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domingo, 20 de junio de 2010

El alcance de los maestros

Tras haber revisado las distintas perspectivas a la hora de analizar y comprender el fenómeno del currículum oculto, Henry Giroux sienta las bases primeras para lo que va a constituir su enfoque, el de una pedagogía crítica capaz de entender el mencionado fenómeno y, por extensión, todo lo educativo en toda su complejidad. Su enfoque aúna la perspectiva macroscópica de las conexiones generales con el sistema económico y la sociedad en las que se enmarca lo educativo, con la perspectiva microscópica que recoge la infinidad de singularidades y la casuística propia de un fenómeno plural y complejo como es la educación y la escuela. Entiende por tanto lo escolar como algo a la vez autónomo y específico (al modo de las teorías de la reproducción), por un lado, y, por otro lado, vinculado al todo social e histórico (al modo de las teorías clásicas marxistas). Así, en la escolarización se dan fuerzas a menudo contradictorias, de oposición y resistencia, o de adaptación y reproducción de lo dado. Por eso, “la escolarización debe ser analizada como un proceso social en el que los diferentes grupos sociales aceptan y rechazan las mediaciones complejas de cultura, conocimiento y poder que dan forma y significado al proceso de escolarización” (p. 90). Centrarse en algo como el currículum oculto tiene la ventaja de ahondar en lo no inmediato, lo subyacente que ostenta a menudo las claves más importantes de lo que está ocurriendo verdaderamente en la escuela. Esto se opone a las teorías más conservadoras y tradicionales que resultan ciegas al hecho de que hay resistencias a lo hegemónico que también ocurren en la relación escolar-educativa. Así, Giroux afirma: “El concepto de currículum oculto es importante en esta instancia porque rechaza la noción de inmediación que corre a través del discurso de la teoría del aprendizaje tradicional y del de la lógica de la racionalidad tecnocrática” (pp. 90-91).  Porque la escuelas son a la vez “sitios de dominación y contestación” (p. 91). Para ser sensible a esta realidad Giroux vuelve a indicar la validez de una “dialéctica negativa” de raigambre adorniana que recoja las numerosas contradicciones en que se expresa este conflicto de aceptaciones (identidades) y resistencia (negatividades, oposiciones) ubicado en la escuela. Así, se desmonta la concepción oficialista de la realidad escolar. La actitud del estudioso dialéctico sería la de la permanente sospecha ante lo que se cuenta y hace en apariencia, por lo que a la vez que estudia y describe, interroga y cuestiona las explicaciones más “vendidas” y oficiales. Se trata de mostrar lo falso del discurso de la objetividad y la neutralidad en la pedagogía, adquiriéndose un compromiso crítico para ver a través de las justificaciones ideológicas y denunciar mitos y reificaciones aunque se presenten con el barniz de lo racional y lo objetivo. La práctica como dato suele ser, en este sentido, engañosa, y una teoría ajustada sin fisuras a la misma, a su superficie, contribuye a la consagración acrítica de lo dado. Aunque bien es cierto que existe también el peligro de una excesiva autonomización de la teoría que contribuya al olvido y, también en este caso, al encubrimiento ideológico, borrando todo rastro de la a menudo contradictoria realidad económica, histórica o social. Su función ideológica en este caso es servir para la consagración de unas condiciones concretas abstraídas y mistificadas, es decir, en las que lo contingente de las mismas es interesadamente borrado. O mejor dicho, lo contingente es convertido en esencial. En cualquier caso, como recuerda el propio Giroux, lo que necesita la teoría es mantener una cierta distancia si quiere cumplir un papel emancipatorio, pero sin desconectarse del todo, manteniendo unos vínculos explícitos y conscientes con la práctica y, sobre todo, moviéndole un interés por la emancipación en el terreno de la praxis. Así que debe haber una tensión entre teoría y praxis que es sana y lo que hay que evitar es la absorción de una por la otra. Todo este proceso ambiguo de lucha o de justificación de lo dado en que se ve envuelto el intelectual es descrito y analizado por Gramsci, por ejemplo, autor también de diversos escritos sobre educación y pedagogía que expondremos en su momento.
En definitiva, para Giroux, la función de la teoría crítica en pedagogía es dual: “(…) por un lado, intenta unir las experiencias sociales con el desarrollo de modos de crítica que puedan interrogar esas experiencias y revelar tanto sus fuerzas como sus debilidades; por otro lado, señala la forma de una praxis moldeada con nuevos modos de pensamiento crítico que apunten a reclamar las condiciones de una existencia autodeterminada” (p. 94). Lo que revela, desde esta perspectiva, el currículum oculto es precisamente la conexión entre clase social y cultura. “Aunque las escuelas son sitios culturales marcados por relaciones complejas de dominación y resistencia, el discurso oficial de la escolarización despolitiza la noción de cultura y desestima la resistencia, o al menos, el significado político de la resistencia” (p. 94). Queda claro que el concepto que aquí maneja Giroux como clave es el de “ideología”, entendido en un sentido no únicamente como discurso encubridor y justificativo y comprendiendo en el mismo un acto de creación y, a veces, resistencia a lo dado. “Ideología (…) se refiere a la producción, interpretación y efectividad del significado. Contiene tanto un momento positivo como uno negativo, cada cual determinado, en parte, por el grado en el que promueve o distorsiona el pensamiento reflexivo y la acción. Como distorsión ideológica llega a ser hegemónica; como iluminación, contiene elementos de reflexión y los fundamentos para la acción social” (p. 95). Aquí es evidente la huella del pensamiento de la primera Escuela de Frankfurt y de Gramsci. Además de la denuncia de las ideologizaciones encubridoras, la teoría ostenta un papel de mayor positividad como búsqueda de vías para la emancipación. Aúna interés científico-reflexivo con un interés por la incidencia activa en la historia y el abordaje emancipatorio de los conflictos. En realidad esta imbricación de normatividad y ciencia descriptiva se da siempre en todo discurso científico e investigación, pues todo lo humano es político y normativo (ético), pero ahora se trata de traer este componente a la consciencia y de agarrar el toro por los cuernos, como se persigue en la psicoterapia freudiana, por ejemplo. Así, Giroux propone un tipo de maestro que sea un intelectual, capaz de emprender este tipo de abordaje teórico crítico complejo, so pena de convertirse en un mero agente de reproducción cultural. “Por lo tanto, si los maestros van más allá de ser agentes de reproducción cultural para ser agentes de movilización cultural, ellos tendrán que comprometer críticamente la naturaleza de su propia formación y participación en la sociedad dominante, incluyendo su papel como intelectuales y mediadores de la cultura dominante” (p. 97). Giroux trae a colación, en este sentido, algunos estudios de análisis de contenido por los que se destapa la complicidad existente muchas veces con el statu quo (p. 99). Para no ceder a esta tentación, el maestro puede centrarse en la noción de currículum oculto por la que se puede tomar conciencia de esta problemática asociada a su trabajo. Mediante esta labor, podría denunciar la división del trabajo pedagógico en distintos grupos de especialistas como una forma de castrar el potencial subversivo del maestro y de limitar su autonomía.  Se trata de poner el acento en las interesadas escisiones como la que hemos nombrado supra entre trabajo teórico y trabajo práctico, entre muchas otras. Es cierto que la organización requiere una cierta división de funciones, pero de ahí a convertir la escuela en una cadena de montaje o en una empresa, como sucede en muchos países y se tiende a implantar en España, por lo menos en la universidad, hay un abismo. Mediante la parcelación y segmentación de funciones se pierde de vista lo más importante, que es el paisaje en el que uno verdaderamente está y se mueve. Esto entronca con la tan denunciada rutinización y tecnocracia a nivel general en la sociedad por parte de la Escuela de Frankfurt o Marx, por ejemplo.
A nivel filosófico, el énfasis de Giroux es en un equilibrio entre el subjetivismo donde lo histórico y lo social parece no existir, por un lado, y la visión del maestro como agente de una función social asignada y enmarcada institucionalmente. En ambos casos, el maestro cumple una función ideológica de justificación de lo dado y de encubrimiento de los conflictos sociales, según el pedagogo norteamericano. Se trataría, antes bien, de que el maestro asuma por fin un papel activo en lugar de la pasividad que significa ceder a ciertas dinámicas, y pase a entenderse como, más allá de lo institucional, un agente de transformación y acción social con implicaciones políticas. Como dice el propio Giroux: “La mayoría de los acercamientos que caracterizan esta literatura [sobre el currículum oculto] esencialmente disuelven, entre otras cosas, la noción de política en una falsa celebración de la subjetividad o en un igualmente falso tratamiento de los estudiantes y maestros como apoyos sociales que pasivamente llevan a cabo los requisitos de las estructuras sociales amplias” (p. 100). Hay que detectar las ideologizaciones para cambiar la reproducción cultural por la acción social y la intervención cultural. En esto, Giroux, como creo que cualquier está obligado a hacer si busca un sentido ético y emancipatorio para su trabajo, adopta un moderado culturalismo propio de corrientes neomarxistas. Se trata de lo cultural como lugar de lucha y transformación, pero, como hemos resaltado, estrechamente vinculado con las transformaciones más básicas y generales en la sociedad.