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martes, 1 de junio de 2010

De humanismo y reconciliaciones.


Se adentra Suchodolski en la cuestión antropológica haciendo una revisión de viejas teorías a las que contrapone la visión del materialismo histórico que se desmarca tanto del dualismo (carne y espíritu) como de la concepción tripartita de lo intelectual, lo moral y lo estético como ámbitos separados (Kant). Según él, la distinción de esferas es el resultado del poder de la Iglesia sobre los individuos, que distingue interesadamente un ámbito laico del conocimiento con el ámbito monopolizado por ella y la familia cristiana de lo moral. Fuera de estos intereses, el esquema de las parcelas escindidas se supera y retorna una integración de las mismas como, según el pedagogo soviético Suchodolski, ocurre en la sociedad socialista. En realidad, no descarta que se hable de ámbitos dentro de lo psíquico o lo antropológico, sino que denuncia la no integración ni interrelación de los distintos ámbitos del ser humano. Esto repercute en la concepción de la psique, que trataremos más adelante al hilo de la exposición del autor polaco, y de la teoría de la acción. No ve con malos ojos la que denomina “pedagogía burguesa” de principios del siglo XX que es la pedagogía del activismo y de la educación por el trabajo que aplica un concepto complejo de razón que abarca lo práctico inseparablemente de lo teórico. En este sentido, elogia el planteamiento de John Dewey quien, como señalamos en algunos posts dedicados al mismo, enfatiza la necesidad de que el niño escoja fines en su aprendizaje que resulten significativos para él por estar vinculados con su experiencia vital. Los fines se buscan en la acción y sólo tienen sentido en efecto como motores de la misma, nunca como objetos separados de ella al modo de valores ahistóricos y exteriores a la experiencia del sujeto (Scheler). Ésta es la típica perspectiva pragmatista del norteamericano que criticamos en su momento, señalando aspectos negativos y positivos de la misma. Resulta hasta cierto punto lógico que Dewey guste al soviético porque ambos insisten en la unidad del pensamiento y la acción. Aunque como es obvio, el análisis de la historia del marxista es diferente del pragmatismo deweyano que resulta más una filosofía del presente, que la introducción de la historia, vista desde la perspectiva materialista, en el presente del educando que lleva a cabo Suchodolski. Pero es cierto que Democracia y educación de Dewey rompía con prejuicios y esquemas conservadores, como es la separación de la enseñanza (que incumbe a los conocimientos) de la educación (que incumbe a lo moral). Para Dewey lo moral por supuesto existe, pero integrado e indisolublemente ligado al saber. Así ve las cosas también Suchodolski, poniendo el punto de mira en algo que a poco que pensemos resulta obvio, o sea, la moralidad presente en cualquier aprendizaje, tanto en la forma como en los contenidos. Así, lo individual está ligado a lo social, o lo intelectual a lo moral, en estas pedagogías que surgen como alternativas a los esquemas de pedagogías más conservadoras. La propia ciencia, la “formación del concepto del mundo” es una tarea de enseñanza y de educación que incluye lo moral. En la visión de Suchodolski precisamente el conocimiento científico del mundo (natural y social) genera una cierta moral, es decir, una nueva actitud que podíamos denominar vital o existencial. La liberación (concepto histórico, político y moral) es para Suchodolski tarea de la ciencia (materialismo histórico). Y en la pedagogía socialista el arte, la técnica, las formas sociales de producción, las relaciones e instituciones sociales, todo ello, educan. De la misma manera, hay una unidad dialéctica entre hombre y ciudadano. Por el contrario, como señaló Rousseau, en la sociedad capitalista hay una división trágica entre el ideal del hombre y el ideal del ciudadano. De ahí la vaguedad e idealismo que Marx denunciara en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, de corte burgués. Lo propio del mundo burgués es la pretensión de realizar idealmente lo que de hecho no lo está en el mundo material. Así, el utopismo resultaría encomiable por sus buenas intenciones, pero nada más. Esto lo vio, según Suchodolski, el pedagogo suizo Pestalozzi, que en la arena educativa aprendió que toda educación presupone una sociedad concreta, y por tanto, hay un límite, como nos recordaba Bernfeld, a las especulaciones de la pedagogía más idealista, que se sustenta en el hecho de que la educación siempre es hija de una sociedad concreta.
Creo que las críticas al idealismo pedagógico en estos autores (Bernfeld, Suchodolski, Dewey e incluso Pestalozzi) son acertadas y nos ponen en guardia ante una tendencia a la desmesura y a la exageración del poder de la pedagogía que se basa en la educabilidad entendida como algo abstracto. Conviene acudir a la materialidad de lo humano que impregna también, por supuesto, a los productos culturales. Pero esta materialidad, y aquí también debemos ponernos sobre aviso, no deber confundirse con formas reduccionistas de entender lo educativo y que mencionábamos en el post anterior: sociologicismo, psicologicismo, biologicismo e historicismo. Todo ello responde a la pretensión de abordar lo educacional como dato o hecho, es decir, se trata de formas de un positivismo cuya equivocación estriba en su unilateralidad. Frente a ello, el propio Suchodolski aboga por una recuperación del elemento humano en una suerte de humanismo marxista que intenta contemplar al hombre como realidad compleja y como hacedor y producto, al mismo tiempo, de la historia. Hay una actividad del sujeto que opta por ciertas transformaciones en su medio, pero en una opción consciente y consecuente, al mismo tiempo, con lo que de hecho existe en el medio. Así, Suchodolski intenta eludir el mismo peligro reduccionista en el marxismo, aunque evitando cuidadosamente incurrir en el polo subjetivista. Se esfuerza mucho en explicar su solución marxista, pero uno inevitablemente tiene que echar mano mentalmente de otras formas de marxismo y de autores que él apenas nombra por lo que llevo leído. Su clave de bóveda es el hombre reconciliado por fin, tras los siglos de conflictos y divisiones en la sociedad que generan las antropologías dualistas. Toda educación es parte, en realidad, de una sola experiencia que experimenta la realidad presente y, al mismo tiempo, va anticipando lo nuevo y, por tanto, transformando la realidad presente. “Pero el hombre es – por encima de todo – un ser que aspira a rebasar las condiciones de existencia imperantes, a evadirse y superar la realidad presente. En la técnica y el arte, en su actividad social, el hombre crea una realidad nueva, crea su propio mundo material, social e imaginario” (p. 167). 
Dentro de una concepción procesual de la existencia humana el hombre experimenta y hace como forma de existencia específicamente humana. Es diferente a la animalidad a secas aunque la incluya sin escisiones, ya que lo animal carece de historia en el sentido en que lo humano dispone de ella. El animal humano se realiza actuando en su medio, que es natural y social, realización que a lo largo del tiempo compone una historia. Así, la educación tiene como principal instrumento el medio social, con el cual va interactuando el educando. Esto me recuerda enormemente a Dewey, del que lo separa, a Suchodolski, la idea específicamente marxista de la historia. Pero la educación como producto de un medio, del “diálogo” con el mismo, de la multiplicación y profundización de las experiencias que producen la profundización en el conocimiento es la clave de la pedagogía de ambos. Se da una comprensión de la historia que en Dewey resulta más lineal y en Suchodolsky es evidentemente dialéctica en el sentido marxista. Es esta dialéctica de la historia la que el hombre ha de ir captando, lo que resulta la mayor aspiración de la pedagogía. Para él el dinamismo humano es dialéctico y la relación que el educando manifiesta con su medio social es ya una dialéctica de hecho que se aprende sobre la marcha. El conocimiento teórico llegará como fruto maduro del proceso educativo que tiene un fuerte componente de recreación de la realidad.
Así pues, tanto en Dewey como en Suchodolski hay una crítica a la Ilustración burguesa, pero hay matices que los diferencian entre sí. En el caso de Suchodolski resulta fundamental el concepto marxista de trabajo, como intercambio productivo con el medio y en el contexto de unas formas específicas de relaciones sociales (de producción). Para Dewey, la actividad del educando se apoya en el concepto pragmatista de “experiencia” en el que lo teórico y lo práctico, o lo social y lo individual también se unen. Para Dewey el hombre, también, es un homo faber aunque habrá actividades más adecuadas que otras, es decir, más adaptativas. No hay una dirección de la historia al estilo marxista. Porque quizás sí pueda decirse de Suchodolski que su planteamiento es teleológico. Si es el caso que, con mayor o menor soterramiento, su pedagogía marxista implicase un saber por encima de lo práctico, capaz de otear más allá de lo inmediato, podría haber una cierta teleología en el mismo. Se trata de una tensión que aun reconociendo que no hay teoría fuera de la acción humana, hay ideas que forjan la realidad. Quizás él, como cualquier marxista ortodoxo, no lo reconocería, pues siguiendo a Marx critica el hegelianismo, pero parece que tiene que aceptar que algo mueve el mundo desde un nivel estrictamente cultural o conceptual. Es aquí donde tocamos con una larga discusión dentro del marxismo que cuando nos ocupamos específicamente de la educación no puede sino salir a relucir con más fuerza.