StatCounter







martes, 8 de junio de 2010

"La descolonización del niño", de Gerard Mendel

Recientemente he señalado que la cuestión del poder requiere ser tratada desde distintos ángulos. Me ha parecido que la línea del marxismo más o menos ortodoxo del pedagogo de la Polonia comunista Suchodolski tenía un punto débil en su concepción del poder, al que aborda de un modo simplista. Me refiero a que la concepción marxista sobre el poder político y el Estado, aun como fases transitoria  hacia la sociedad sin clases, nunca ha acabado de convencerme. Esto fue ya en tiempos de Marx, en efecto, un punto de fricción con Bakunin y los anarquistas, que sospecharon de la forma estatalista en sí misma. De hecho, se ha dicho que lo que hubo en la URSS fue, en realidad, un capitalismo de estado en el que la participación real del pueblo no estaba del todo asegurada. Esto puede obedecer a una debilidad de la teoría marxista o a una infravaloración de factores que al ser considerados burgueses fueron rechazados, como es el origen en gran medida psíquico de los fenómenos de autoridad y poder,  fenómenos que acabaron haciendo que  fracasara el pretendido fin de la sociedad sin clases.

He mencionado en posts anteriores que el freudomarxismo trata de enmendar este olvido del componente psíquico tan trascendente en el comportamiento humano, como algo profundo, inconsciente, pulsional, arcaico y que en la forma de mitificaciones de ciertas figuras como los grandes jefes (Stalin, por ejemplo) reaparece por mucho que pretenda reducirse el poder a lo estrictamente histórico. El hombre, en realidad, es un todo, y debe ser explicado lo humano desde todas sus vertientes, como por ejemplo, la psíquica. Así, concepciones de tipo revolucionario pero anarquizantes, como quizás fuera el propio freudomarxismo o incluso Adorno, o Camus, tachados en su momento de burgueses, ponen el punto de mira en el aspecto abismal y pulsional de la naturaleza humana. Esto no es necesariamente, como creía Suchodolski o el marxismo más oficialista del momento, hacer de la revolución algo que se forjase solamente en la psique de los individuos. Porque lo social y lo psíquico están indisolublemente unidos y no pueden entenderse por separado. Este es el fundamento de estas correcciones al marxismo de partido y de dictadura del proletariado. Yo creo que por supuesto algo fracasó en el antiguo bloque del Este, y que una de las claves del fracaso pudo ser, además de la constante economía de guerra, etc., un tratamiento inadecuado del fenómeno de la autoridad.
Precisamente he comenzado la lectura que promete ser interesantísima de un nuevo libro que desarrolla el tema de la autoridad y el poder desde un punto de vista crítico que aúna lo psicológico con lo social. Se trata de un libro que permanecía en un rincón de mi biblioteca y que me ha llegado como un regalo de años más utópicos (mayo del 68). Se trata del libro de Gerard Mendel titulado La descolonización del niño, una especie de best seller de entonces. Apunta a lo que yo he ido cuestionando cuando me he ido refiriendo a mi lectura anterior, el libro de Suchodolski. Porque de manera paralela al fantasma del totalitarismo soviético, en mi mente se forma otro interrogante: ¿por qué el anarquismo ha sido tan silenciado, temido y perseguido en la historia? Creo que la respuesta a estas dos cuestiones interrelacionadas puede abordarse, en principio, desde una perspectiva similar a la que estoy encontrando en Mendel.
Para Gerard Mendel también resulta una problemática importantísima la del poder (él emplea la palabra “autoridad”), en la medida en que parece algo no resuelto y crónico en el hombre. Frente a Suchodolski, que precisamente acusa de ideología burguesa a esta convicción, Mendel cree que “el estado natural del hombre es el conflicto” (p. 13). Es el psicoanálisis la teoría científica que ayuda a entenderlo. El primer conflicto es el del Yo con la realidad exterior. Ante esto, el Yo tiende a elaborar negaciones que suavicen o le faciliten olvidar este conflicto con el exterior. Estos mecanismos de defensa son los que se institucionalizan en la sociedad que, en ese sentido, cumple con una necesidad del individuo y la satisface, aunque de un modo pernicioso. En realidad, la lucha entre el individuo y su entorno reaparece una y otra vez, porque siempre estuvo ahí, aunque se diga o crea vivir en el paradisíaco mundo sin conflictos del totalitarismo de uno u otro color. Así, los valores pueden proceder del aura de la antigua Autoridad, la autoridad arcaica de las sociedades míticas. Esto es parte de un proceso de desencantamiento similar a como lo entiende Max Weber, pero en el que la jaula de hierro y el mundo desencantado, sigue, en la concepción de Mendel, estando encantado, de un modo específico de la Modernidad. El tecnócrata, el ingeniero social, el jurista, el burócrata, el funcionario, sigue participando de la magia de la vieja autoridad sagrada de las sociedades antiguas. Creo que esta idea es la que Mendel va a fundamentar a lo largo de este sugerente libro que he comenzado a leer. Cuando en apariencia ya no hay mito, somos sin embargo dominados por los mitos, lo que obliga a evitar zanjar el asunto del mito de un modo fácil, como si la racionalidad fuera sustituyendo al mito y liberándonos de la esclavitud que suponía. Esto es lo que el conocido libro de Kolakowski (La presencia del mito) aborda. Resulta constatable que no podemos librarnos fácilmente de lo mítico, por lo cual habría que preguntarse por qué esto es así. La respuesta, seguramente, entronca con profundidades y abismos tanto en la sociedad como en el individuo, que requieren un tratamiento que incluya lo psíquico (en esto es sugerente la teoría de Jung, pero si la tomamos con un cierto recelo ante el componente conservador y contrario a un espíritu revolucionario que en principio parece tener).
Los mitos y la autoridad de naturaleza mítica, según Mendel, responden al conflicto esencial que nos constituye, que se resuelve bien o mal de distintas maneras socialmente. Son cambios económicos que inciden en las “fuerzas productivas” lo que ha ido “secularizando” los viejos mitos. Ante esto, el hombre tiene que aprender a distinguir y asumir sus conflictos, como lo hace el individuo que acude a la terapia psicoanalítica, y a entender la naturaleza conflictiva de todo lo humano. Esto puede curar, si tiene razón Mendel, del peligro de la autocomplacencia de las revoluciones ensimismadas. El enfoque de este interesante pensador resulta diferente en esto de un pedagogo como Paulo Freire o, ya lo hemos dicho, Suchodolski. Porque el primero ubica la liberación en el asumir que somos seres procesuales, pero no necesariamente conflictivos, según me parece interpretar de mis lecturas del brasileño. Aunque ahora que lo digo, me viene a la mente algún pasaje en el que reconoce como persona libre la que encaja con naturalidad el a veces inevitable conflicto entre los seres humanos (pone el ejemplo de sus padres discutiendo sobre algo, escena de desacuerdo que en su niñez le abrumó, acaso quebrantando su seguridad infantil, pero que cuando lo aceptó, supuso una forma de maduración y de libertad). Sí está claro, me parece, el caso de Suchodolski que aunque reconoce lo procesual, sí evita sutilmente la posibilidad de un conflicto grave en el mundo comunista en el que vivió y escribió, cuando está claro que lo había. Recordemos que dice algo que nos obligará a matizar estas ideas más adelante, que es la ideología del conflicto perpetuo de la guerra de todos contra todos en el liberalismo burgués y, añado, en el actual neoliberalismo reinante en el mundo.
La clave está, y aquí entra en acción la pedagogía, en que si todo es como está describiendo Mendel, es decir, si lo psíquico individual tiene una importancia crucial, hay que centrar gran parte del esfuerzo en la educación. Así, afirma: “Puesto que el conflicto no es soportable sin un aprendizaje tanto de su no ocultación como de su manipulación y sin la ayuda de la sociedad, no puede concebirse una evolución tal sin una revolución pedagógica” (p. 17). Es necesario un aprendizaje temprano que contribuya a evitar que la sombra de la infancia se proyecte en la sociedad y en la vida adulta. En esta asunción del conflicto, hay que evitar varios peligros. Uno es que se atribuya todo el mal a un enemigo satanizado (los jóvenes, los adultos, los otros, etc.). Otro peligro regresivo sería reforzar las pasiones de la juventud y fanatizarla (nazismo). Todo esto son pseudosoluciones para el atávico conflicto que desembocarían en un Estado técnico policíaco o las distintas maneras de evitación del crecimiento, o, dicho en otras palabras, la permanencia en la infancia. Hay aquí un cierto sustancialismo, hemos de decir, en torno a entidades como “infancia” o “adulto” que otros enfoques diluirían como constructos históricos (leer aquí). En cierto psicoanálisis hay este tipo de esencias que se interrelacionan, sobre todo en el freudomarxismo o en este curioso autor que he comenzado a leer, con lo histórico y “exterior” al sujeto. Por un lado, el papel de lo inconsciente y pulsional corrige acertadamente, a mi juicio, cierto prejuicio de la Ilustración (sujeto autónomo, consciente, voluntad). Por otro lado su concepción parece excesivamente subjetivista y esencialista, sobre todo si lo comparamos con el marxismo más ortodoxo que precisamente lo acusa de ello.