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viernes, 25 de junio de 2010

El interés que nos guía



Tras una serie de críticas a las teorías de la resistencia de corte marxista entre las cuales hemos mencionado alguna en el post anterior, Henry Giroux emprende su primer intento por superarlas y encaminarse hacia una teoría de la resistencia válidas. Se trata de la definición de una forma de resistencia que abarca el campo de lo moral y de “la indignación política”, lejos de entender todo acto de resistencia como mera desviación de la norma o patología individual. Para esto, además, hay que ponerse de acuerdo en unas cuantas preocupaciones y supuestos en torno a la escuela que implican sobre todo a la idea de dominación. Lejos del estatismo con que algunas teorías reproduccionistas explican y describen todo acto de dominación como opresión hacia sujetos pasivos, Giroux entiende la dominación como una situación que genera en el oprimido una interacción y diversidad de experiencias que van moldeando el curso de la propia opresión, a veces contradictoriamente. Así, hay que recuperar la discusión en torno a categorías como intencionalidad, conciencia, sentido común y comportamiento no discursivo. El poder, frente a Foucault, se ejerce también como resistencia en la dirección del débil al fuerte. “el poder no es unidimensional; es ejercido no sólo como modo de dominación sino también como acto de resistencia o como expresión de una forma creativa de producción cultural y social fuera de la fuerza inmediata de la dominación” (p. 145). Hay conductas que escapan a la lógica del dominio, en campos diferentes como lo religioso o lo existencial. En estos ámbitos se da una creación que contrarresta al poder más hegemónico, y puede hallarse en ellos “imágenes fugaces de libertad”. Aquí es evidente que Giroux vuelve a rendir tributo a la primera Escuela de Frankfurt y a su gusto por la psicología profunda. Las formas de resistencia en el universo de lo cultural ocuparon numerosas páginas en Benjamin o Adorno que, recordemos, creían posible la resistencia y la anticipación de alternativas aunque de modo onírico o artístico, a menudo dentro de lo inconsciente. Las verdades sociales y los sueños de liberación se sugieren y expresan oscuramente en ciertas parcelas del todo social. Pero hay en esto una extraña ambigüedad, porque cabe preguntarse cómo es posible cuestionar el todo desde una de sus partes situada dentro de ese todo. O sea, y Giroux también lo ve, es preciso apelar a una cierta trascendencia (utopía) que se sitúe fuera del todo cuestionado. Si no es así, Giroux afirma que estaríamos en el universo del todo cerrado que se autorreproduce tal como lo defienden las teorías de la reproducción social (Althusser) o cultural (Bourdieu). Esto lo comentamos como un problema de difícil resolución en el caso de la teoría crítica de Adorno o Horkheimer, señalado por el profesor Luís Sáez en su excelente libro sobre corrientes actuales en la filosofía (aquí). La cuestión es cómo abandonar cierto pesimismo fatalista de tipo orwelliano. 

Giroux juega con un concepto de razón que apuesta deliberadamente por la emancipación, como su interés y guía. Se trata de una razón que escape al imperio del hecho consumado y el dato empírico propio del positivismo más próximo a lo representativo. Una razón consciente de que incorpora elementos normativos y que los escoge en función de lo emancipatorio, o sea, lo que aspira a situar a la humanidad fuera del círculo infernal en que se encuentra. Aquí situamos varias filosofías que han incorporado lo que Bloch denomina “principio esperanza”, como una suerte de salida o dynamis de apertura que vertebra la historia. Y en el caso de la crítica, ésta consiste en hallar los intereses y fines que mueven el conocimiento ineludiblemente, sacándolos a relucir, de un modo que recuerda a algunos textos de Habermas (Conocimiento e interés). De este modo, para la resistencia no sólo cuentan los fenómenos de oposición, sino si éstos son dinamizados por un interés emancipatorio (“un interés en el proceso de desarrollo de la conciencia radical y en la acción colectiva crítica” (p. 147)). Así, es rechazado en concepto positivista de un supuesto conocimiento de los actos de resistencia basados en la lectura literal y lineal de la observación inmediata. “(…) la resistencia necesita ser vista desde un punto de partida teórico muy diferente, que vincule a la manifestación de la conducta con el interés que ésta contiene. Como tal, la clave está en ir más allá de la inmediatez de la conducta hacia la noción del interés que subyace a su frecuente lógica oculta, una lógica que también tiene que ser interpretada a través de las mediaciones históricas y culturales que le dan forma” (p. 148). Con esta concepción, no podemos evidentemente abordar los fenómenos de la escuela y la educación de un modo limpiamente causal y superficial, sino que hemos de bucear en los intereses que laten tras dichos fenómenos, intereses de dominación o de resistencia. Hemos de abandonar el tranquilo universo escolar de las teorías más tradicionales o culturalistas, para hacernos sensibles a la lucha compleja entablada en el seno de las instituciones educativas, según Giroux. Será función de la teoría educativa el hacer visible este entramado complejo, para esclarecer intereses en juego y formas de dominación o resistencia. En este contexto saldrán a colación numerosos modos de desactivar el espíritu crítico y las posibles alternativas. En definitiva, de lo que se trata es de leer la conducta de los implicados en los procesos educativos y escolares, incluyendo lo no discursivo, para aventurar formas de intervención humana en orden a la superación de lo patológico.