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miércoles, 9 de junio de 2010

La persona como confluencia de individuo y sociedad.


En consecuencia con su planteamiento teórico, Gerard Mendel aborda la manera en que se puede conjugar una lucha individual (en las estructuras psíquicas del sujeto) con una lucha social (contra los diversos tipos de explotación). Se sitúa entre el freudomarxismo, que sobre todo en el caso de Erich Fromm tiende a un equilibrio social final como salud del sistema, y el pesimismo de Freud, con su idea del permanente conflicto entre individuo y sociedad que condena a aquél a la infelicidad (El malestar en la cultura). Coincide por igual con ambos extremos en la creencia de que el individuo es, contra Marx, algo más que un mero ser social. Del mismo modo, Mendel se declara no partidario sin reservas de la lucha de clases, cosa que ya es detectable incluso en el propio Marx, en la medida en que éste considera otros factores coyunturales determinantes en el curso de la lucha de clases como son la tecnología o la necesidad de acumular experiencia y adquisiciones para que se dé el progreso. Hay una tradición en función de la cual, y nunca desde cero, se progresa, según Marx. Pero es de nuevo la concepción de la sociedad como permanente conflicto lo que principalmente aleja a Mendel del marxismo institucionalizado de la URSS y lo acerca al Proudhon de los antagonismos sin fin. Será síntoma de una cierta enfermedad social la detención de dichos antagonismos. “Ahora bien, los diversos regímenes socialistas que se han constituido hasta el momento actual, valiéndose de esta noción científica [el antagonismo como fuente de progreso], han paralizado cuidadosamente esta lucha de antagonismos apagando las voces de sus adversarios reales y virtuales: como un psicoanalista que utilizara su conocimiento del inconsciente para tener a su merced al paciente que se habría confiado a él” (p. 21). Esto equivale a una eliminación de la historia. Así, la negatividad que introducen elementos como la peligrosa memoria passionis o una dialéctica de carácter adorniano, desaparecen en estas mega construcciones estatalistas que afirman sin sombra en un proceso ya convertido en perpetuación de lo mismo, ajeno al tiempo del otro que pone en marcha la auténtica transformación. El peligro es que el contrapeso que se impone a esta totalidad es el del individuo, el contrapeso liberal que acabó reventando aquel “paraíso en la tierra”.
La causa de este dominio de lo mismo es atribuida por Mendel, como expusimos en el post anterior, al descuido de los factores afectivos y psicológicos individuales. Así, dice: “Podríamos incluso afirmar (…) que este tipo de condicionamiento sustentado por la sobrestimación y la perpetuación de la culpabilidad arcaica, valiéndose del chantaje del amor y del miedo del niño pequeño al abandono, se encuentra actualmente mucho más pronunciado en la Rusia soviética que en Occidente o en los Estados Unidos” (p. 22-23). Se requiere todavía que caigan las máscaras que ocultan estas tensiones afectivas, para poder encararlas, lo que equivale a deshacerse de ciertas ilusiones y a convertir el antagonismo individuo y sociedad en un consenso social (esto supongo que será explicado por Mendel más adelante). Pero tras esta toma de conciencia de los factores arcaicos que subyacen a la mascarada social, es preciso acudir a la pedagogía para enseñar un manejo sano de la libertad y las culpabilidades infantiles. Por contra, “En los países socialistas, en suma, el bloqueo de los antagonismos antes de disgregar el condicionamiento autoritario familiar y además social, ha eliminado la historia interior, nacional” (p. 24). Así, se ha avanzado sin resolver previamente lo que aún queda pendiente.
Mendel, pues, se ubica en las correcciones “humanistas” que a lo largo del siglo XX se han dado del marxismo. Sería interesante conectar su propuesta, que iremos desgranando en los próximos posts, con Lefebvre o Lukacs, por ejemplo. Son intentos de resolver ciertas tensiones en un nivel cultural (en estos últimos) o psicológico (en el caso de Mendel). Se trata de retirarse del punto de vista estrictamente economicista del marxismo más ortodoxo y dirigista de los antiguos países soviéticos. De un lado y de otro, se ha venido a decir que sólo desde planteamientos más personalistas puede diagnosticarse un cierto exceso teórico en el marxismo. La tentación de la ingeniería social en la URSS acabó asfixiando aquello sin lo cual no había, paradójicamente, revolución victoriosa. La autocomplacencia de un final de la historia, que se repitió en el mundo neoliberal con la conocida tesis de Fukuyama, equivale a una muerte de “lo humano”. La dificultad estriba en entender bien lo humano, o sea, la cuestión antropológica en la que reposa lo político. Si entendemos la revolución como descomposición antes que composición, matizando que el agente de dicha descomposición es el otro, eludiremos el peligro de una desmesura de lo mismo omniabarcante. Nos hacemos en la impugnación, y es el elemento negativo el que la dialéctica de la triunfante URSS descuidara. Esta construcción desde lo negativo es parte principal del planteamiento personalista, cuyo sujeto es sujeto débil y no fuerte, siempre por hacer, y no a la manera de una idea de hombre fuera del tiempo y de la historia, como había cuestionado Suchodolski demasiado a la ligera (leer aquí). Esta combinación de dos corrientes en apariencia irreconciliables (personalismo y marxismo) es, en la pedagogía, magistralmente desarrollada por Paulo Freire. Creo que renunciando a lo personal como punto de partida, nos hacemos ciegos para ciertos elementos fundamentales de la experiencia humana, sin que esto tenga que equivaler a un nuevo recurso a la metafísica fuerte. Se puede entender la persona sin incurrir en el substancialismo, como por ejemplo lo hace Lévinas, cuya filosofía denuncia la propensión totalitaria del Heidegger que antepone el ser al Dasein. ¿Somos por esto víctimas del pathos de la modernidad?
Creo que es también una apuesta por lo personal, aunque esto habremos de desarrollarlo y matizarlo más adelante, lo que ha conducido a los distintos “socialismos con aspecto humano”, así como la desintegradora negatividad que acaba convirtiéndose, correlativamente, en “principio esperanza”. Lo perturbador, lo que inquieta y desafía. El conflicto siempre debe permanecer, si lo entendemos así, hasta el punto de que, sorprendentemente, Mendel afirma, frente a Illich, que debe permanecer la escuela, pues sólo así tendremos la dosis de conflictividad necesaria para que emerja la sana negatividad pareja al nervio utópico de la esperanza.