martes, 27 de julio de 2010

Comentando a sus maestros

Resulta de un enorme interés leer la valoración que Habermas realiza de sus maestros Adorno y Horkheimer, para entender el modo en que la segunda generación de la Escuela de Frankfurt trata de superar las aporías y angosturas de la primera generación. Adorno y Horkheimer recogen una sombría tradición que producida por la propia Ilustración, en su dialéctica, tiende a la disolución de la propia Ilustración, en una suerte de autoanulación que lleva inscrita desde su nacimiento. De entre distintas maneras de expresar esta dialéctica, Habermas alude a la “secreta complicidad entre ilustración y mito” (p. 124). La dinámica repetitiva del mito reaparece en el estricto ámbito de la racionalidad de un mundo que aun estando desencantado en apariencia, retorna al mito en cuanto circularidad y cerrazón del que la razón no puede escapar. Esto es algo muy estudiado por Max Weber y que Adorno y Horkheimer desarrollan en su libro más oscuro: Dialéctica de la Ilustración. En esta obra se pone de relieve el sesgo de una razón reducida a lo instrumental (proporcionar medios para la consecución de fines), que quiere decir que se renuncia a la pretensión de conocimiento para sustituirla por la de utilidad técnica, como es bien patente en el positivismo decimonónico. Así, la razón es expulsada de lo normativo, como es la moral o el derecho, que pierde su credibilidad respecto a la ciencia. Del mismo modo, el arte, con todo su potencial subversivo, queda vaciado de sus contenidos críticos y utópicos en el arte de masas. Así, la razón acaba estando al servicio del poder. Aquí Habermas ya marca una distancia de sus maestros, desde un análisis menos simplificado, con más matices, de lo ocurrido con la razón en la modernidad. Fundamentalmente, señala a partir de Weber la diferenciación de esferas de valor que se autonomizan y funcionan según una racionalidad propia, por lo que habría distintos tipos de racionalidad específicas aplicadas a lo estético, lo moral y la validez de enunciados que describen el mundo (el gusto, la justicia y la verdad). Así, sin confundir un plano con otro, queda más limpia la posibilidad de emitir un juicio sin que se entremezclen las cuestiones de poder. Aunque es cierto, dice Habermas, que existe una tendencia a reducir el ejercicio de la razón a lo instrumental para los fines de sujetos que buscan su autoconservación, pero esta tendencia puede ser contrarrestada por la mencionada depuración de la racionalidad en las tres esferas de valor. Esto último produce una racionalidad de tipo procedimental, es decir, una racionalidad consistente en el modo apropiado de conducirse, que Habermas valora positivamente. Se trata de una cultura de los expertos que puede garantizar usos de la razón en los que no necesariamente estén involucradas dinámicas de poder. Hay en la modernidad, por tanto y a diferencia de lo considerado por Adorno y Horkheimer, una posibilidad de situarse la razón críticamente, por encima del saber técnicamente utilizable. Aquí es donde se hallan los fundamentos universalistas de la moral y el derecho, que son un producto salvable de la modernidad y que se han encarnado en instituciones y formas políticas encomiables como es la democracia. La subjetividad descentrada de las sociedades modernas ha encontrado formas de desarrollo y liberación más allá de lo meramente instrumental. Así que Habermas considera que Dialéctica de la Ilustración es una exposición incompleta y unilateral de la modernidad. La obra no deja, como es sabido, otra opción que esa reducción generalizada de la razón a instrumento para el dominio que se objetiva y acaba revirtiendo contra el hombre. Pero hay un elemento positivo en lo emprendido por Adorno y Horkheimer en este libro, que es la detección de la mitologización persistente de la Ilustración, del hecho de que sigue, contra lo que cree, prisionera del mito. Así, aplican a la crítica ideológica ilustrada su propia medicina, pero el efecto es una evidente desfundamentación o carencia del punto de apoyo necesario para ejercer toda crítica. Habermas explica que sus maestros desembocaran en esta incongruencia debido a su preocupación por responder a la peligrosa evolución estalinista del marxismo, en cuanto proyecto de emancipación devenido en lo contrario. “La historia, en el instante mismo de su máxima aceleración, se había congelado en naturaleza, se había convertido en el calvario de una esperanza que resultaba ya irreconocible” (p. 134). Ante el fracaso dado tanto en el mundo comunista como en el mundo burgués, Adorno y Horkheimer aplican a la Ilustración lo mismo que ella había aplicado contra el mito, por lo que siguen dentro de un espíritu ilustrado pero ya abocados a la carencia de fundamento para la propia crítica que ejercen. Ellos parten de un para ellos evidente fracaso de la Ilustración que ahoga su anhelo ilustrado de esperanza (y que en el último Horkheimer se enfocará ya fuera de la inmanencia, en la religión). Se sospecha ya de todo, de la propia Ilustración y de la razón convertida en instrumento para el poder, quizás como manera de explicar los sonados fracasos del mundo moderno. El último desenmascaramiento que lleva a cabo la Ilustración es el de la propia Ilustración. Se denuncia la conversión de la Ilustración en totalitaria con los propios medios de la Ilustración, lo cual incurre en una contradicción realizativa (performativa) como toda crítica planteada a la totalidad.
Ante esta situación pueden intentarse dos soluciones: 1) La de Nietzsche, consistente en una teoría del poder cuyas ramificaciones llegan a Deleuze o Foucault. Nietzsche trató de ubicarse fuera de lo criticado (la razón), retornando a un arcaísmo de lo originario mitológico que dota de carácter artístico a la alternativa superadora. Así Nietzsche pretende evadirse del horizonte de la modernidad de un modo afirmativo. 2) En el caso de Adorno y Horkheimer, la solución será solamente negativa, es decir, permanecer en la impugnación y en la denuncia, sin avanzar más allá. Renuncian a toda teoría y persisten en las negaciones parciales, determinadas, “oponiendo así una tenaz resistencia a esa fusión de razón y poder que pretende tapar y obstruir todos los desgarrones” (p. 146). Se trata de un espíritu de permanente contradicción débil, sin apoyo en una teoría fuerte. “Y esta praxis se vuelve un conjuro con el que aún se pretende ‘torcer el fin’ que parece caracterizar a la barbarie inminente” (p. 146). Pero finalmente para Habermas sí hay una similitud fundamental entre Nietzsche y Adorno y Horkheimer que los conduce a una valoración negativa de la modernidad y a una carencia de asidero firme para la crítica ideológica, por no haber acudido a las formas de racionalidad comunicativa propias de la modernidad y que sí suponen una salida viable a la dialéctica de la Ilustración, una posibilidad de emancipación efectiva más allá de las degeneraciones asociadas con el uso instrumental de la razón en la modernidad.