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jueves, 10 de junio de 2010

Génesis del autoritarismo: la pista freudiana I

La Autoridad es el objeto principal de la reflexión y análisis de Gerard Mendel en su libro La descolonización del niño. Es un tema que en la época en que el libro se escribió estaba candente, en el contexto de Mayo del 68 y los años inmediatamente posteriores. Pero independientemente de modas en la historia del pensamiento, me parece que para cualquiera que esté interesado en pensar la educación, como intenta hacer este blog, la autoridad y el autoritarismo deben ser escrupulosamente analizados. Hemos seguido la línea, a lo largo de los posts más recientes, de una confrontación con el punto de vista marxista, sin entrar en los detalles en que habría que entrar, debido al carácter propio de un blog divulgativo. En este sentido, me ha parecido que es el tema de la autoridad uno de los puntos de obligada discusión a la hora de considerar el marxismo que se llevó a la práctica en la antigua Europa del Este, para lo cual nos está sirviendo de modelo el pedagogo polaco Suchodolski. En realidad, uno debe acudir al pensamiento marxista escrito, pero no debe olvidarse un estudio de tipo histórico y descriptivo que intente comprender cómo fue interpretado de hecho y llevado a la práctica el marxismo en el mencionado período y contexto. Es la comparación de esta doctrina del socialismo real con un tipo de enfoque de connotaciones similares al freudomarxismo, como es el pensamiento pedagógico de Mendel, lo que a mi juicio da más o menos en el clavo. Este autor coincide con una línea que en la vida de este blog se ha ido manifestando, la de que lo puramente histórico descriptivo (o económico o sociológico) no es suficiente para ahondar en esa sima que nos constituye y de la que emergen los fenómenos de poder, la solidificación de las relaciones humanas (en especial en la relación educativa, es decir, la escuela) y, en definitiva, lo que Mendel refiere con el término “autoridad”. Esas simas a las que me refiero, ciertamente, son mucho más que lo psíquico, aunque en esta serie de post no salgamos de ello. Se trata del mismo fondo de donde, tal vez, procede lo épico (pinchar aquí y aquí), los deseos, lo numinoso y la religión, e incluso el prurito metafísico, el asombro y el afán de saber. Pero como digo, por ahora, nos quedamos con ese pozo de más reducido tamaño que denominamos lo psíquico o la psique. Al menos, lo psíquico tal como lo entiende el psicoanálisis, y no necesariamente toda la psicología, como la que, en una apuesta de corte más positivista, ha optado por lo representativo y la descripción de “lo presente” como camino (es cierto que el psicoanálisis también pretende ser ciencia, pero no tiene más remedio que dejar de serlo en parte).
La autoridad nace y deviene siempre, según Mendel, en violencia. Todo el barniz institucional no es más que, en palabras del francés, una máscara. Su libro pretende revelar lo que oculta esa máscara, que coincide en gran medida con lo mítico originario. Originario en varios sentidos, ya que su origen se refiere también a los primeros años de la vida humana. El modelo clásico freudiano del niño y sus relaciones más atávicas con la madre, primero, y con el padre, después, cuando aún no se ha desarrollado ni siquiera el lenguaje, será lo que a nivel social se va reproduciendo en las instituciones, de manera que el individuo responde a un viejo condicionamiento inconsciente. Mendel acude a Pavlov igual que a Freud, relacionando ambos o más bien incluyendo la teoría del condicionamiento de Pavlov en el psicoanálisis freudiano. Aunque en nuestro mundo la autoridad se materializa en leyes y códigos, en realidad en última instancia se basa en un carisma tal como lo especificó Max Weber. Este carisma o halo sagrado implica que siempre haya, señala con insistencia Mendel, un misterio en torno a la autoridad, una tiniebla o una insinuación mágica. Igual que el adulto es para el niño pequeño, la persona que ostenta la autoridad representa algo misterioso y recóndito que apenas se vislumbra. En este contexto, la relación humana caracterizada por lo autoritativo es desigual. Hay una pirámide que en su cúspide ostenta lo que funda la relación de autoridad, lo que dona su prestigio y carisma a la autoridad. Este fundamento trascendente puede ser de muchos tipos, religioso o laico: los dioses, Dios, el Estado, el Sentido de la Historia, etc. Hay una dimensión marcadamente vertical que reproduce las verticalidades de la infancia, las cuales se proyectan como una sombra en las de la vida adulta. Esto es algo muy evidente por ejemplo en las monarquías actuales, en cómo los súbditos idealizan y mezclan a las autoridades con figuras paternales o maternales (Mendel, como Freud, hace una diferencia entre ambas). Se trata de la clásica fotografía del político de turno con un niño en brazos, por ejemplo, o el paternalismo de algunas figuras religiosas, o, como hemos dicho, la realeza. Recuerdo que Adorno en cierto lugar expresa fuertes recelos ante la idolatría hacia los reyes propia de muchos europeos, que él consideraba peligrosamente propensa a la revitalización del fascismo, en los años cincuenta. Precisamente, el Adorno de la investigación colectiva La personalidad autoritaria, será otra baza que hemos de tener bien presente en nuestra aproximación, de la mano de Mendel, al autoritarismo.
A pesar de la estrecha relación con la violencia, lo propio de la autoridad es poder prescindir de ella. Aun más, “(…) la gran ventaja que ofrece la Autoridad para quienes la detentan es que permite obtener un resultado análogo –e incluso netamente superior en eficacia- al que se obtendría con el empleo de la fuerza nuda, ahorrándose la aplicación de la misma” (p. 44). Porque la autoridad es la máscara encubridora de la violencia (p. 45). Esa máscara es a lo que los individuos estamos preparados para reverenciar. Y formando parte de ese misterio o halo mágico secreto del que se revista, como hemos señalado, está la necesidad de que la Autoridad mantenga la distancia. Para mantener su prestigio, la Autoridad debe mantener la distancia y no mostrarse en su faceta “humana”. La autoridad proporciona su protección y “los pequeños” ganan seguridad. Esto guarda una relación con la teoría psicoanalítica en que se basa nuestro autor: “La cura psicoanalítica es prácticamente imposible cuando el paciente, desde un principio, lo sabe todo de su analista. Pero uno de los objetivos de la cura, y no el menor, está en que el paciente se haga consciente de esta idealización y recupere sus elementos por cuenta propia” (p. 48). Tiene que haber una distancia, unas tinieblas de por medio, así como una paralización del espíritu crítico en el intimidado espectador. Es como si se ejerciera una suerte de hipnosis muy evidente en los actos multitudinarios del nazismo, por ejemplo. Al hilo de esta lectura, he buscado discursos de los jerarcas nazis en youtube y he podido comprobar cómo, en efecto, esto es así. Los gestos estudiados de Hitler, su histrionismo, su cadencia, los rítmicos tambores de las juventudes hitlerianas, los movimientos estereotipados en el público (alzando y bajando acompasadamente sus brazos en el saludo fascista). Y respecto al contenido de los discursos, la insistencia en tópicos, los clichés racistas repetidos con monotonía y exaltación al mismo tiempo, se suceden sin ilación, sin apenas argumentar; las majestuosas apelaciones al heroísmo, a la unidad y el sacrificio, a la subordinación a algo trascendente (Alemania, destino, sangre, etc.). Todo pensado al milímetro al tiempo que profundamente irracional. El nervio sin más, la desmesura de una afirmación con raíces en la nada. Pero lo preocupante ha sido constatar estos movimientos, como dice Adorno, en nuestra actualidad, en el perturbador fenómeno de la autoridad.
Llegado a este punto deseo hacer una precisión. Cuando se habla de ausencia de autoridad en nuestras escuelas, las palabras nos pueden llevar a engaño. En realidad, los abusos y manifestaciones violentas, las faltas de respeto a los maestros por parte de los niños entran de lleno en el pathos autoritario. Aquí, habría que afinar con las teorías psicoanalíticas y aunar, de nuevo, sociología con psicología, para comprender en todo su alcance y dimensiones la raíz de lo que está quizás ocurriendo en las escuelas españolas. Digo esto y lo dejo así dicho en espera de que al hilo de Mendel vayamos afinando y comprendiendo este problema que nos planteamos desde la realidad práctica educativa, pero también, y justo por eso, en la teoría. Baste señalar que el autoritarismo es sutil en muchas ocasiones, que incluye manifestaciones afectivas y emociones profundas, que pertenece a esa trastienda de la conciencia que todos tenemos, y que, generalizando, es una infancia no superada y reproducida en interminables variantes. “El fenómeno de la Autoridad parte de unas características psicológicas, sociológicas y políticas existentes en el pasado” (p. 51). Es, pues, “un fenómeno sociopsicológico arcaico que podría y debería ser superado” (p. 51). La autoridad, podríamos decir, captura a la persona subordinada empleando potentes recursos inconscientes y lejanas emociones.