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sábado, 8 de mayo de 2010

Sócrates como educador.

En el primer capítulo del libro El cultivo de la humanidad. Una defensa básica de la reforma en la educación liberal, la filósofa Martha C. Nussbaum, aborda los elementos de la filosofía socrática que pueden inspirar, y de hecho lo hacen en algunas universidades norteamericanas, elementos del currículo en la educación superior. Estudia esto mediante entrevistas a una muestra de profesores de distintas universidades norteamericanas de todo tipo (privadas, estatales, encauzadas a la enseñanza más técnica y científica o a la enseñanza más humanística, algunas de élite de la Ivy League, etc.). El libro de Nussbaum fue publicado en inglés en el año 1997 por la universidad de Harvard y me ha sorprendido por el arraigo que manifiesta de un cierto socratismo aplicado a la realidad más actual que impregna la enseñanza universitaria norteamericana, quizás mucho más que en Europa. Este socratismo fundamentalmente es el de una tradición crítica de ejercicio de la argumentación para examinar creencias y prejuicios. La profesora Nussbaum explica que esto, contra los recelos de ciertos sectores que denomina “de izquierdas” y “de derechas” pueden manifestar ante una fe en la discusión racional que pretende alcanzar verdades o, al menos, clarificar el pensamiento y las ideas. Ella entiende que un ejercicio socrático de diálogo, análisis crítico filosófico de textos y de tradiciones culturales, junto con un aprendizaje de las buenas maneras de razonar, puede contribuir a consolidar la democracia y a preparar para una mejor ciudadanía. Por esta razón, numerosas universidades en Estados Unidos fomentan la presencia de la filosofía, entendida de un modo socrático, en sus currículos, siendo esto incluso algo obligatorio en muchas de ellas, incluyendo las más enfocadas a la enseñanza técnica y científica. Yo ya sabía que hay una tradición en este sentido en el ámbito anglosajón norteamericano, que parte del valor de la filosofía como pedagogía y preparación para la democracia y la ciudadanía. Esto contrasta con la realidad española que, al contrario, y siendo más papistas que el papa, sólo fomenta lo inmediatamente rentable, marginando la ciencia básica, las humanidades y la filosofía. Esto se ve, en el caso de la filosofía, en las medidas contra ella (o contra la ética) en la ESO y en el bachillerato. El colmo de esto es que en España también se está preparando su posible eliminación de la enseñanza universitaria en muchas titulaciones, con la excusa, una vez más, del mercado laboral y de lo inmediatamente rentable. El norteamericano, gracias a que la filosofía sí ha sido más valorada en EEUU por lo menos hasta 1997, ha desarrollado una cultura de la argumentación y del dar y escuchar razones, esclareciendo las ideas y buscando una comprensión de las razones del otro. Esto es prácticamente inexistente en España. Sobra decir que el analfabetismo del español en este sentido es peligrosísimo y excelente para un ejercicio abusivo y descontrolado del poder en una supuesta democracia. Así, se puede entender (de hecho) la educación para la ciudadanía en España como una asunción acrítica de tradiciones, bien sean tradiciones de la derecha o de la izquierda. Da igual. Esto era lo que en los tiempos de Sócrates el estado exigía a sus ciudadanos, que en su educación absorbieran los valores y tradiciones de la belicosa Atenas. Frente a esto, Sócrates propuso un análisis de las creencias tradicionales y por tanto un nuevo modelo de pedagogía basado en el ejercicio de la razón y del diálogo racional. Esto, como es sabido, lo acabó pagando con su vida. Su proyecto era pinchar al “noble y perezoso caballo” para que echara a andar. O sea, interpreta Nussbaum, que justo era él quien verdaderamente servía a la democracia, y no los partidarios de las tradiciones (Aristófanes). Para ellos, el pensamiento socrático podía acabar haciendo que los ciudadanos se rebelaran contra el estado (acabaran razonando que era bueno pegar a su propio padre, como aparece jocosamente en la comedia “Las nubes”). Nussbaum cree que frente a estos miedos, para evitar que la democracia acabe siendo un mero ejercicio de poder y de enfrentamiento de grupos de poder, hay que desarrollar las mencionadas virtudes socráticas. Ella se cuida, desde luego, de diferenciar a Sócrates del nada democrático Platón, por lo que acude a los primeros diálogos que éste pone en boca de su maestro. Aunque se sea socrático con lo socrático (crítico con la tradición socrática), su espíritu de análisis de las creencias es bueno para cualquiera y garantiza un mayor control de los posibles abusos por parte del poder. En este sentido, Nussbaum es muy crítica con lo que califica, a mi juicio excesivamente, de meras modas intelectuales que pone juntas en el saco de la posmodernidad. Bien es cierto que el pensamiento posmoderno, como el escepticismo griego antiguo, es contradictorio (contradicción performativa), pero no soy yo partidario de eliminar por las buenas a autores como Derrida o Foucault que merecen ser muy bien leídos y considerados como inteligentes aportaciones llenas de matices a la filosofía. Nussbaum se ubica, pues, en una tradición próxima al espíritu de la filosofía analítica (que también es muy diversa), muy anglosajona, y de la que recupera también elementos pragmatistas (le encanta Dewey, por ejemplo). Apuesta por una posibilidad de marchar racionalmente en pos de verdades, aun dentro de la dificultad que plantea el conocimiento en general, como la forma mejor de asunción de la interculturalidad (Estados Unidos es una sociedad asombrosa y admirablemente multicultural). Los planteamientos posmodernos que cifran el respeto en un relativismo cultural, pecan, según ella, de propiciar justo lo contrario de lo que dicen: la moral del más fuerte y de las mayorías más privilegiadas. La buena defensa de una minoría étnica frente a imposiciones y abusos, por ejemplo, estriba en el ejercicio de la razón como manera de impugnar creencias que son meros prejuicios. Así, Sócrates expresa una buena pedagogía para una ciudadanía intercultural tan requerida en Estados Unidos y en ya prácticamente todo el mundo. Para ella todo análisis y desvelamiento de injustas dinámicas de poder ha de hacerse desde el socratismo y el uso de la argumentación.

De todos modos, el fenómeno del poder es complejo y aunque su estudio y análisis presupone ciertamente un logos acaso de corte socrático, también requiere un abordaje como el de las filosofías de la muerte del sujeto, el pensamiento de la diferencia, la hermenéutica, el materialismo dialéctico o incluso algunos existencialismos, que Nussbaum, en este capítulo, parece eludir con excesiva rapidez. Gran parte de los posmodernos, por cierto, creo que significan una exacerbación del elemento disolvente y “suicida” ya presente en el logos socrático e ilustrado. Por otro lado, resultaría interesante relacionar el planteamiento socrático de la norteamericana con la filosofía continental de la reilustración de Habermass y Apel, destacando algunas similitudes.