económico, deben ser recordadas repetidamente aun a riesgo de parecer cansinos. Por muy obvio que esto sea en la actualidad hay que esforzarse una y otra vez en mirar con exactitud a qué amo se sirve.

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